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Viernes 24 de Mayo 2013
6:35 hrs
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En Sierra Leona, durante los años 90, un frente revolucionario forma una tropa de niños, a quienes adiestra para secuestrar, violar y mutilar, en la disputa por una zona productora de diamantes. Decenas de miles de muertos, hambre y miseria, una tímida y tardía intervención de la comunidad internacional, y la indiferencia de todos nosotros.
Abu Bakarr Kargbo y su hijo, Abu, sobrevivieron a la embestida del odio y del miedo, emociones que –casi siempre promovidas y administradas por dirigentes ambiciosos y estúpidos– animan los conflictos entre razas, pueblos, clases, naciones, credos y todo tipo de grupos de personas, inspirando el dolor, la humillación y la aniquilación entre adversarios. A él le cortaron los dos brazos.
Con semblante triste, el padre acepta la ayuda del niño para intentar –quizá– construir una nueva normalidad, la que sea posible, para ambos. El hijo, con el brillo que tienen los ojos de los niños de siete años, no recuerda haber visto o sentido las manos que ya no están, pero cierra los botones de la camisa de su padre con el deseo –tal vez– de que éste baje un poco más la mirada y se sonría con él.
La composición de esta imagen me atrae hacia el vacío que se forma entre las miradas de ambos. Y verla me recuerda a mi hijo, cuando me mira y yo no sé qué hacer con mis brazos y me quedo sin palabras, sin argumentos, para poderle platicar cómo es posible que ahora mismo en el mundo la gente está sufriendo así, aunque a nosotros, tan soberbios y tan vulnerables, equivocadamente se nos olvide en silencio que también vivimos aquí.
Héctor Villarreal Ordóñez
Foto: Yannis Kontos
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