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Jose Luis Durán King

http://caníbales anónimos

Si usted es de los que gusta navegar en los mares tempestuosos de la red, quizá, al llegar a la home page de Danny Rolling (http://members.aol.com/danrolling/home.html), la encuentre menos presentable a las otras tantas direcciones que actualmente existen en el espacio cibernético. En principio, hallará una fotografía instantánea donde se muestra a su orgulloso propietario, alardeando sobre sus atributos: "Soy Danny. Sensitivo, de buena naturaleza, amable y romántico". Más adelante sabrá que Danny también lleva el sobrenombre de "Ennad", amén de otras virtudes posiblemente no tan románticas: "Si quieres darme un buen día, [exclamdown]mucha atención! [exclamdown]Es tu día de pago! [exclamdown]Puedo violarte... pero no quiero tu sangre!". Pero aquí no termina la cosa, hay algo peor: "Soy géminis... puedo alcanzar tus sueños con gritos. Un demonio... asesino... sediento de sangre... psicótico... soy terrible. Provengo de todos los odios, de todas las penas, de todo lo enfermo e insano que ha sucedido".

Danny Rolling habla en serio. Para quien gusta aproximarse al oscuro universo de los ángeles caídos, sabrá que Rolling es mejor conocido como "Ennad" o "Géminis", aunque también como el "Destripador de Gainesville", un confeso asesino serial, violador, asaltante armado y ladrón que ultimó, en 1990, a cinco estudiantes en Florida. Aunque ahora Rolling languidece en el pabellón de la muerte de aquel estado de la Unión Americana, gracias a la tecnología moderna, al ciberespacio puede darte la bienvenida a su mundo personal.

Este ejercicio no es nada nuevo. Por lo menos desde hace dos años, varios abogados y personas oponentes a la pena capital en Estados Unidos lucharon por inaugurar en la red páginas domésticas con el propósito de que quienes se encuentran condenados a muerte puedan dar a conocer libremente al mundo sus pensamientos más íntimos. Tal acción se une de algún modo a la oportunidad que el locutor DJ Alex Bennett otorgó al ahora convicto violador y asesino Dean Carter de hablar desde el pabellón de la muerte de la famosa prisión de San Quintín.

No obstante, la página doméstica de Danny Rolling es un poco diferente. El no desea persuadir a nadie de su inocencia. Rolling se confiesa y al parecer siente un profundo remordimiento por lo que hizo. Asimismo, no desea encabezar campaña alguna contra la pena de muerte. No, lo que "Géminis" desea es mostrar su arte -especie de cómic escalofriante, garabateado a la usanza de las portadas de los discos de heavy metal, al tiempo que cuenta sus narraciones cortas-, una serie de sobreexcitados cuentos góticos a los que ha denominado Leyendas del pantano negro.

Danny, aprovechando el espacio, también quiere anunciar la presencia, en todas las librerías de Estados Unidos, de su nuevo libro: The Making of a Serial Killer, coescrito con su ex compañera Sondra London, obra exhaustiva que se remonta al pasado de su autor en un intento por explicar por qué llegó a ser el que ahora es.

El mercado de los asesinos seriales es un fenómeno familiar en las postrimerías del siglo XX y parte de la fascinación que mucha gente siente por los victimarios masivos. Sólo recuérdese que las pinturas de John Wayne Gacy (cuya temática se centraba en imágenes de payasos espectrales) fueron adquiridas a precios elevados por todo tipo de clientes. Pero Rolling representa algo nuevo en este comercio: un asesino serial que utiliza la Internet para promover un libro que habla de sí mismo. A su vez, la red puede brindar ayuda a todo aquel que desee copias autografiadas del autor de The Making of a Serial Killer. Por supuesto, nadie debe esperar que Rolling acuda a una librería a firmar ejemplares. El cliente puede escoger entre cinco diferentes dedicatorias y ulteriormente aguardar pacientemente a que el libro llegue a su casa.

Los tecnoentusiastas opinan que la red hará posible nuevas formas de comunicación, incluso contar con un libro virtual autografiado por el asesino serial de su preferencia. Gracias a la facilidad de acceso y relativo bajo costo, la red se ha convertido en la mayor industria editorial doméstica del apocalipsis cultural, de la celebración de los ministerios finimilenaristas y de la estética del extremismo. La autopromoción de los asesinos seriales sólo es una arista más del ciberespacio, hay también grandes cantidades de fanáticos que esperan ansiosamente nuevos archivos criminales en la línea, desplegados en los mares de la información por fetichistas del gore y demás seres enfermizos crepusculares del siglo XX. Posiblemente el más conocido es el Internet Crime Archive, que se autoproclama como "la home page digital de los asesinatos masivos de los asesinos seriales". Entre las secciones de este archivo puede encontrarse el de "Quién es quién en la cadena de los asesinos seriales" ("Ve a tu asesino favorito y confirma si está en la lista de éxitos"), así como páginas actualizadas del canibalismo en Rusia.

