La nueva alfombra mágica Raúl Trejo Delarbre
Capítulo III
Nuevos retos.
Polémica y delito en el espejo digital del mundo
Público y privado. Los secretos de otros La posibilidad de tener acceso a millares de bancos de datos y a millones de interlocutores, quizá igual de solitarios que nosotros pero localizables a cualquier distancia, puede suscitar una sensación de poder. De omnipotencia, incluso.
El editor de la revista Wired ha considerado que: "Las computadoras nos van a ayudar a ser más espirituales. Las máquinas están ensayando programas de vida artificial, realidad virtual, etcétera; esto nos hace sentirnos dioses y, además, pensar filosóficamente en lo difícil que debe ser Dios".19 Esa sensación de superioridad surge de dos capacidades magnificadas por las redes electrónicas. La primera es la posibilidad de tener acceso a bancos y sistemas de información de las más variadas y abundantes temáticas. No siempre puede decirse que, de manera mecánica, información es poder. Pero la abundancia de ella, por lo menos, ofrece la sensación de poder.
La segunda capacidad es la que ejercemos al asomarnos a las conversaciones, los intercambios de notas, las transacciones financieras y hasta los escarceos amorosos de quienes hacen todas esas cosas, y otras más, a través de las redes electrónicas. Nadie es anónimo cuando sus datos personales más elementales, o más complejos, se encuentran almacenados en archivos cibernéticos. La posibilidad de presenciar una charla ajena, siempre es fascinante. El pequeño o gran fisgón que todos tenemos dentro, experimenta una sencilla y sobre todo inocua realización cuando nos asomamos, a través de la ventana que es nuestra pantalla de computadora, a los asuntos personales de los demás. Pero de la misma forma, otros se pueden enterar de lo que leemos, escribimos y espiamos, cuando estamos contactados a una red.
Una investigadora en la Universidad de Guadalajara, en México, cuenta la siguiente experiencia: "Al manejar el correo electrónico hay una falsa sensación de privacidad. Sentado ante su computadora a altas horas de la noche, se siente solo en el mundo en comunicación con una sola persona. Pero con un comando de Unix, el sistema operativo más usado en las redes, se puede saber quién más está conectado a la misma computadora y qué está haciendo. Es como estar en una oficina, está usted solo pero cualquiera puede asomar la cabeza y ver qué está usted escribiendo en la computadora, qué es lo que escribe es un misterio reservado en condiciones ideales al correo electrónico. En realidad lo pueden leer el administrador del destinatario, el del remitente y los de todos los lugares por donde va pasando el mensaje. Le puede ocurrir como me ocurrió a mí; una noche contestaba mi correo cuando aparece en el buzón un mensaje de un desconocido que decía: 'Hace media hora que estás revisando tu correo, ¿cómo le haces para recibir tanto?'. Esta intromisión es tan descortés en la red como en la vida diaria, pero da la idea" .20
En esta vertiente de la comunicación electrónica, más que en ninguna otra, las fronteras entre lo privado y lo público quedan notablemente difuminadas. Aquí hay un desafío para la ética, pero también para el derecho y la política. Apunta un escritor que reflexiona sobre esa fusión (o con-fusión) entre lo personal y lo colectivo: "La sociedad de masas permitía el anonimato, pero en adelante la tecnología allana la privacidad. Nuestras inclinaciones políticas, las historias médicas, las finanzas, pueden encontrarse a disposición de muchos o casi de cualquiera. La aldea global es esta desnudez de la intimidad".21
En parte para cubrir aunque sea artificialmente esa desnudez, pero también profundizar el misterio que hay en el hecho de conectarse con interlocutores a quienes no se ve cara a cara (al menos mientras no se popularice la transmisión de imágenes de video en vivo, que ya es técnicamente posible en la WWW) en el ciberespacio abundan los seudónimos, o existen posibilidades para enviar mensajes sin que el destinatario sepa quién los remite. Es costumbre el empleo de sobrenombres, sobre todo en foros de discusión de asuntos candentes (temas políticos, o personales y/o sexuales). Al presentarse con un nombre inventado, el cibernauta se oculta formalmente, pero en realidad en ocasiones devela rasgos de lo más personales de su identidad. Un usuario que elige un seudónimo como "El Potente", "El Gran Maestro" o "Fetichista", describe sus ambiciones o frustraciones o, al menos, la imagen que quiere dar a sus interlocutores cibernéticos. En los foros de discusión sobre asuntos personales es frecuente que los asistentes a distancia escondan su identidad a través de alias engañosos. Hay hombres que emplean nombres de mujeres y viceversa. De tal suerte, el usuario que de pronto se involucre en una discusión sobre asuntos amorosos y sexuales con personajes como "Dulce Deborah", "Marilyn" o "Amante Fogosa", puede estar seguro de que hay muy altas probabilidades de que ese sobrenombre corresponda a un varón. Navegar en el ciberespacio dentro de foros o boletines de noticias en los que proliferan los seudónimos es como viajar a oscuras en la supercarretera. La imaginación pone sus propias luces, o construye sus propias confusiones.
