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Postpolítica en la nación digital
Primera época, 15 de enero de 1998

Jon Katz

Clamor ante los medios de comunicación

Los usuarios de la Internet presumen de ser una comunidad, pero pocas veces sabemos cómo piensa y hacia dónde va esa colectividad, si es que realmente constituye un grupo homogéneo. En este ensayo, Jon Katz, escritor que se ha especializado en el desarrollo social y político de la red de redes, describe con amplio conocimiento los rasgos e, incluso, las manías de la nueva élite digital. En la segunda parte del texto explica cómo la tecnología está redefiniendo a la que más allá de las fronteras convencionales denomina como La Nación Digital.

Internet y televisión, política y postpolítica, redes y noticias, se entremezclan en un mundo singularizado por una cada vez mayor abundancia de información y en el que si algo nos hace falta son brújulas orientadoras como las que constituye este espléndido material del escritor Jon Katz.  

La postpolítica individual

La comunidad de Internet, en su joven y exuberante corazón, es libertaria, educada, materialista, mundana, tolerante, racional, cuenta con equipo tecnológico y es dichosamente ajena a las organizaciones políticas convencionales. Las limitadas etiquetas de liberal y conservador no aplican en su caso.

Económicamente conservadora, esta comunidad también se compromete con el concepto de oportunidad de penetración comercial. A pesar de ser precavida y en muchos casos cínica acerca de la vida pública, sus miembros —ciudadanos de la red— son más optimistas que sus progenitores respecto a su vida y su futuro.

Y mientras la nación digital está convencida acerca de lo que no le gusta —por ejemplo, el gobierno y los medios son vistos como corruptos, irracionales e incapaces—, aún no queda claro qué valores manifiestamente políticos comparten los ciudadanos de la red. Sin embargo, la viabilidad de su ideología postpolítica crece, no sólo en las muchas opiniones expresadas en la red, sino en encuestas demográficas y sociales que efectúan organizaciones especializadas y grupos de investigación.

Por ejemplo, la revista American Demographics publicó los resultados de una encuesta en su edición de septiembre de 1996. Desarrollados por la firma Brain Waves Group y bajo la dirección de Market Facts de Arlington Heights, Illinois, los resultados de esta encuesta podrían ser tomados como verdaderos por los usuarios y observadores regulares de la red.

En primer lugar, el estudio reveló que mientras los estadounidenses se fragmentan y dividen de acuerdo con innumerables temas, el índice de personas que comparten valores similares es sorprendentemente elevado: dos tercios afirman que siempre están pensando en tener relaciones íntimas con otras personas. La mitad de la población también piensa siempre en la seguridad y la estabilidad, y casi 50% del total está resuelto a divertirse. Estos son los tres valores más importantes que comparte la gente sin importar la edad, el sexo, la raza, el nivel económico o la religión.

La encuesta reveló que los estadounidenses no son tan egocéntricos como, en forma manifiesta, los consideran los candidatos presidenciales. Sólo un tercio de ellos piensa mucho en adquirir poder e influencia para obtener lo que desea o para desarrollarse como individuo.

A pesar de eso, el estudio clasificó a los estadounidenses en cuatro diferentes subculturas: los autonavegantes, los postyuppies, la generación de los baby boomers pro valores familiares y los tradicionalistas duros.

• Más de la mitad de los autonavegantes aún no tienen 35 años, muchos nacieron después de los años 70 y son alrededor de 26% de los adultos.

• Los postyuppies representan 29% de la población adulta: su interés radica en triunfar y alcanzar el poder, son muy individualistas y se les reconoce por su identificación con valores como la opulencia, el ascenso social y un evidente consumismo. Ya no son jóvenes, es probable que sean o no de origen urbano y enfrentan la amenaza real de ser relegados en sus trabajos.

• Los baby boomers pro valores familiares integran apenas poco más de 25% de la población y, según el estudio, en su mayoría se acercan al cliché del "estadounidense promedio". Disfrutan sus relaciones, tradiciones y vidas, y piensan poco o nada sobre el poder o en triunfar.

• Los tradicionalistas duros representan 18% de los adultos, tienden a ser de mayor edad y más conservadores. Abrazan la tradición. Se someten.

En 1996, los dos principales partidos políticos diseñaron sus campañas electorales casi exclusivamente para los tradicionalistas duros (Dole) y los baby boomers pro valores familiares (Clinton). Esto explica por qué hubo tanta alharaca acerca de los valores y la familia durante la campaña presidencial, y por qué todos se sintieron tan ajenos al proceso.

