El pez fuera del agua
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Foto: Iván Stephens/Cuartoscuro |
Hace quizá un año, tuve la suerte de presenciar una breve conferencia de prensa protagonizada por
Cuauhtémoc Blanco en los campos del América. Por aquellas fechas, el delantero americanista apenas salía de algún
innecesario lío de faldas.
Blanco caminó cabizbajo hacia la nube de reporteros que le esperaban cerca del tiro de esquina de la principal
cancha de entrenamiento de Coapa. Sin decir palabra, más resignado que molesto, Cuauhtémoc tomó asiento, se encorvó,
frunció el ceño y levantó la mirada. Una hora entera aguantó el hombre: de cabo a rabo, la prensa no dejó de tirarle
anzuelos. Quizá cerca del décimo arpón reporteril, comencé a ver a Blanco con otros ojos.
Los periodistas no querían hablar de futbol con el mejor delantero mexicano de los últimos diez años. En realidad,
ni siquiera querían hablar. Todo aquel circo se trataba solamente de engañar a Blanco, de hacerlo tropezar con sus
propias limitaciones; se trataba, en suma, de exhibirlo. Cuauhtémoc Blanco es el ejemplo más reciente -y quizá el más notable-
de un fenómeno típico del deporte nacional: el muchacho humilde y poco preparado que, de pronto, se encuentra en
el corazón del ruedo, víctima de los reflectores.
Cuauhtémoc Blanco es una suerte de Kaspar Hauser mexicano. Después de todo, Blanco no dejó Tlatilco sino hasta
sus 20 años. Y salió rudo, áspero, sin armas para enfrentar al mundo, mucho menos al de la fama. Cerca del final de la
rueda de prensa, un reportero finalmente hace caer a Cuauhtémoc. La pregunta, pensada con quirúrgica saña para provocar
el desliz del delantero, cumple su cometido. Al día siguiente, las palabras de Blanco aparecerán como primera plana de
las secciones deportivas. Tras responder a la pregunta que lo incrimina, Blanco baja la mirada. Los reporteros, en
cambio, empacan sus cosas. Se marchan felices: han derribado al ingenuo gigante. Cuauhtémoc sigue sentado en su cadalso.
Está solo. Quizá ha caído en la cuenta de haber sido, de nuevo, víctima de sí mismo. ¿Cuántas veces habrá añorado ese
pez fuera del agua volver a su estanque original?
León Krauze
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