¿Qué les pasó a los medios?
Marco Levario Turcott
Justo el día en que estamos habituados a celebrar la libertad de expresión, el pasado lunes 7 de junio ahora también es una fecha de referencia obligada para reflexionar sobre los alcances y las limitaciones de los medios de comunicación –en particular del periodismo televisivo– y además para establecer algunas previsiones sobre sus efectos en la sociedad mexicana. Como se sabe, ese día fue victimado Francisco Jorge Stanley Albaitero, conocido locutor de la pantalla chica.
El contexto
La noticia comenzó a difundirse poco después del medio día, primero en Televisa y, algunos minutos después, en TV Azteca. De la confusión inicial –los primeros partes señalaban que el asesinato habría tenido como móvil el secuestro o el robo– paulatinamente fue abriéndose paso el hecho impactante de que se trató de un acto concebido por la delincuencia organizada. (Según una encuesta de Reforma publicada al día siguiente, 99% de la población se enteró de la noticia y, sugiere este articulista, la televisión fue la principal fuente informativa.)
Las únicas dos televisoras con cobertura nacional en México continuaron durante horas sus transmisiones, la empresa de Avenida Chapultepec difundiendo a través del Canal 2 con la conducción de Jacobo Zabludovsky y la empresa del Ajusco transmitiendo en todos sus canales –7, 13 y 40– con la conducción de Javier Alatorre. Televisa siempre fue minutos adelante que la cobertura de su competencia; como hemos dicho, dio primero la noticia y entrevistó antes que TV Azteca al procurador General de Justicia del DF, Samuel del Villar. También mostró mayor capacidad periodística.
Hubo, sin embargo, y este es uno de los aspectos centrales del recuento, una señalada empatía entre ambas televisoras respecto al tratamiento informativo. Con el antecedente de que el señor Stanley había trabajado durante 20 años en Televisa, consorcio del que se desligó en noviembre de 1998 para incorporarse a TV Azteca, las dos empresas –destacadamente la que tiene como propietario a Ricardo Salinas Pliego– comenzaron la defensa corporativa, una larga retahíla de frases para enaltecer la figura del popular personaje asesinado y fueron olvidando algunos de los basamentos elementales del periodismo.
Javier Alatorre se veía atribulado, con los ojos llorosos y la voz quebrada, hablaba conmovido mientras se transmitían las imágenes del conductor asesinado. También promovía que, al aire y por vía telefónica, varios artistas expresaran su pesar (en ese sentido, Javier Alatorre no se distinguió de Pati Chapoy o Lucía Méndez); aunado a ello difundía las primeras reacciones de varias personas entrevistadas sobre el asunto, naturalmente expresaban su indignación. Con menos énfasis en todos esos aspectos sentimentales, durante esas primeras horas ocurría lo mismo en Televisa. El espectáculo estaba montado y las preguntas en el cajón donde se guardan las cuestiones elementales del periodismo. El exacerbado sentimentalismo y la definición de las "prioridades periodísticas" pueden explicar que TV Azteca no hubiera transmitido, como sí lo hizo Televisa, la conferencia de prensa ofrecida por el procurador Samuel del Villar.
Sucedió entonces que entre la sorpresa y la confusión los telenoticieros fueron ponderando más el dolor y el enojo: durante toda la transmisión ninguno de sus conductores se preguntó sobre los probables móviles del crimen. Pero no sólo omitieron esa cuestión elemental, sino que incluso fundieron y confundieron ese acto perpetrado por la delincuencia organizada con la habitual inseguridad que priva en la ciudad de México. Persistentemente señalaron que el gobierno capitalino era el responsable de que eso hubiera ocurrido: "Alguien tiene que renunciar", afirmó Jacobo Zabludovsky; "la responsabilidad es de Cuauhtémoc Cárdenas", acusó el reportero de TV Azteca, Jorge Garralda. Y a partir de entonces, también durante horas, cobró notoriedad la beligerancia de esos medios en contra del jefe de gobierno de la ciudad que, de esta manera, aprovecharon magnificándolos también, el coraje y la desazón que priva en la sociedad capitalina por el aumento de los índices de delincuencia. Esos periodistas, acusando recibo de los mensajes sentimentales, respondieron igualmente con mensajes no racionales: le ofrecieron al público un probable causante de sus males. La desmesura es tan evidente como si se pidiera la renuncia del jefe de bomberos por un incendio, empleando el ejemplo utilizado el viernes 11 por el presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, Luis de la Barreda Solórzano.