La buena noticia es que, como ciudadanos de la red, la tal vez excesiva sensación de descuido por parte de quienes gobernarían al país no corresponde a fantasías paranoides por la fatiga que produce el exceso de trabajo. En realidad no se dirigen a la gente ni hablan de ella.

Los hallazgos más fascinantes de la encuesta se concentran en el grupo de gente más joven, esta categoría integra el corazón del mundo digital y la próxima generación de votantes y líderes políticos.

Cualquier persona que haya explorado el espacio virtual reconoce de inmediato a los autonavegantes. Están muy adelante en la tecnología que impulsa el desarrollo de la red y son quienes cada vez más llevan la batuta.

Aunque el sistema político y periodístico tiende a descartarlos por considerarlos apáticos en asuntos cívicos, culturalmente inferiores o apenas simples tontos (en los medios de comunicación se conoce a los autonavegantes como Gen Xers), se trata de una comunidad potencial y desmesuradamente poderosa en términos políticos, tal vez la más fuerte, y es indudable que el mundo no ha visto ninguna otra que cuente con más apoyo que ésta. En su mayoría son ricos y tienen acceso inmediato a gran parte de la información mundial. Además han desarrollado el sistema de comunicaciones más impresionante y eficaz del planeta.

Lo que es muy significativo acerca de estos llamados autonavegantes es el carácter distintivo que poseen en común. Rechazan la tradición y la conformidad. Sólo 3% de ellos afirma que siempre piensan en "vivir conforme a tradiciones venerables". Comparten los valores de sus antecesores yuppies y postyuppies (por ejemplo, su insistencia en el triunfo personal), pero equilibran esos valores con un fuerte deseo de mantener sus relaciones personales, hallar seguridad y divertirse.

Es significativo que los miembros de este grupo también crean que son responsables de su propia prosperidad y bienestar, no comulgan con la idea de que el gobierno o alguna otra institución deba hacerse cargo de ellos.

Son pragmáticos. En el mundo digital muchos creen que conforme la tecnología sea más barata y fácil de usar —lo mismo sucedió con el teléfono, el Metro y el automóvil— en un momento dado todo mundo tendrá acceso a ella. Los autonavegantes no necesariamente se sienten responsables de que los demás ingresen a la red. Este es un grupo que valora la competencia y el trabajo duro. Es escéptico en cuanto a las redes de seguridad social y cívica. Al mismo tiempo, para ellos la seguridad es más importante que el poder y las relaciones íntimas son decisivas.

Chip Walker y Elissa Mosses, del grupo Brain Waves, escriben que "la gente joven está construyendo sus propias redes de seguridad con quienes prueben ser aliados confiables". El grupo descubrió que los autonavegantes han llegado a la conclusión de que las antiguas fórmulas para triunfar ya no funcionan. Un título universitario no garantiza un trabajo, y obtenerlo no significa que la persona lo conservará. La jubilación quizá nunca sea posible. Los matrimonios pueden fracasar. Es una locura criar hijos y cada vez es más caro.

Sin embargo, los autonavegantes, en contraste radical con las nociones sombrías de auge acerca del futuro, consideran que el presente es un momento de grandes oportunidades y son optimistas respecto a sus vidas y perspectivas. Walker y Mosses hacen notar que se "puede ser un nerd de la computación como Bill Gates o un ama de casa obesa y con estrés emocional como Roseanne, y a pesar de eso triunfar en el campo elegido".

La encuesta fortalece los principios generales de la ideología postindustrial y postpolítica que han florecido en innumerables páginas electrónicas y en discusiones en el espacio virtual. En Estados Unidos, los autonavegantes abrazan las principales ideas republicanas sobre los derechos individuales, pero son cautelosos en cuanto a otros valores vinculados con el Partido Republicano.

Por otra parte, aunque los miembros de este grupo celebren la diversidad y la tolerancia —tal vez a un grado sin precedentes en la política estadounidense—, no creen que las ideas liberales tradicionales como la prosperidad sean factibles.

El individualismo, la tolerancia y el racionalismo tan comunes en la red contrastan de manera inconfundible con las ideologías gastadas de la campaña electoral de 1996, y con la batalla igualmente decaída y confusa de los medios de comunicación para ofrecer una lucha significativa.

Conozca la élite digital

Es una gran ironía de la política cultural estadounidense el enorme alboroto acerca de los centros de pornografía en Internet y otras fuentes dudosas y de riesgo no comprobado para los niños. La profunda crisis moral que enfrenta la comunidad de Internet rara vez se menciona, ya sea en la red o fuera de ésta.