De paso, puede mencionarse el hecho de que la enorme mayoría de los cibernautas son del sexo masculino. Todavía no parece haber datos suficientemente sólidos para establecer hipótesis sobre tal sexismo (en virtud de la preponderancia masculina) en la Internet. Quizá el hecho de que hay más solitarios que solitarias con recursos para conectarse a la aventura individualista e imaginativa que es la divagación en las redes, o el tipo de foros y servicios que se ofrecen (aunque ya hay espacios específicos para mujeres, incluso de corte feminista) o algún asunto más estructural, se conjuntan para que los varones tengan una presencia mayor que las damas. Hay poca información al respecto. Entre otros indicadores se encuentra la membresía de los servicios en línea. En Compuserve, que es la empresa más grande en ese campo, 87 por ciento de los nombres registrados por los usuarios han sido nombres masculinos; apenas el 17 restante son femeninos.
Otros datos son los siguientes. El 70 por ciento de los usuarios de Compuserve con casados y 15 por ciento nunca han estado matrimoniados. El promedio de edad, en 1995, era de 40.8 años; 58 por ciento estaban entre los 25 y los 44 y 37 por ciento tienen más de 45. El 71 por ciento había completado al menos cuatro años de escolaridad en la universidad y 29 tenían posgrado. El promedio de ingresos anuales, por usuario, es de 90 mil 340 dólares; 61 por ciento manifiesta recibir ingresos por 60 mil o más dólares anuales. El 24 por ciento ocupa cargos ejecutivos en altas posiciones gerenciales y, adicionalmente, 24 por ciento son profesionales de la computación.22
Además, como parte de ese sentimiento de comunidad que más allá de sus diferencias se autoprotege a sí misma, en la SAI existen recursos para difundir mensajes sin que la fuente pueda ser identificada, al menos de manera sencilla.
A comienzos de 1995 se conoció el caso de Johan Helsingius, un cibernauta finlandés de 33 años, administrador del re-expedidor (remailer) más grande del mundo. Así se le llama a un sistema diseñado para recibir mensajes, o archivos, de las fuentes más diversas y, a su vez, reenviarlos al domicilio indicado por los remitentes, pero sin mencionar su identidad. La revista Time explicaba de esta manera en qué consiste tan enmascarador servicio: "Es fácil: digamos que Pedro quiere enviarle un mensaje anónimo a Pablo. En lugar de mandarlo directamente, envía el mensaje a la máquina de Helsingius, poniendo el domicilio (electrónico) de Pablo en la primera línea del texto. La computadora de Helsingius automáticamente borra el nombre de Pedro y el domicilio del remitente, los reemplaza con uno nuevo seleccionado al azar y entonces envía el mensaje a Pablo. Cuando recibe el mensaje, Pablo no tiene manera de saber quién lo envía, pero puede responder al remitente secreto enviando una contestación a cargo de la máquina de Helsingius".23
Para la mencionada publicación, el sistema de Helsingius es algo así como un banco suizo, en donde se puede depositar dinero sin que el ahorrador sea identificado. La tarea de cibernauta ha sido identificada como parte del espíritu libertario que predomina en las redes electrónicas; debido a él, en 1992 estableció el mencionado servicio, por el que no cobra ni un centavo.
Helsingius, nuevo mito de la Internet, nació en Finlandia pero sus padres eran suecos, circunstancia que le obligó a crecer con un sentimiento de marginación, por añadidura, muy cerca de la frontera con la Unión Soviética. Ahora, dice que hace lo posible para que en la superautopista de la información no haya un espíritu policiaco como el que considera que existía en la ex URSS. Protector del anonimato, Helsingius fue ampliamente conocido en el mundo de las redes electrónicas cuando un grupo religioso llamado Iglesia de la Cientología, de Los Angeles, California, interpuso una demanda ante las autoridades finlandesas para obligarlo a abrir sus archivos, con el propósito de que les diera a conocer el nombre de uno de sus usuarios.
Pero quienes aprovechan la enorme capacidad encubridora de ese re-expedidor, no son solamente individuos abrumados por la pena y que no quieren dar la cara, o el nombre, o que de tan modestos buscan afanosamente guardar una actitud de discreción. Sus clientes más importantes son "pornógrafos y exiliados políticos, piratas de software y tramposos corporativos, los que han sufrido abusos sexuales y sus abusadores".24 La contribución de Helsingius y otros con proyectos similares al mantenimiento del anonimato para quienes quieren navegar encubiertos por las redes, puede ser entendida como defensa de la libertad que ha sido característica en el ciberespacio. Pero, como ha quedado demostrado, nadie sabe para quien trabaja, o para quien reexpide mensajes anónimos.