¿La defensa es el ataque?
Doce horas dedicó TV Azteca al asunto, seis de transmisión continua; ocho horas lo hizo Televisa, aproximadamente cinco horas y media de transmisión continua. Un lapso similar a la cobertura cuando la visita a nuestro país de Karol Wojtyla, pero mucho mayor a lo que ambas televisoras dedicaron cuando ocurrieron los crímenes de Jesús Posadas Ocampo (en Jalisco), Luis Donaldo Colosio (Baja California), Francisco Ruiz Massieu (ciudad de México) o el asesinato de varias personas en Aguas Blancas (Guerrero) y Acteal (Chiapas). Hubo otra diferencia sustancial entre aquellos sucesos y el asesinato en Periférico sur: las televisoras no criticaron ni pidieron la remoción de las autoridades en aquellos lugares donde se suscitaron las matanzas.
Ocurrió sin embargo que, con algunas torpes declaraciones, Cuauhtémoc Cárdenas atizó la hoguera de la arenga electrónica volcada en su contra. Primero consideró que ese crimen era uno más de los que ocurren en la ciudad de México y luego sostuvo que éste formó parte de las secuelas dejadas por las administraciones anteriores. Estaba equivocado y, paradójicamente, pisó el mismo piso que sus detractores (por lo que ya podríamos imaginar cuál hubiera sido su reacción si él no fuera jefe de gobierno): ni ese fue un asesinato común ni tampoco puede atribuírsele a autoridad alguna, ni a la de él ni a la de las anteriores administraciones. Un acto como ese es inevitable en cualquier ciudad del mundo.
Llegaba la noche cuando el jefe de gobierno, probablemente en una reacción tardía, ofreció una conferencia de prensa para dar su opinión sobre el asunto y también para criticar el trato informativo de las dos principales cadenas televisivas. El mensaje era breve pero no fue transmitido íntegro a diferencia no de los minutos, sino de las horas y horas sin sustancia informativa, dedicadas para recabar opiniones de varios cantantes y actores, así como del público admirador del señor Stanley.
Ese desequilibrio informativo creó además una estela –concebida voluntaria o involuntariamente por las empresas televisivas– que quizá motive la desconfianza sobre los resultados de las indagatorias de la PGR y de la PGJDF. Como se sabe, entre otras hipótesis, las autoridades averiguan sobre la posibilidad de que el crimen del señor Stanley haya sido un ajusticiamiento similar a los perpetrados por las redes del narcotráfico.
Desconfianza en las instituciones
Las emisiones de El Noticiero de Televisa y Hechos de TV Azteca continuaron con la arenga política. El conductor Guillermo Ortega fue particularmente demandante y hasta inquisidor incluso cuando entrevistó al titular de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina, Alejandro Gertz. Durante varios minutos le reclamó al funcionario público sobre el suceso; más que preguntarle, le dijo que qué confianza se puede tener en las autoridades; Ortega se mostraba enojado y no escuchó o no quiso hacerlo, las explicaciones de su interlocutor que, entre otras, subrayaban que necesitábamos conocer los móviles con los que actuó el crimen organizado. Por su parte, Javier Alatorre entrevistó a Carlos Castillo Peraza. El ex dirigente nacional del PAN ahora sin militancia política expuso varios tajantes y, en opinión de este articulista, certeros juicios sobre la administración capitalina en materia de inseguridad. Sin embargo, Castillo Peraza aceptó formar parte de la ofensiva contra Cárdenas haciéndose partícipe de la distorsión informativa que mezcló ese acto, obra de la organización del crimen y los otros tantos delitos que ocurren en la ciudad de México. El ex dirigente panista enfiló su interés en criticar a quien fuera su contendiente político en las elecciones de hace más de un año.
Casi al terminar el día, apareció en cuadro Ricardo Salinas Pliego para exponer sus consideraciones sobre el asesinato. El delirio televisivo o la intencionalidad razonada, muy cuestionable y preocupante si éste fuera el caso, llegó al clímax cuando el propietario de TV Azteca preguntó de qué servía que en México hubiera elecciones y división de poderes: "¿Para qué tanto gobierno si no hay autoridad?", cuestionó. Y así, ante un amplísimo auditorio se pusieron en duda las instituciones democráticas, con el colofón de un rostro apesadumbrado y con la cabeza gacha en señal de tristeza y luto como fue el que mostró Salinas Pliego en aquella ocasión. El discurso se repitió un par de veces más, la última para dar término a esa cuestionable jornada informativa en televisión.