La cultura digital se convierte rápidamente en una de las élites más poderosas y exclusivas de la historia, una que siempre se vuelve más rica, mejor equipada y más indiferente con los pobres y los estadounidenses de las clases trabajadoras. Si uno cree que el dinero, la información y las comunicaciones igualan el poder —y la historia sugiere en forma convincente que así sucede— la élite digital gobernará gran parte del mundo. Y los estadounidenses pobres se quedarán cada vez más a la zaga.

En junio de 1996, la oficina de empadronamiento de Estados Unidos informó sobre una brecha en crecimiento entre los más ricos y los más pobres del país, la mayor desigualdad económica desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Durante los dos primeros años de la administración Clinton, la participación en el ingreso nacional que obtuvo 5% de las familias de mayor nivel económico creció a una tasa más rápida que durante los ochos años de la Presidencia de Reagan.

Según el informe, los factores que contribuyeron a esta desigualdad son la sustitución de empleos en fábricas que pagaban salarios elevados a trabajadores relativamente poco calificados, la decadencia de los sindicatos, una mayor confianza en las computadoras y en tecnología auxiliada por éstas (que significa personas más diestras y educadas), y el uso frecuente de trabajadores de medio tiempo.

En conjunto, las consecuencias raciales, sociales y políticas de que esta brecha económica se amplíe son delicadas para el país; pero las implicaciones para el mundo digital causan asombro.

Ya es un hecho que los miembros de Internet integran el grupo con más recursos económicos de la población en general. Las computadoras, los servicios de la red y las comunicaciones digitales requieren tiempo y dinero, no sólo para obtener el equipo sino también para su mantenimiento, así como gastos de teléfono y transmisión, además del software.

Si las familias estadounidenses en la base de la pirámide económica se están volviendo más pobres, no es necesario ser un estudioso de los fenómenos sociales para deducir que no contarán ni con la mínima oportunidad para introducirse en la era de la información. Al no poder pagar cuentas de televisión por cable y teléfono, sus hijos serán excluidos de los servicios de educación e investigación en la red. No serán capaces de conseguir los empleos bien remunerados que cada vez más requieren conocimientos de computación.

Los fundadores de la democracia estadounidense previeron una cultura en la que los ciudadanos, hombres de raza blanca, gozaran de iguales oportunidades. Poco a poco, este ideal de igualdad se ha ampliado para incluir a más y más estratos de la sociedad. Es difícil conciliar nuestros ideales de oportunidad del sistema político con el crecimiento de la influencia que ejerce la élite digital.

La teoría política convencional sostiene que una vez que las masas estadounidenses más pobres se percaten de que están fuera del mundo de la informática, y que los ricos y con empleo sí lo están, se rebelarán y derribarán los muros de este mundo. Sin embargo, ¿cómo tomar por asalto a la nación digital interconectada con millones de personas, casas y oficinas?

Un asunto de moralidad

Los políticos verdaderamente éticos, y los ciudadanos de la red con un compromiso moral al respecto, tienen una papa caliente en las manos: cómo concebir y asumir un compromiso sólido para adquirir e invertir en tecnologías baratas que conecten a todo el país.

Con anterioridad, Estados Unidos se ha comprometido en importantes proyectos de obras públicas: la expansión occidental, la construcción de redes ferroviarias, la Agencia del Valle del Tennesse encargada del desarrollo hidráulico e hidroeléctrico que electrificó las zonas rurales del país. Tampoco es algo que nunca se haya visto o imaginado.

De hecho, es el único imperativo ético de la Era Digital que ejerce más presión. Hay que olvidar los asuntos "morales" engañosos, aunque populares, como la decencia, la orientación sexual, la violencia en la televisión y la pornografía. A diario somos testigos de las consecuencias de nuestro sistema político que rige la élite de los medios de comunicación, cuyo público parece reducirse en cuestión de horas y cuya importancia desapareció hace algunos años.

La forma como se aborde o no este tema dirá mucho sobre si Estados Unidos desea enfrentar verdaderos asuntos éticos y no imaginarios, y si la comunidad digital se contenta con llegar a ser sólo otra élite atrincherada de los medios de comunicación presta a recibir el desprecio de las legiones fuera de su círculo de privilegio.

Un asunto de responsabilidad

Mi clamor acerca de la amenaza que representa una élite digital educada y rica, causado en gran parte por esas masas que no pueden darse el lujo de adquirir ni desean utilizar tecnología digital, siempre genera mucha correspondencia que abarca cuatro categorías generales:

1. Es responsabilidad ética de la comunidad digital distribuir tecnología y ver que todos la utilicen, no sólo unos cuantos.

2. Es a juicio de los individuos decidir si desean adquirir esta tecnología. La comunidad digital no es responsable de ver que la gente de fuera ingrese a la comunidad.

