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Radiotelevisión pública
Primera época, 17 de junio de 1999

Virgilio Caballero

Ante el rostro sin máscara de la globalización

Permítanme solicitar de ustedes una disculpa si empiezo con una referencia de carácter personal, que tiene la justificación de tratar de ser un testimonio: trabajo desde 1970 en los medios de comunicación de servicio público, casi todos estos años en la televisión y en la radio, y me consta que nunca habíamos empleado la expresión "de servicio público" para referirnos a este quehacer que se distingue por poner por delante el interés de la sociedad en las cuestiones de la comunicación.

Esto de dar precisión a las palabras y a los conceptos parece una cosa menor, o secundaria, pero creo que no lo es tanto cuando van de por medio el buen entendimiento de las intenciones y de las obras. A la comunicación de servicio público la hemos llamado en México de varias otras maneras que ayudaban a justificarla (porque, absurdamente, parecía necesario justificarla y hasta disculparla).

La televisión fue siempre televisión educativa… o cultural, y cuando fue necesario salir al paso de los excesos del control político sobre ella, que la hacían merecer el apelativo de gubernamental, algunos empezamos a exigir que se le considerara televisión de Estado, pues pertenece a la nación y no al gobierno, que debió haber sido sólo su administrador y no quien decidiera sus contenidos. Llamarle de Estado a la televisión que manejan los gobiernos trató de hacer explícito, precisamente, el carácter de servicio público que siempre debió tener, y que en el caso de los canales 7 y 13, ya privatizados, muy pocas veces se reconoció y se expresó.

En la comunicación, la diferencia entre hacer una política de Estado o una de gobierno es tan grande como gobernar para toda la nación o para unos cuantos. En los medios de servicio público, por lo tanto, apellidarse Gubernamental, de Estado, Cultural o Educativo no ha sido tan inocente, pero se ha prestado además a confusiones.

En noviembre de 1994, cuando luego de 14 años de vicisitudes las radiotelevisoras estatales de la República formaron por fin una Red Nacional, fue motivo de debate el nombre con que había de nacer. Apareció entonces, por primera vez en muchos años, la posibilidad de hacer valer el concepto de servicio público, pero se impuso el criterio de llamarla Red Nacional de Televisoras y Radiodifusoras Educativas y Culturales, a mi entender, por una especie de cautela que no quiere despertar animadversiones aún mayores contra la valiosa tarea de carácter social que cumplen con tantas dificultades.

Creo, por mi parte, que el término "de servicio público" abarca muy bien las actividades culturales, educativas, ciudadanas, políticas, nacionales, de formación de la conciencia colectiva, sociales, en fin, en el sentido más amplio, que son la responsabilidad que define a los medios de comunicación de servicio público. Todos sabemos muy bien que esas materias no son ajenas a la función inevitablemente social que tienen todos los medios, también los de la empresa privada, por supuesto; así se asienta en la Ley Federal de Radio y Televisión, que asume los intereses de la sociedad como prioritarios, y no la ganancia económica, también legítima, pero no fundamental.

Sin embargo, el rumbo que en ese sentido mercantil han seguido en México la mayoría de los medios, hace por eso mismo indispensable traer a cuento, si es necesario reiterativamente, los deberes que corresponden al Estado en la comunicación y a los que no pueden renunciar ni la nación ni los mexicanos, a menos de empezar el milenio extraviados como pueblo en el laberinto de la globalización.

Tengo la certeza de que ése no va a ser nuestro destino. En el propósito de esclarecer frente a ustedes esa confianza, explicaré un poco más el concepto de servicio público y su razón de ser en los días que corren y en el futuro.

Parto de una afirmación: la diferencia entre difusión y comunicación es la misma que distingue a los medios comerciales de los medios de servicio público. La difusión equivale a salir y extenderse, llegar, abarcar y quizá aposentarse en un público equis; la comunicación hace lo mismo, pero quiere edificar una actitud transformadora de la realidad; promueve una respuesta, no necesariamente hacia el emisor sino, mejor, hacia la sociedad.

La comunicación es social cuando construye o ayuda a construir una visión humanizada de la especie humana y de su entorno; es decir, cuando respeta y estimula la inteligencia y el pensamiento de las personas para explicarse y comprender su propio mundo y promueve en ellas la expresión de sus mejores impulsos hacia la convivencia fraternal y civilizada.