Un recurso para evitar a los mirones consiste en codificar los mensajes de tal forma que únicamente quien los envía, y quien debe recibirlos, puedan entenderlos. Ya se ha desarrollado una industria paralela a la del software habitual, que fabrica y vende programas para poner en clave la información cibernética. De esta forma, los enamorados que no quieren que sus intercambios afectuosos sean conocidos, o los hombres de negocios que desean mantener en secreto sus transacciones comerciales, pueden usar la comunicación electrónica sin que ojos indeseables lean sus mensajes.
Todo iba bien, hasta que alguien en el gobierno de Estados Unidos tuvo la ocurrencia de que podían existir intercambios delictivos a través de las computadoras y que por lo tanto, también allí debía estar el ojo vigilante de los cuerpos de seguridad pública. Entonces, la Agencia de Seguridad Nacional en ese país desarrolló y propuso la implantación en las computadoras, incluso personales, de un chip de encriptación denominado Clipper, que evita el uso de códigos secretos o que, en todo caso, permite a los operadores gubernamentales decodificarlos. De esa manera el Tío Sam, o sus cancerberos, seguirían teniendo acceso, cuando lo desearan, a los mensajes de los particulares, a pesar de que se transmitieran en clave.
La intención gubernamental ha sido obligar a la incorporación de ese chip en cualquier nueva computadora que se fabrique, para ser vendida dentro de Estados Unidos e, incluso, en cualquier aparato que transmita o reciba comunicaciones digitales --por ejemplo, un simple teléfono--. El chip tendría un algoritmo sólo conocido por las agencias de seguridad del gobierno estadounidense (como el FBI, o la mencionada National Security Agency) a partir del cual se podría intervenir con éxito cualquier llamada telefónica, envío de fax o transferencia de archivos, aunque estuvieran cifrados.25
Los defensores del chip dicen que gracias a él sería posible aprehender terroristas y traficantes de drogas. Sus impugnadores explican que los agentes federales que promueven esa innovación no han presentado evidencias de que los mensajes de delincuentes a través de las redes electrónicas sean algo más que versiones de ciencia ficción. Pero en todo caso, todos reconocen que el chip no serviría para atrapar criminales perspicaces.26 También se ha comentado, al respecto, que: "Para muchas organizaciones pro derechos individuales como la Computer Proffesionals for Social Responsibility o la más militante, Electronic Frontier Foundation, este sistema es un intento de las agencias de seguridad norteamericanas --cuyo rol luego de la guerra fría aún no se define-- por anular los derechos de privacidad en el 'cyberespacio'. El gobierno estadounidense se convertirá, argumentan estas organizaciones, en un verdadero Gran Hermano orwelliano".27
Otros analistas, como el ya citado James Fallows, consideran que el asunto no es para tanto y que el desarrollo tecnológico pronto lograría evadir incluso las posibilidades indiscretas del Clipper. Lo auténticamente grave, señala, es la intención de aumentar la capacidad legal que el gobierno estadounidense tiene para intervenir llamadas telefónicas y extender esa atribución a los programas de computadora.
Los senderos de la Internet son (virtualmente) infinitos. Pero de la misma manera, los recursos para trampear y fisgonear, así como para protegerse de tales triquiñuelas, son tan variados como los intereses financieros de las empresas que fabrican software o hardware a la medida de cada temor, o de cada transgresión, en el desafiante ciberespacio.
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Notas19Merche Yoyoba, "Los ordenadores nos hacen sentirnos como dioses", en El País, Madrid, 4 de noviembre de 1994.
20Lucy Virgen, "El idioma a través del espinazo de Internet", en Signos, núm. 7, Universidad de Guadalajara, México, septiembre de 1994.
21Vicente Verdú, "La última revolución del siglo XX", El País, Madrid, 2 de noviembre de 1994.
22"Demographic Profile: Compuserve Information Service Members", archivo bajado del foro de Información General de Compuserve y fechado el 25 de febrero de 1995.
23Joshua Quittner, "Unmasked on the Net", en Time, N.Y., march 6, 1995.
24Ibidem.
25James Fallows, "Open secrets", en Atlantic Monthly, Boston, june 1994.
26Mike Godwin, "Privacy for whom? Computer chips, secret codes and your government", Playboy, Chicago, septiembre de 1994.
27"El chip de la discordia", en América Economía, Miami, octubre de 1994.
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