Editorial
Este retrato sin imágenes es el de un país de espectadores; en el rugoso lienzo del mapa mexicano traza
en perspectiva el desenlace que pueden tener los pedazos de la vergonzosa pero seductora trama, en vivo y a
todo color, de las transgresiones a la ley. El resultado del cuadro tan lleno de matices, es el de un ejercicio
editorial movido por la convicción de que es la política y son los políticos, son las leyes y las instituciones los únicos
diques desde donde podrá tener buen puerto la consolidación democrática. Por eso en las truculencias de marzo
valora la pertinencia de las propuestas de reforma electoral que, aún con sus limitaciones, presentaron el Ejecutivo
y los dos principales partidos de oposición.
En el caballete del retrato está la corrupción de varios funcionarios del Distrito Federal y de algunos
militantes del PRD como el vértice para que grupos de interés expresaran su disputa fuera del cauce institucional,
usaran el escándalo como arma y, en otro núcleo de poder, encontraran el foro para que tuviera realce nacional.
La convocatoria de los editores de etcétera
tiene presente que el escándalo muestra la descomposición
política originada por la falta de proyecto gubernamental, las obsesiones sucesorias, el casi nulo esfuerzo en
el Congreso por hacernos de la reforma del Estado, la ausencia programática de los partidos y la
preeminencia de los medios masivos.
La fuerza del video evidenció esas limitaciones y consolidó el paso persistente de los medios electrónicos
como esfera de poder. Al divulgar la información que no generó, Televisa actuó políticamente y por eso
administró las imágenes, determinó cuándo, cómo y qué podríamos conocer, construyó un espectáculo atractivo, dio
el marco de interpretación que indujo al juicio tajante del público y se construyó como referente que se
identifica con la indignación que provocan las transgresiones a la ley. A todo eso y a sus efectos, y entre el festejo y
la lejanía de una visión de Estado, el presidente Vicente Fox le llamó "contraloría social ciudadana", una "caja
de cristal" desde donde los principales enemigos de la corrupción, "prensa y ciudadanía", vigilan a los
funcionarios.
En el templete de la comunicación de masas revestida de periodismo, marzo da testimonio de una
declaratoria salvaje, o sea fuera de la civilidad, que pudo haber comenzado ya. No sabemos sus alcances pero
comprendemos sus riesgos, los escándalos políticos que hay en las democracias consolidadas no son lo mismo
que cuando éstos se expresan en las democracias incipientes. Aquí, la búsqueda de poder a expensas del
procedimiento incluye la posibilidad de una regresión autoritaria, más aún cuando ese procedimiento, la difusión
en los medios de los escándalos políticos, le confiere al medio el poder de la sentencia por encima de los
procedimientos normativos. Sin duda, México atraviesa por un parteaguas de su historia moderna.
En repetidas ocasiones se dijo que la propalación de los videos tiene el efecto virtuoso de dar cuenta
de violaciones a la ley, como si éstas no existieran sin grabación o como si su objetivo principal no fuera
denigrar al adversario sin importar la aplicación de la ley. Aun sin ver aquellas vergonzosas transacciones
financieras, éstas existen al amparo del alicaído sistema de fiscalización y de procuración de justicia, que se debilita aún
más cuando la exhibición de los videos se acompaña de regaños o dictados a la propia autoridad (un escenario
de mayor descomposición fue cuando la autoridad aceptó las reprimendas). Las escenas no debieran disociarse
de los comentarios que las acompañaron ni del menosprecio por la ley ni de la soberbia del poder de la
empresa que las difundió.
A las historias de corrupción también se agregó el cuestionamiento público del origen de las fuentes
informativas, como si la difusión fuera resultado del ejercicio periodístico y no, ya lo hemos dicho, de una
decisión política que al respecto respondió con el tradicional alegato del secreto profesional. En más de una
ocasión quien o quienes comunican son sólo piezas de un engranaje situado más allá de las delimitaciones éticas de
los profesionales de la noticia, y éste parece ser el caso.
El espectáculo también trajo consigo el recurso del complot como forma discursiva para evadir
responsabilidades y como recurso para responder al adversario. La enarbolada (y ahora puesta en entredicho)
valiente honestidad de Andrés Manuel López Obrador quiso pisar el piso que el pasado reciente del país ha
construido desde 1994 a la fecha, la figura del complot para explicar los males del país contra los que luchan rayos
de esperanza indestructible, que es como se ha definido el jefe de gobierno del Distrito Federal. Desde hace
una década, la idea de la conspiración, que ahora observamos tan limitada y mezquina, acompaña a México
para explicar sus problemas y sus tragedias. Sin embargo, junto con ello conviene tener presente que el recurso
de la conjura ha sido magnificado en y por las empresas de comunicación más incidentes del país.
El retrato sin imagen que le entregamos a usted aborda todos estos temas, fue hecho por autores
que pulsaron con mano firme su convicción democrática agradecemos su concurrencia aquí y que tienen
presente que entre los sentimientos que genera el imperio del video y las reflexiones sobre algo más que una
trama espectacular, hay un infinito campo de matices que concurren con base en ideas y convicciones.