3. Es un sofisma incluso plantear el tema del acceso a la red. Al igual que sucedió con los automóviles, la televisión y la radio; inevitablemente, la tecnología llegará a ser tan barata y de fácil adquisición que cualquiera que desee utilizarla podrá hacerlo.

4. Las personas son responsables de sí mismas. Pueden conectarse a la red si en verdad lo desean.

El pensamiento colectivo de la red detesta las etiquetas y soluciones partidistas tradicionales; sin embargo, toma prestados diversos puntos de vista.

Aunque los ciudadanos de la red encuentran que en el ala conservadora no hay rasgos ni indicios de fanatismo acerca de asuntos como la moralidad, la censura y los valores familiares, casi todos tienen la sensación de que los liberales han fracasado, para hablar honestamente, acerca de la raza, la familia, la criminalidad y la responsabilidad. Pareciera que la Nación Digital estuviera muy cansada de caer en las trampas liberales, como responsabilizarse de grandes cantidades de gente, de quienes no se está seguro que deseen ayuda y a quienes tampoco están seguros de poder ayudar.

Muchos remitentes electrónicos y carteles afirman que han sido testigos de los desastres de la ética liberal (como la asistencia y la seguridad social que proporciona el Estado) que han contribuido a la existencia de una vasta subclase de gente, que asume poca responsabilidad sobre su propia vida, su trabajo o los hijos que trae al mundo. Este tipo de candidez es normal en el correo electrónico, tan común como inaudita en los medios de comunicación tradicionales o en discusiones de política nacional.

Una y otra vez, los ciudadanos de la red vuelven al tema de cómo hacer que la sociedad sea justa y tolerante. Es una meta que parecen adoptar de manera entusiasta, al mismo tiempo que hacen notar, insisten, que quienes deseen ayuda deben asumir más responsabilidad personal.

Respecto a la solicitud que hice al gobierno para distribuir más computadoras, recibí un mensaje de uno de los principales politólogos de Harvard diciendo: "Es muy bien intencionada, pero sabemos que no funcionará. Es algo que siempre hemos visto. No es que no nos interese, eso es una calumnia. No somos negligentes para tomar decisiones que sabemos no funcionarán, sino que probablemente crearán más problemas. Por ejemplo, ¿qué haremos con un millón de computadoras descompuestas y cayéndose a pedazos en casas de gente de pocos recursos? Deseamos una agenda política racional, no una ideológica y poco práctica".

El liberalismo y el conservadurismo frecuentemente han fracasado al abordar los asuntos sociales de manera eficaz, por lo que poca gente desea ser identificada como partidaria de alguno de ellos; y a la fecha, no existe una denominación para la filosofía surgida después de tal proselitismo que sigue bullendo en el mundo digital.

En parte, es increíblemente racional: lo más sencillo sería conectar a las personas sin antes enfrentar asuntos más importantes: la vida familiar, la educación, la economía. Las computadoras requieren dinero, mantenimiento y renovación, así como determinada capacitación para utilizarlas. El simple hecho de dárselas a gente que padece problemas sociales epidémicos en nuestra sociedad sería tonto.

Este punto de vista se adelanta parcialmente a la tecnología como si fuera una ideología en sí: la naturaleza de la tecnología en desarrollo enfrentará y solucionará estos problemas.

También es propio de la evolución de las especies. Sobreviven los fuertes, los débiles no pueden salvarse.

  Tecnología y política. Rotación de poderes

La tecnología no sólo está redefiniendo la política de la Nación Digital, sino que está creando un nueva educación cívica en general.

La historiadora Catherine Drinker Bowen denominó a la Convención Constitucional de 1787 como el milagro de Filadelfia. "Cada milagro tiene su origen", escribió, "y se reza por cada uno de ellos". Bowen creía que los experimentos cívicos importantes eran motivo de celebración.

Lo mismo sucede con el advenimiento de la era del mundo digital. Claro que esta comunidad ha crecido demasiado rápido para deducir su significado político. Es igual a un jinete en un caballo desbocado; lo que la mayoría podemos hacer es aferrarnos a él y agachar la cabeza para que no nos derribe alguna rama baja de un árbol.

Sin embargo, todos sentimos que sucede algo grandioso a nuestro alrededor. Estamos en el centro de un gran experimento en el cual dependemos de otros para mantener la velocidad, ya que somos los únicos que podemos tratar de seguirle el paso.

La tecnología está transformando la democracia. Afecta los asuntos políticos que nos interesan, su velocidad de desplazamiento, las imágenes a través de las cuales los concebimos y la cantidad de personas que los toman en cuenta. También modifica la forma en que interactuamos con los líderes políticos. De hecho, está cambiando a quienes sean esos líderes.