Ciertamente, no hemos tenido en México una verdadera política de televisión de servicio público que propicie la continuidad creadora de los múltiples proyectos que pese a todo se han generado y se generan en el país.

Los recursos de producción y transmisión con que hoy cuentan la radio y la televisión de servicio público son sin duda los más numerosos y extensos de cualquier país de América Latina, pero están muy lejos aún de garantizar asuntos tan urgentes como el derecho a la información, la libre y plural circulación de las ideas, no sólo las de los profesionales de la comunicación o las de los propietarios de los medios, sino las que surgen de la creciente inquietud de la sociedad por encontrar vías para su expresión y la gestión de las soluciones a sus propios problemas.

Desde hace algunos años, organismos tradicionalmente ajenos a la problemática social, por ejemplo, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional exaltan en sus estudios las ventajas de la participación de las comunidades en el manejo de los programas de desarrollo social y en la solución de problemas tan concretos como bajar la deserción en la escuela primaria, atender el rezago educativo, mejorar la atención a la salud de las poblaciones rurales, suministrar agua potable, conceder créditos a las familias pobres, y los mil etcéteras que tienen que ver con el retraso social y la extrema pobreza. Pero, ¿cómo hacer realmente posible esa participación sin el respaldo y el empleo de la televisión y de la radio? ¿Acaso el Banco Mundial puede tener mayor lucidez sobre la participación de la sociedad en sus problemas que los gobiernos surgidos de las elecciones y los votos?

Es notable que en alguno de esos estudios a que me he referido se exalten para la gestión social "las tradiciones y la sabiduría acumulada por la comunidad". ¡Explorar y revelar esa sabiduría es el gran tema de la radiotelevisión de servicio público! Y no es que coincidamos nosotros con los tardíos hallazgos populistas del Banco Mundial, sino que lo menciono aquí para destacar que hasta en los reductos más conservadores llega siquiera a sugerirse la necesidad de atender el reclamo social de participación.

¿Por qué en México ha de considerarse marginal la existencia y la actividad de los medios de servicio público, cuya tarea es justamente la promoción del desarrollo social? ¿Cómo puede explicarse la pobreza presupuestal con que tienen que enfrentar sus tareas, si aun en países como Estados Unidos reciben apoyos financieros importantísimos de las grandes empresas industriales? ¿Qué argumento es suficiente para justificar que no se esté empleando a la radiotelevisión pública para atender y resolver el creciente rezago educativo, que aumenta cada año con 800 mil niños y jóvenes que abandonan la enseñanza primaria y secundaria?

No hablo, claro, de la telesecundaria, cuyos importantes logros están a la vista y forman parte de una extensa estructura comunicacional que ha sembrado de antenas receptoras los módulos educativos y las aulas tradicionales. Hablo del abandono de la escuela, de la reprobación numerosísima, del rezago educativo y la posibilidad de resolverlo a muy bajo costo empleando a plenitud los recursos con que hoy se cuenta.

Aludo en verdad a tareas que no han estado ni estarán en ese programa ni en los objetivos de los medios comerciales de comunicación, y que son en cambio parte de la naturaleza y de la necesidad de existir de los medios de servicio público.

No puedo eludir, entonces, una afirmación fundamental: no hay posibilidad de competencia entre unos y otros; tienen razones y campos bien diferenciados de acción; ambos tienen motivos de ser en la estructura social que hemos construido.

En el pasado reciente, la idea de la televisión gubernamental que debía competir con la empresa privada se convirtió en la causa de fondo de su propia ruina. Murió sin pena ni gloria y sin que nadie la llorara. Las voces que se levantaron advirtiendo que el Estado nacional, al venderla, se condenaba a la mudez, se quedaba sin voz, no señalaron que el Estado mismo se deshacía de ella casi con regocijo, y que la que se quedaba sin voz, al menos en la capital de la República, era la sociedad.

Hoy en día 28 sistemas de radio y televisión en 28 estados del país, más dos televisoras culturales en la ciudad de México, y 70 radiodifusoras educativas y comunitarias integran, aun en su relativa dispersión, una considerable riqueza social, cuya potencialidad sin límites está aún por ser tomada en cuenta por los gobernantes, pero también por los gobernados.

