La nueva alfombra mágica

Raúl Trejo Delarbre


Capítulo IV
Estado y liberalización.
El crecimiento desigual y desmesurado
en el ciberespacio

Corfú y Bruselas: técnica y ciudadanos

A partir de las reflexiones propiciadas en Corfú, los órganos de coordinación de la Unión Europea profundizaron sus propuestas relativas a la sociedad de la información. En julio de 1994, la Comisión encargada de conducir tales tareas elaboró un Plan de Actuación que, ahora, detalla medidas técnicas para tratar de uniformar los servicios de información con el fin de facilitar la transmisión de datos y la interconexión de redes. Además, allí se enuncian problemas como los de propiedad intelectual y privacía, entre otros. Estos documentos cada vez tienen que ocuparse de asuntos más técnicos: los formatos de las redes digitales, la creación de canales de banda ancha en los que se puede conducir información audiovisual, las especificaciones de las transmisiones por satélite y en general de los servicios de telefonía propicios para tender una superautopista propia y enlazarse de manera óptima con las que ya hay en el mundo, entre otras cuestiones. Pero al mismo tiempo, no pierden el aliento conceptual relacionado con los contenidos de los mensajes, los fines educativos y culturales y los aspectos legales y éticos que suscita la expansión de las redes cibernéticas.

Esa misma congruencia se puede apreciar en las Conclusiones de la conferencia ministerial del G7 sobre la sociedad de la información, que sirvió de base a un encuentro de los ministros de las naciones más industrializadas del mundo con miembros de la Unión Europea, en febrero de 1995, en Bruselas. Allí se dice, como marco de referencia para una muy interesante colección de preocupaciones, que:

"Los avances conseguidos por las tecnologías de la información y las comunicaciones originan cambios en nuestra forma de vida: la forma en que trabajamos y comerciamos, el cómo educamos a nuestros hijos, cómo estudiamos e investigamos, la formación que recibimos y las diversiones que disfrutamos. La sociedad de la información no sólo afecta las relaciones entre las personas, puesto que exige, además, organizaciones más flexibles, abiertas a la participación y descentralización."

Allí hay una concepción optimista, que no deja de hacerse cargo de problemas jurídicos, técnicos e incluso sociales y políticos, pero que insiste más en las bondades que en los peligros de la comunicación cibernética y las tareas relacionadas con ella. La idea de que la competencia y la inversión privada serán el aliciente primordial de esa sociedad de la información, no soslaya la necesidad de que su expansión esté al servicio de los ciudadanos. El papel de los estados nacionales no se menciona de manera explícita, a no ser como promotores indirectos de toda esa nueva fase, pero es evidente que sin gobiernos que la impulsen y regulen no habría tal sociedad de la información. El hecho mismo de que esas declaraciones surgieran de un encuentro de gobernantes y no de una convención de empresarios, da cuenta de que, pese al discurso reivindicador del mercado como motor de la nueva era informática, el papel del poder político sigue siendo inevitable. Por su importancia en sí mismo, pero además por la utilidad que puede tener como ejemplo para el diseño de políticas nacionales y regionales en países como los de América Latina, reproducimos íntegro dicho documento, como Anexo 2 de este trabajo.

 


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