La tecnología es tan profundamente política como los materiales que transmite. En una ocasión Lech Walesa dijo, "todo proviene de ahí", señalando a la televisión cuando un reportero le preguntó por qué había caído el comunismo.

Sin embargo, la televisión, regulada y monopolizada desde su inicio, se ha liberado mediante los nuevos dispositivos que han surgido de ella. Durante un tiempo, el aparato de control remoto fue el artefacto más político en Estados Unidos. Quien lo utilizaba poseía un nuevo y arrollador control, y modificó un medio dirigido por tres ambiciosos hombres durante medio siglo. La televisión por cable aumentó en gran medida las opciones de los espectadores. Lo mismo sucedió con la videograbadora, que convirtió a sus muchos propietarios en poderosos programadores instantáneos.

Sin embargo, el efecto político de quien efectuara este golpe y el de la videograbadora, palidece ante las computadoras y el modem, que han dado a los individuos, como nunca antes se había visto, mayor acceso y más poder sobre la información, la cultura, los medios de comunicación y posiblemente la política. Esta tecnología también plantea interrogantes importantes (aunque en gran medida no contestadas) acerca de las clases sociales, la educación, la libertad, la igualdad, la privacidad, la arrogancia tecnológica y la comunidad.

El mundo externo aún tiende a definir este nuevo "poder" en términos de artefactos superfluos que como un petardo se desplaza a gran velocidad, cuenta con una capacidad deslumbrante para hacer circular fotografías obscenas, con unos cuantos instructores y milicianos que al igual que en el futbol efectúan pases largos en una sola jugada, y además tienen un jugador ingenioso que mete zancadillas y es quien maneja un vehículo de alguna empresa o institución gubernamental.

Es más importante, sin embargo, la forma como las nuevas tecnologías alteran la política. Los padres de familia ven que el poder escapa de sus manos, ya no tienen el control absoluto sobre la educación cultural de sus hijos. No es de extrañar que los misterios de Internet les hayan causado tal ansiedad; el mismo alboroto de sus antepasados.

Los maestros descubren que sus alumnos poseen formas de aprendizaje radicalmente nuevas. Los estudiantes cuentan con mayor acceso a la información. La tecnología está cambiando nuestras nociones sobre el alfabetismo, y la enseñanza o la educación.

Los periodistas, cuyo monopolio sobre la información política languidece, se ven obligados, desafortunadamente, a compartir su tarea informativa con personas fanfarronas, toscas y testarudas: nosotros. Para gran consternación de los expertos profesionales, podemos participar otra vez en el sistema político.

Los impacientes guardianes morales que hablaban con tanto clamor durante la campaña presidencial de 1996 están perturbados porque descubren que es imposible controlar las ideas que les disgustan. Aquellos que luchan para hacer cumplir nociones dogmáticas y simplistas sobre el bien y el mal se molestan al encontrar que sus muchedumbres poseen gran libertad de información. Somos libres para escapar a la teología impuesta y definir nuestras propias vidas espirituales. Podemos articular nuestros propios valores y moralidad.

A lo largo de la Nación Digital los políticos observan el surgimiento de grupos políticos locales, nacionales y mundiales, algunos de ellos cada vez con mayor poder e influencia, independientes y libres de su control.

Hasta la policía se siente inquieta ante un mundo que escapa cada vez más a su comprensión. Naturalmente que esto sucede porque defienden su capacidad para invadir nuestra privacidad en un grado nunca antes imaginado.

Pat Buchanan y Bill Bennet no están enterados de la mitad de este asunto. Existen suficientes cambios de poder en el mundo actual como para saber el resultado final de las guerras políticas y culturales. Antes de que podamos comprender la relación entre tecnología y democracia, necesitamos entender no cuán sofisticados, serenos o novatos somos o qué tan impresionantes son nuestros juguetes, sino cuál es la fuerza política de esta próspera nación y el riesgo que representa para la élite de los medios de comunicación.

  La tecnología y la comunidad

Existen misteriosas similitudes culturales entre la emergente Nación Digital y las colonias estadounidenses anteriores a la revolución.

Al igual que los colonos, la comunidad de la red posee un notable sentido de individualidad como entidad política independiente. La comunidad digital ha trascendido la idea de que simplemente se trata de un nuevo medio de comunicación. Hoy día, éste posee su propio idioma, tradiciones, comunidades, valores, cultura y rasgos políticos.

Los gobernantes tratarán de controlar y darle forma a esta nueva comunidad, sin entender que ésta no tiene intenciones de consentirlo.

