La nueva alfombra mágica

Raúl Trejo Delarbre


Capítulo II
Nuevas realidades.
Un perfil del poliédrico ciberespacio

Opciones paralelas. Niños de la calle, al ciberespacio

Los vericuetos de la Internet, así como de sus polifacéticos usos, son potencialmente infinitos. Ya hemos visto cómo es que las redes pueden servir para la educación y la desinformación, para la política intensa y/o para la despolitización extensa. Un empleo peculiar, con alcances que todavía están por ser evaluados, ha sido la incorporación de grupos sociales marginados para que, teniendo la oportunidad de explorar el ciberespacio, se reconozcan como integrantes de un mundo mucho más vasto que el que conocían o incluso imaginaban. No está clara la utilidad real ni la pertinencia política incluso de ese empleo, que sobre todo tiene la limitación de ser esporádico, sin necesaria continuidad. Pero no deja de constituir una experiencia peculiar.

En la Dirección General de Servicios de Cómputo de la Universidad Nacional Autónoma de México, la investigadora Teresa Vázquez Mantecón desarrolló un programa denominado Cómputo para los niños de alternativa callejera que consistió en poner a niños sin hogar delante de la computadora conectada a las redes. De esa manera, los pequeños que suelen andar por las calles se encuentran de pronto con nuevos vericuetos, que pueden explorar desde su extravagante mirador. Los organizadores del proyecto los conectan con otros niños en el mundo y así intercambian sus puntos de vista sobre la vida, el mundo, sus carencias y deseos.

Escribe esa investigadora: "Ellos no saben todavía que somos nosotros los que más aprendemos con sus experiencias. Gente menuda que entiende a la perfección los conceptos de apoyo y solidaridad, que fácilmente puede colocarse en los zapatos del otro: 'En mi situación personal ya me he enfrentado a los problemas que ustedes dicen, y lo que he hecho en la calle es tratar de sobrevivir. ¿Y cómo he tratado de sobrevivir? Bueno, pues cantando en el Metro, microbuses, autobuses, limpiando parabrisas, vendiendo chicles, etcétera. He tratado de conseguir dinero como sea y me he dormido en los juegos de las ferias, en el Metro, en la calle' ".

Los testimonios de esos niños mexicanos aparecieron en la página electrónica de la UNICEF, en la WWW. "Veinte veces enfrentaron sus caritas asombradas a la pantalla de la computadora. Sus nombres estaban junto a otros como Zanaib Navid, que escribió desde Pakistán. Era urgente saber qué pensaban los demás. Tradujimos algunos mensajes y enseguida distinguieron entre los que reflejaban problemas sociales equivalentes a los planteados por ellos y los enviados por niños que escriben desde la seguridad de sus hogares o escuelas. Respuestas de cajón que reflejan sólo una pequeñísima parte del caleidoscopio mundial".85

Discutible en términos de su utilidad específica, el experimento con esos niños quizá lo sea también en términos sociales e incluso morales. Como esfuerzo para dejarle al mundo (al menos al submundo cibernético) testimonio de las condiciones y expectativas de vida de los niños mexicanos de la calle, el esfuerzo puede tener mérito antropológico. Nunca sale sobrando documentar la desigualdad social, sobre todo si sirve no sólo para reiterar la conciencia respecto de ella sino para, además, propiciar acciones capaces de paliarla y atajarla. Pero no deja de parecer algo alevosa, e innecesariamente paternalista o manipuladora, la utilización de esos niños a los que por unas horas, o por unos días, se les sustrae de su contexto de pobreza urbana para poco después reintegrarlos a su ambiente sin pantallas, teclados ni redes electrónicas. Es como invitar a un hambriento a un banquete después del cual se le regresa a su miseria de todos los días. Mencionamos esta experiencia, de la cual no tenemos mayor información, como ejemplo de lo mucho que se puede hacer, pero también de los extremos a los que el voluntarismo y el afán de experimentación gratuita puede llevar, siempre en las ciencias sociales pero, en estos casos, con el apoyo de la cibernavegación. Es, insistimos, un caso que vale la pena revisar con mayor detenimiento.

En Estados Unidos hay noticia de experimentos similares, pero con adultos. En julio de 1993, la Biblioteca Pública de Seattle puso a disposición de su clientela 35 terminales conectadas a Internet. Entre los usuarios más frecuentes había vagabundos para quienes el ciberespacio se convirtió en un hogar sustituto del que no tenían en la realidad. Claro que no se trataba de vagabundos comunes, sino de gente con conocimientos mínimos para manejar una computadora y navegar por las redes. La mayor parte de los sitios a los que se conectaban eran foros de entretenimiento y juegos de video.86

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Notas

85Teresa Vázquez Mantecón, "Mundo de submundos en cadena de asociaciones", en Excélsior, México, 15 de mayo de 1995.
86Peter Garrison, "Homeless in Seattle", en NetGuide, Nueva York, marzo de 1995, págs. 21-21.

 


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