Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.
Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes
de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno solo: la libreta
de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían.
El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas
jóvenes que el casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan
buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no
escucha, repite como un loro digital pero
no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien
pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la
radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas
por pensar en la pregunta siguiente.
La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada
de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para
muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con
la
semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a
la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a
la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de
las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por
inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.
Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el
oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos
ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que
los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la
formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que
la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición,
y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como
el zumbido al moscardón.
El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en
pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público.
Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.
Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde
Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de
Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre
una especialidad específica reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras bajo la dirección de
un veterano del oficio.
En respuesta a una convocatoria pública de la fundación, los candidatos son propuestos por el medio en
que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años,
tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado
de dominio de su especialidad con muestras de
las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.
La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado que escasas veces puede ser de
más de una semana, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos,
sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la
carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No
se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se
encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.
Trescientos veinte
periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y
medio de vida de la fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto
con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con
la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el
suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de
periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en Estados Unidos y Stephen
Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnífico Horacio Bervitsky y el
acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas
del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional
y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.
Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.
Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.
Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.
Octubre de 1996