Semejante a como Inglaterra consideraba a las colonias torpes, peligrosas y ateas, las organizaciones políticas y periodísticas creen que el mundo digital está lleno de pornógrafos, seres extraños y escritores mercenarios.

En gran medida, al igual que los colonos que se manifestaron en el Boston Tea Party (grupo político organizado que promovía el té), los ciudadanos de la red no podrían maldecir lo suficiente al estar en línea a raíz de la Ley sobre la Decencia en las Comunicaciones; minarían la autoridad y credibilidad del proyecto de ley al mismo tiempo que afirmarían la suya.

También podríamos llamar a nuestro gobierno en Washington "Rey Jorge". Los sistemas políticos y de los medios de comunicación creen que pueden domar y civilizar a la red con leyes que promulguen la decencia, y con iniciativas que reglamenten su acceso. Washington aún no comprende que sus intentos por imponer reglas a esta comunidad son un esfuerzo condenado al fracaso que engendra alienación, resentimiento, y una actitud desafiante en vez de sumisión.

El síndrome de Times Square

A pesar del sentido de identidad política que la era del disco compacto trajo a la red, fuerzas igualmente poderosas operan para domesticar a la comunidad digital. No sólo desean purificarla completamente en el sentido moral, sino hacer que sea segura para el verdadero propósito de los medios de comunicación estadounidenses: que sea rentable. Llamémosle el síndrome de Times Square. No es un fenómeno nuevo, es una de las fuerzas históricas inmutables y grandiosas de Estados Unidos.

El nombre del síndrome se inspiró en el desarrollo continuo del distrito de Times Square en Nueva York, conocido durante años en la mayoría de las portadas de los medios de comunicación de la zona como el "semillero" de Times Square. Esta parte del centro de Manhattan está creciendo de nuevo en forma considerable. Disney está remodelando un teatro. Time Warner planea contar con una gran tienda del estudio de Warner Brothers. Las gigantescas torres de oficinas, hoteles y almacenes de entretenimiento de alta tecnología están en los escenarios y en construcción.

Las bailarinas de striptease, las prostitutas, los traficantes de drogas, las salas de videos pornográficos, los adivinos, los ladronzuelos, las bodegas, los gimnasios de boxeadores, los sandwiches griegos de carne picada asada y las tiendas de aparatos que caracterizaban a Times Square casi han desaparecido: han cerrado, uno de los socios ha vendido su parte, han sido desalojados o se han mudado a otro sitio.

La plaza se está volviendo segura, próspera y un sitio propicio de nuevo. Se ganarán carretadas de dinero en la medida en que ciudadanos "decentes" de todo el mundo inunden el acicalado vecindario.

Si esta historia es muy familiar en el contexto de la renovación urbana, también es un síndrome común en los medios de comunicación. Sólo hay que ver la zaga de los periódicos, las revistas, la radio y la tv, todos los medios empezaron manifestándose como ásperos, hipersensibles; en ocasiones vulgares y ofensivos. Cada uno terminó por volverse tibio, convencional y seguro una vez que la gente concibió cómo ganar dinero en operaciones riesgosas.

Las corporaciones compran partes sustanciales de cada medio y colaboran con el gobierno, políticos y burócratas, para controlar el acceso y reglamentar cada uno de sus aspectos. Las corporaciones exigen que los medios se adecúen a las familias y a la "gente decente" que necesita cierta censura y hace mucha alharaca acerca de su contenido. Estas compañías tienden a ser poderosas y a tener buenas relaciones con los políticos, quienes las escuchan con atención.

La tv, concebida por sus inventores como un medio milagrosamente liberador, individualista y comunitario, todo al mismo tiempo, aún no tenía dos años antes de que tres compañías se hubieran adueñado de ella y de que el gobierno estadounidense la controlara y autorizara de manera rigurosa. Hoy día, la mayoría de las revistas pertenece a enormes conglomerados de los medios de comunicación y no se distinguen una de otra. Casi todos los periódicos forman parte de importantes cadenas y en gran medida no poseen una verdadera opinión, ni identidad precisa. Están obsesionados con las ganancias y aferrados a la visión que el mercado de masas tiene respecto a las noticias.

La red y las páginas electrónicas son los siguientes en la lista del síndrome de Times Square. La era del disco compacto apenas fue la primera descarga de artillería. Para que la mayoría de las compañías y sus integrantes de clase media prosperen aquí, la red debe ser vista como un ambiente seguro. El equivalente digital de las prostitutas, los traficantes y los vendedores de pornografía debe eliminarse totalmente de sus calles. No puede tenerse al pequeño Johnny tropezando con fotografías obscenas, una página electrónica llamada "Chúpame" o la página del Redentor.

