La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo 1
Globalización por Internet
Uso elitista en un mundo desigual
Ha sido un triunfo en un comienzo abrupto, pues el mundo ha descubierto con enorme rapidez la posibilidad de la comunicación electrónica, pero no por ello sus efectos y su cobertura involucran de inmediato a todos. Aun en las naciones más desarrolladas, la superautopista de la comunicación --que es como el gobierno de William Clinton y Albert Gore ha denominado a su proyecto estratégico en materia de informática-- pasa por un porcentaje todavía pequeño de hogares y centros de trabajo. Términos como internet, módem, byte y ciberespacio, no son del dominio público y suelen ser tomados más como elementos de ciencia ficción que de la realidad vigente y posible hoy.
Esa disparidad con que se extiende la que, en aras de la brevedad y haciéndonos cargo de sus limitaciones, podemos denominar como cibercultura, es uno de los elementos principales para ser muy cautelosos con la tentación de pensar que, como desde nuestra computadora podemos conectarnos con todo el mundo, de la misma manera todo el mundo tiene acceso a conexiones de esa índole. Una cosa es que, si disfrutamos el privilegio de tener entrada a un equipo de cómputo y una conexión con la Internet, podamos viajar por el ciberespacio hasta el Museo del Louvre, los archivos públicos del Palacio de la Moncloa, al Instituto de Biología de la UNAM, o a los foros de los académicos rusos conectados también a la red de redes. Pero no todos los ciudadanos en París, Madrid, la ciudad de México o Moscú, tienen acceso a experiencias como ésas. Más bien, se trata de una ventaja de unos cuantos, a pesar de que la cantidad de usuarios de la Internet crezca de manera vertiginosa.
La superautopista informativa no transporta a todos sino sólo a las élites académicas, sociales y/o políticas con capacidad para transitar por ella. Desde luego, la disparidad que existe en nuestro mundo se reproduce en ella. El acceso de los estadounidenses resulta, en términos reales y porcentuales, notablemente superior al de, por decir algo, los hondureños o los egipcios. En tal sentido, es posible decir que la información así recibida es uno de los criterios que desde ahora diferencia a los ricos y a los pobres. Las carencias de estos últimos son tantas y tan abrumadoras, que es difícil admitir, en cambio, que el acceso a tal información sea el bien esencial. Hay otros recursos que los países pobres quisieran tener, antes que la conexión con Internet.
Así, la información puede ser entendida como uno más de los derechos incumplidos en las sociedades contemporáneas o, en otros términos, como uno de los mínimos de bienestar cuyo acceso sería preciso agregar a las necesidades básicas de alimentación, salud, techo, educación formal y servicios que en toda sociedad son los principales retos a satisfacer de manera permanente --y que en sociedades como las de América Latina suelen constituir los rezagos más dramáticos--. Esa amplia y siempre exigente colección de carencias se acentúa debido a los desniveles en la información que reciben los sectores de la sociedad. Esta es una consecuencia más de una disparidad social que, desde luego, tiene causas históricas, políticas, económicas, --si se quiere, geoestratégicas incluso--. De tal forma que cuando, con toda legitimidad analítica, hay quienes se preguntan de qué manera la información por sí misma contribuirá a la solución de los problemas que padecen las sociedades actuales, en primera instancia podría decirse que muy poco. Tales pobrezas no son resultado, insistimos, de la disparidad en el acceso a fuentes de información: unas van con la otra.
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