Filias y fobias en todos lados
Como se habrá dado cuenta el lector, no hemos reseñado el talante informativo de la radio y de la prensa escrita. El primer caso escapa a las posibilidades de este autor en virtud de haber escuchado sólo Radio 13 –que ofreció un tratamiento similar al de las dos televisoras–. El tratamiento informativo de los diarios lo reseño brevemente tomando las singularidades mostradas en Crónica, Reforma y La Jornada. El primer diario, sin llegar a los niveles de beligerancia mostrados por las televisoras frente al gobierno capitalino, también señaló equivocadamente la responsabilidad de Cuauhtémoc Cárdenas en el crimen; el segundo rotativo fue más certero y mesurado, subrayando que el crimen fue una ejecución y difundiendo que ello, probablemente, ocurrió por obra y desgracia de los narcotraficantes (días después, empero, comenzó a propalar distintas versiones y especulaciones sin confirmar). El tercer diario fue particularmente crítico del manejo informativo de las televisoras aunque exhibió un entusiasmo tal en la defensa del gobierno capitalino que no sólo no criticó las desafortunadas declaraciones de Cuauhtémoc Cárdenas sino que incluso su filia lo llevó a propalar que al señor Stanley lo mataron porque consumía cocaína. El exceso lleva implícita una acusación que tendría que ser demostrada por las autoridades, es decir, una cosa son las aficiones de una persona y otra muy distinta deducir que ello significa formar parte de las redes del narcotráfico.
Las secuelas
¿Qué pasó con las televisoras ese día? La respuesta no puede ni debe ser tajante. Podemos decir, eso sí, que se imbricaron varios de los más perniciosos aspectos con los que trabajan cotidianamente esas empresas. Primero la falta de preparación periodística, "académica", comentó empleando otro término la reportera de TV Azteca, Rosa María de Castro, en el programa Entreversiones, difundido por Canal 40 el jueves de la semana pasada. Sucedió también que los reporteros no sabían qué hacer y eligieron el camino más fácil, con todas las ventajas en audiencia que ello supone, y fue la exposición de sus emociones; en ese ambiente catártico, expresaron su filia y sus fobias políticas. El enojo y el miedo de la sociedad frente a la delincuencia común en la ciudad, ambos sentimientos entendibles, fue aprovechado, magnificado y soliviantado aún más, con todos los beneficios del rating y el descontento favorable para enfatizar en las aversiones políticas.
Menospreciando el trabajo informativo y la sobriedad, también la necesaria mesura, los periodistas de la pantalla chica enfatizaron el protagonismo que han adquirido montando un espectáculo donde la información y el análisis también fueron lo de menos (mejor TV Azteca ofreció recompensa para quien diera pistas sobre los asesinos del locutor). Todas esas insuficiencias aparecen cotidianamente, pero la muerte de Francisco Stanley mostró crudamente lo mucho que falta para afianzar la ética y el profesionalismo periodísticos, es un llamado de atención para que los medios se den cuenta de que, empleando los términos usados por Fátima Fernández en el programa referido de Canal 40, "no estamos vendiendo paletas heladas, estamos vendiendo concepciones del mundo".
Esto último es acaso el quid de las preocupaciones. Sean las condiciones que sean, aun las más adversas, no debieran llevar a los medios de comunicación, primero, a amplificar el miedo o el coraje producido por el crimen de Francisco Stanley y, segundo, a desconfiar de los valores de la democracia. En el primer caso se estaría contribuyendo a generar el contexto más favorable para la expansión de la delincuencia y, en el segundo, estaríamos menospreciando los mejores instrumentos para combatirla. De ese tamaño pueden ser las consecuencias del poder y la influencia de los medios.
El del lunes 7 de junio es un llamado de atención sobre esos riesgos y para pensar muy seriamente en que la autorregulación de los medios de comunicación es insuficiente para la construcción y el afianzamiento del entramado democrático. Para ello hay que volver a lo elemental como una aspiración incuestionable: el periodismo en México es más útil socialmente si promueve y convoca a la mesura, si contribuye a afianzar los valores democráticos e informa sobriamente, impulsando además la reflexión y el análisis. ¿Es mucho pedir para el ejercicio del periodismo en la televisión?.