Otra señal es el inconfundible batir de alas de buitres de mil millones de dólares, es decir, Microsoft, AT&T, o Baby Bells, revoloteando alrededor en su intento por concebir cómo controlar el acceso a Internet y sacar provecho económico de su contenido. Comparadas con estas bestias rapaces, las empresas CBS, NBC y ABC parecen ninfas de los bosques.

En cualquier otro medio, la lucha habría concluido. Sin embargo, en la red no es tan simple. Puede resistir el síndrome Times Square con más fuerza que ningún otro medio lo haya hecho; por lo menos lo suficiente para retardar su conquista inminente.

Una de las razones es que aún hay mucha confusión respecto a qué tecnología funcionará y de qué manera. ¿El sistema por cable será la ruta de acceso? ¿Las líneas telefónicas? ¿La telefonía inalámbrica? Microsoft está aquí, pero lejos de salvar el obstáculo de que la bestia digital, de tamaño descomunal, está presente en la forma adecuada, el lugar correcto e incluso en el momento preciso. La compañía parece estar confundida, desintegrándose. De hecho, la invasión cultural de la red efectuada por Microsoft podría conducir a la primera derrota importante de la empresa en su afán por lograr el dominio digital del mundo.

Otro obstáculo es la maquinaria relativamente barata y muy individualista del mundo digital. Con modems, computadoras y líneas telefónicas, la cultura de la red puede formarse y reformarse casi de manera continua. A diferencia de la tv, la radio o cualquier otro medio hecho tiras a causa de los litigios, la red ya cuenta con una cultura atrincherada, muy abierta y ferozmente independiente in situ.

Quizá la red sea tan amplia y maleable que sus ciudadanos y las gigantescas corporaciones puedan vivir codo a codo de manera dichosa. Claro que eso sería como observar a un ciervo pacer plácidamente junto a un veloz tigre.

Celebrando la individualidad

El truco para la cultura de la red es equilibrar la individualidad y la libertad con la necesidad de integrarse en una comunidad política, una que celebre lo hipersensible al tiempo que intervenga en un discurso político de índole civil.

Si Internet puede escapar al síndrome de Times Square, si puede resistir la inevitable embestida voraz de las corporaciones, la interferencia política y los reglamentos gubernamentales, entonces en verdad podrá demostrar que la tecnología puede mejorar la democracia en vez de sólo tomarle fotografías. También podría permitirse un poco de iconoclastía.

La cultura ortodoxa de los medios de comunicación se opone a explorar y experimentar de ese modo. Tomemos por ejemplo los cuentos de 1996 acerca de Hillary Rodham Clinton y sus reuniones en la Casa Blanca con la filósofa y psicóloga Jean Houston. Carecían completamente de imaginación, son recordatorios velados a las figuras públicas de cuán peligroso es desviarse escasamente del pensamiento superficial y convencional de la gente que rige las salas de redacción en Estados Unidos.

Esas historias no tienen nada que ver con las noticias, el periodismo o la política, y mucho con tergiversar la verdad, el periodismo de mafias y la estimulación que produce una inyección de droga para el próximo libro de Bob Woodward.

Se da por hecho que la señora Clinton ha trabajado duro para alejar a las muchas personas que estuvieron deseosas de apoyar a una mujer tan inteligente, aparentemente ética y distinta en la Casa Blanca. Es una pena que no consiguiera anotarse un verdadero tanto en favor del feminismo al salir de casa, obtener un empleo, y hacer algo útil con su vida y preparación en vez de permitir que su esposo la convirtiera en su "zar de atención a la salud", o asumir el puesto obsoleto, inútil e imposible de "primera dama", un trabajo tan inquietante como el término que lo describe.

Sin embargo, no ha hecho nada para justificar las pasmosas falsas descripciones de sus encuentros con Houston, una conferencista e investigadora del campo de la motivación quien posee estudios académicos avanzados en filosofía y religión; ha enseñado en Columbia, el Hunter College y la Universidad de California, ha escrito libros y artículos y trabajado para la UNICEF.

Dateline, CNN, las tres cadenas de radio y televisión, y periódicos importantes como The New York Times, The Washington Post y Los Angeles Times se precipitaron a enviar equipo y reporteros a Pomona, Nueva York, para confrontar a Houston —incitados por el libro de Bob Woodward, The Choice (Simon & Schuster, 1996)— porque alentaba a la señora Clinton a tener conversaciones imaginarias con Eleanor Roosevelt y Mahatma Gandhi. Muchos de los medios utilizaron palabras como sesión espiritista y misticismo de la Nueva Era para describir estos encuentros, términos que ni siquiera utilizaba Woodward en su libro.