En nuestros días constituye también la única posibilidad real y disponible para salir al paso de las deformaciones espirituales y la devaluación humana que acarrea consigo la parte cultural, de imposición de modelos de vida de la globalización.

La lógica de la concentración empresarial en las telecomunicaciones a escala planetaria no incluye para nada los valores ni las necesidades de desarrollo humano de ninguna sociedad, de ningún pueblo o nación, ni siquiera de aquellos pueblos en que han arraigado muy hondo los instintos implacables de la competencia entre los individuos y el éxito personal como valores supremos de la existencia, y que son en esencia los que circulan por el mundo con su secuela de modas, música industrializada, violencia y exaltación de la superioridad de los más fuertes. Todo un mundo de razones por las cuales vivir y morir en la pantalla y frente a la pantalla.

Ya se ha dicho, y no está de más repetir, que en la mundialización de la vida serán las culturas que sepan valorarse las que sobrevivirán a la oleada de banalidad y, en el fondo, de profundo desprecio por el ser humano concreto que imponen la expansión y las exigencias del poder financiero. En términos de convivencia ese es el rostro sin máscara de la globalización.

En esa lógica despersonalizadora y desnacionalizadora de las empresas de la comunicación ven transformarse a gran velocidad los modos de producción y de intercambio, según el dictado de la concentración financiera y por encima de cualquier idea de nación o de sociedad.

Es, en verdad, la reproducción, a escala del planeta, del modelo seguido, en una dinámica aparentemente irresistible, en el interior de cada nación. Allí, los pueblos, las culturas, los hombres de carne y hueso no encontraron pantalla que los reflejara. Las redes nacionales pasaron por encima de los villorrios, los poblados, las comunidades, sin bajar a ver cómo se dan en ellos la vida, la alegría y la muerte.

Las redes internacionales pasan hoy de la misma manera sobre las naciones y los pueblos, sobre los continentes. Si acaso se detienen un momento a contemplar los resplandores de la guerra en vivo, naturalmente convertida en espectáculo, para poner distancia al hombre común de su tragedia, en cualquier parte que esté del reducido planeta receptor.

Reitero entonces la interrogante: ¿en qué recursos de la comunicación ha de mostrar la sociedad su rostro ante un mundo que no quiere identidades propias? ¿Habremos de renunciar al rostro? Echar mano del patrimonio nacional representado por la radiotelevisión de servicio público no es un planteamiento utópico.

Está en su condición y en su origen de Estado el impulso que la obliga moral y legalmente a fijarse en la población y sus pobladores, a servir al tránsito del retraso social al desarrollo, del semianalfabetismo a la educación, de la insalubridad a la salud, de la inconsciencia al valor de lo ciudadano, del sometimiento al ejercicio de los derechos y los deberes, de la estulticia al entretenimiento y el solaz inteligentes.

Hace falta, claro, liberarla de las prácticas que traban su funcionamiento e inciden en su marginalidad; regular sus funciones dentro de un marco jurídico que no las ahogue sino las respalde, entre otras medidas, permitiéndole acercarse más a la comunidad y poniéndola a buena distancia del control gubernamental, que tanto se ha traducido en imposición, desprestigio y decadencia.

Dotarla de recursos y de respeto es un imperativo inaplazable, incluso por la utilidad a toda prueba que han de tener en la democratización ya incontenible del país, dada la pluralidad que caracteriza a su relación con las comunidades.

En uno de sus bellos libros, Beatriz de la Fuente recuerda que en la lengua náhuatl el vocablo que significa "despertar", indica que el hombre cuando despierta "vuelve a su rostro", "recobra su rostro". Dice la doctora De la Fuente: "Abandonado el olvido y la soledad del sueño, el hombre, primero, recuerda y recobra la conciencia de sí mismo; luego recupera el poder de relacionarse con el mundo que está a su alrededor y por encima de él; quien regresa a su rostro… recobra la conciencia y la facultad de entrar en relación con el mundo".
En el despertador del siglo XXI, ¿los mexicanos tendremos aún nuestro rostro?


Virgilio Caballero es periodista de CNI Canal 40 de televisión y profesor de la UAM-Xochimilco.
 
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