En la introducción de su más reciente libro, All the Fallen Angel/Todos los ángeles caídos, Sondra London apunta que los asesinos seriales han llegado a ser iconos de adoración a causa de "haber arribado hasta la cúspide". London vincula este fenómeno al persistente romanticismo que rodea la ilegalidad, al sentimiento de vulnerabilidad de las personas y a lo que ella denomina la "estética de la fealdad" de fin de siglo.

Un ejemplo de tal estética lo representa la dirección británica Home of Death. Dedicada a los "psicóticos freaks de la muerte de todos lados". La página anuncia desde un principio la incorporación de imágenes de muerte y sufrimiento, así como la ausencia de viñetas pornográficas. Salvadas las advertencias preliminares, el resto es un carnaval de escalofrío, con retratos mutilados y sangrantes. Leyendas como: Wow, ahí están las entrañas!", acompañan una viscosa y auténtica imagen de la autopsia de un hombre con el vientre abierto en canal, exponiendo su interior a la manera de las sandías. Hey, alguien puede echar una mano a este tipo!", es un rótulo comparsa de la foto de un hombre cuyo brazo ha sido intervenido quirúrgicamente y que muestra huesos y tendones, con filamentos que se desprenden de los muñones.

Más de lo mismo, más y más detalles en una narrativa similar es lo que el navegante puede hallar en la californiana Grim Remains (Restos macabros). Una vez que se han superado las sierras motoras animadas y el goteo de sangre se llega a la galería de las fotos instantáneas de línea dura, es decir, hombres atropellados por tractocamiones, intestinos que decoran el asfalto urbano, torsos cercenados limpiamente por las ruedas y pesos de trenes, en fin, un muestrario multicolor que provoca una incómoda sacudida de estómago.

Por supuesto, a estas alturas son más las preguntas que yacen en el subconsciente de los navegantes que las respuestas. Para tranquilizar un poco a las mentes desaforadas, podemos añadir que la proliferación de hemoglobina en la red es parte de una tendencia cultural internacional. De lo contrario, cómo explicar el estrellato que han alcanzado los patólogos en la literatura de la ficción criminal moderna, por ejemplo, Patricia Cornwell, Amanda Burton y Damien Hirst. Todo parece indicar que en el anochecer de este siglo el cuerpo, vivo o muerto, entero o en abonos, representa algo así como una zona del silencio. Estamos fascinados con su materialidad sorda, dispuestos a conocer los secretos que contiene.

Amén de asesinos y cuerpos, los subversivos de la red -que los hay y por montones- intentan causar verdaderas trombosis en los destinatarios, incluyendo una amplia variedad de horrores corporales e imaginerías grotescas: deformaciones físicas, fluidos interiores e, incluso, acercamientos por vía de fotos instantáneas a la materia fecal.

Lo que antaño era patrimonio exclusivo de los libros de texto médicos, ahora circula libremente por las estancias de los confortables hogares del universo. El territorio es de todos y en este alegre comunismo de lo sórdido no hay razón para que los niños no tengan su página propia, sólo que tal dirección se dedica lo mismo a fetos que a infantes mutilados. Viendo las imágenes de este apartado, uno cae en la convicción de que Herodes no es sino un viejito anticuado en lo que a terrores inexpugnables se refiere.

Por supuesto, el meridiano oscuro de la red ha sido motivo de interminables controversias que difícilmente se dirimirán. De acuerdo con el escritor estadounidense Merk Dery, autor de Escape Velocity, un estudio acerca de la cultura marginal en las computadoras, el apocalipsis cultural en la línea se vincula a la velocidad con la que los medios de comunicación devoran miríadas de gesticulaciones rebeldes. Dery cree que "la cultura juvenil es empujada hacia los rituales más extremos de resistencia" y, a partir de esta premisa, se da el incremento de una imaginería grotesca y de los fanáticos de los asesinos pluralistas.

Al respecto, J.G. Ballard, padre de la inquietante novela Crash, opina que la cinta Terciopelo azul ofrece una visión más apropiada del futuro que la de Blade Runner. Los suburbios de fin de siglo están poblados por personajes más del tipo Dennis Hopper que del interpretado por Harrison Ford.

El sueño mcluhaniano de que la tecnología de punta en comunicaciones nos iba a insertar en una aldea global de nuevo tribalismo sólo es una verdad a medias. Viéndolo desde otro ángulo, la red se torna una especie de somnolencia trastornada, un tumor cerebral transnacional, un lugar en el que las patologías individuales y colectivas se exponen, la esfera en la que irremediablemente te preguntas si el tipo de la página de al lado no es un asesino serial. Todo es cuestión de que inicies la navegación, encuentres tu isla misteriosa y oprimas dos veces el ratón

José Luis Durán King es editor de la sección Cultura del periódico El Nacional.
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