Se hizo aparecer a la señora Clinton como una persona chiflada así como estafadora, y a Houston como a una "gurú de la Nueva Era", una "psíquica", una "consejera espiritual" o persona ocupada en "psicoparloteos", dependiendo del medio que se viera o leyera. Si la señora Clinton se hubiera entrevistado con un rabino o un sacerdote católico no habría sido noticia, o se habría notificado de manera prudente y conforme a la mejor tradición judeo-cristiana. Pero es una excéntrica porque tuvo la temeridad de reunirse con una persona instruida y seria, que trabaja fuera de los sistemas tradicionales de creencias. Tanto que se acusa a la prensa por abrir nuestras mentes en vez de cerrarlas.

"(Houston) ha nadado con delfines, ha comido gusanos en un banquete chino, se comunica con chimpancés mediante señas y ha vivido con leprosos en la India", informó el New York Daily News. Se estableció una relación casi universal entre las reuniones de la señora Clinton, y Jean y las tan divulgadas de Nancy Reagan, e igualmente exageradas, con un astrólogo que supuestamente dictaba la política nacional.

De hecho, Houston no es una mística, gurú, espiritualista, o una persona que cure por medio de la fe. Es una psicóloga motivacional de las contratadas por multitud de grandes compañías, directores generales, atletas y artistas para ayudar a despertar la creatividad, mejorar la actitud y concentrar el pensamiento. Si algo es cierto, es que es mucho más educada y respetada que la mayoría. Le aconsejó a la señora Clinton un ejercicio en el que imaginara que tenía conversaciones con estas mujeres famosas, se trataba de un método para ayudarla a concentrarse en un libro que estaba escribiendo sobre los niños.

Antes de la ráfaga desatada por los medios, la señora Clinton reveló por lo menos dos veces sus conversaciones mentales con la señora Roosevelt; en una ocasión lo hizo en su columna para una agencia periodística, y otra en una conferencia vía cable. En las discusiones subsecuentes de las cabezas parlantes sí surgió una particularidad: Robert Novak y Orrin Hatch, hombres blancos de mediana edad, pensaban que esas conversaciones eran "necias" o "misteriosas"; mientras que Susan Estrich y Geraldine Ferrano, mujeres, comentaron que a menudo tenían diálogos mentales con sus padres muertos, hermanos o amigos; que era una forma de permanecer en contacto con personas que habían perdido y les ayudaba en su trabajo y vida personal.

El mensaje de los medios de comunicación ortodoxos es claro: en las figuras públicas sólo se acepta una conducta personal obtusa, convencional y cautelosa. Cualquier exploración personal, ya sea espiritual o sexual que no se apegue a las normas convencionales, cualquier sentimiento de desconfianza sobre uno mismo o de estudio intelectual se ridiculizará, distorsionará y será usado en su contra.

Posiblemente sólo puedan sobrevivir los Ronald Reagans del mundo, gente que profesa (a menudo en forma hipócrita) las definiciones hollywoodenses de moralidad y honradez.

Los medios de comunicación han desplazado las voces individuales, sobre todo en la época moderna. No podemos transmitir nuestros propios programas de televisión ni publicar nuestros propios periódicos.

Sin embargo, cualquier individuo grotesco con un modesto fajo de dinero puede ser editor en un tris al crear su propia página electrónica o sistema de conferencias vía computadora. La mayoría de estas nuevas creaciones son interactivas y reciben con beneplácito la información.

Esta tecnología, con mayor acceso que las existentes en los medios de comunicación, ha fomentado una explosión bulliciosa de voces individuales, incluso a medida que los medios de comunicación ortodoxos enfocan más y más su mirada en las élites poderosas con unos lentes que día a día disminuyen de tamaño.

Se da por hecho que la red frecuentemente está en un estado de caos y confusión. Sin embargo, al estar en línea, la diversidad y la excentricidad de sus usuarios son realidades de la vida diaria. La pluralidad, en la política, la sociedad y el periodismo, puede organizar una réplica exagerada

  Jon Katz, novelista y crítico de medios, es autor de la columna Media Rants, que aparece todos los días en Hot Wired, publicación electrónica de la revista Wired. Una selección de esas columnas acaba de aparecer recopilada en el libro Media Rants. Postpolitics in the digital nation (San Francisco, HardWired, 1997), de donde hemos tomado y traducido este ensayo compuesto por dos partes: "La postpolítica individual" y "Tecnología y política". etcétera agradece muy cumplidamente al señor Katz su autorización para esta publicación. Traducción: Camen Navarrete.
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