La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo III
Nuevos retos.
Polémica y delito en el espejo digital del mundo
Virus. Transgresión y venganza La facilidad y velocidad con que se puede transmitir una información electrónica, también actúan al momento de copiarla. El software que un usuario lleva hasta su computadora a través del módem, casi siempre luego puede reproducirlo para regalar o tener copias adicionales aunque, igual que en los programas comerciales disponibles en cualquier almacén de artículos de cómputo, ya existen candados informáticos para evitar la reproducción ilegal.
Pero más grave que compartir el software con otros puede ser la introducción, por esa vía, de virus en nuestra computadora. Hay una mezcla de miedo, desconcierto y respeto (actitudes siempre coincidentes cuando nos encontramos ante hechos que no entendemos, o que siendo devastadores aparecen como inevitables) respecto de los virus computacionales. Igual que con el SIDA, toda proporción guardada, la posibilidad de contraer un virus computacional tiende a volver menos promiscuos a los usuarios, lo mismo a través de redes electrónicas que en el aprovechamiento de disquetes ajenos.
Esa nueva actitud, recelosa y cautelosa, se encuentra sustentada en una precaución lógica. El auténtico problema es de dónde vienen los virus, que no surgen espontáneamente. La versión más conocida sugiere que han sido creados por expertos a la vez ociosos y agresivos, que disfrutan desbaratando la información de los usuarios. Una interpretación más compleja pero más perversa, que reconoce la preponderancia del interés mercantil sobre el tráfico de datos electrónicos en todas sus modalidades ha revelado que, en algunos casos, es altamente posible que los virus sean introducidos por empresas fabricantes de software como castigo, de efectos aleccionadores, para quienes hacen copias piratas o importan programas sin pagar por ellos. Se dice, incluso, que hay software original con un contador electrónico que permite sólo un determinado número de copias; cuando esa cantidad es rebasada, entonces el virus se despliega en la copia pirata.7
Si no es verdad, esa posibilidad, propagada en diversas explicaciones, tiene un efecto de moderación en los usuarios. En ausencia de legislaciones y acciones judiciales suficientemente enfáticas, estaría ocurriendo que las empresas fabricantes de programas impondrían sus propios castigos, siguiendo así con la ya señalada lógica de la ley del salvaje oeste. No puede comprobarse en qué medida esta versión es cierta ni es posible evaluar sus efectos. Ahora forma parte de la mitología que envuelve al uso de las computadoras y de la transmisión electrónica de mensajes.
Por lo pronto, la industria del software tiene una nueva división, el negocio de los anti-virus. Las fábricas de programas de cómputo se han beneficiado con la venta de paquetes de precios y capacidades variadas, siempre para que los usuarios protejan a sus máquinas de la introducción de un elemento indeseable en sus archivos o, cuando ya lo tienen, para poder erradicarlo. La adquisición de estos programas, protectores y limpiadores, suele ir a la par del temor de los ciudadanos cibernéticos.
En la navegación en redes, la propagación de virus ha sido amplia. La información que puede recogerse en los espacios de la Internet tiene un alto riesgo debido a la promiscuidad que existe allí. Sin controles y en muchos casos sin que se pueda establecer quién colocó cuáles archivos, el riesgo de contraer una infección cibernética es alto, cuando se baja un archivo ubicado en los espacios públicos de la red de redes. En cambio, los servicios de paga (Compuserve, AOL, etcétera) tienen como regla la costumbre de filtrar toda su información por limpiadores de virus, para garantizar que los archivos allí disponibles están a salvo de cualquier infección de ese tipo. Lo peor, en algunos casos, es que los virus más recientes se propagan antes que de cualquier otra forma, por las redes y llegan a dañar equipos y archivos antes de que los usuarios encuentren en el mercado computacional, o en las redes mismas, las vacunas adecuadas. Entonces todo se vuelve cuestión de paciencia: hay que aguardar a que los expertos diseñen un programa específico contra ese nuevo virus, para que el daño en el disco duro o en los archivos allí contenidos pueda ser, aunque sea parcialmente, reparado.
Exagerando un poco, puede decirse que el riesgo de contraer una dolencia cibernética llega a ser proporcional a la capacidad financiera y a la audacia viajera del usuario: quien navega en las redes abiertas que son gratuitas, por ejemplo la WWW, tiene más ocasión de que su computadora se infecte que quien se limita a divagar dentro de los servicios comerciales. El mundo ancho, llano y desafiante del ciberespacio tiene sus peligros.
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Notas7Antulio Sánchez, "El sida computacional", en semanario de política y cultura etcétera, No. 102, México, 12 de enero de 1995.
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