Robert Darnton
El escándalo no es cosa nueva
París, antes de la Internet
Los rumores son tan viejos como la humanidad. Su propagación como si fueran noticias es tan antigua como la civilización. La pesquisa que Robert Darnton ofrece en este sabroso ensayo tiene tal semejanza con hechos
recientes que pareciera que no se trata del París del siglo XVIII, sino de
las intrigas políticas que a últimas fechas han conmovido en Washington, Buenos Aires o la ciudad de México. Escándalo y murmuración han definido siempre la imagen popular de los personajes públicos. La diferencia es
que ahora en vez de panfletos las habladurías viajan por Internet.
1.
Entre las numerosas profecías que se han hecho acerca del siglo que acaba de empezar se habla mucho de la era de la información. Los medios de comunicación han cobrado tanta importancia en nuestra visión del futuro que eso puede impedirnos reconocer la importancia que tuvieron en el pasado;
y el presente puede parecer una época de transición donde el reemplazo de los modos
de producción por los modos de comunicación es la fuerza dinámica que impulsa la historia. Quisiera debatir este punto de vista, argumentar que, a su manera, cada época fue una era
de la información y que los sistemas de comunicación siempre han tenido gran influencia en los acontecimientos.
Este argumento puede parecer sospechosamente sensato; pero si se
lleva lo suficientemente lejos podría
abrir una nueva perspectiva sobre el pasado. Me gustaría empezar haciendo esta sencilla pregunta: ¿qué es una noticia? Quizá la mayor parte de nosotros responda que una noticia es lo que leemos en los periódicos o lo que vemos y oímos en los noticiarios. Sin embargo, si pensáramos con mayor detenimiento en la pregunta, tal vez concordaríamos en que una noticia no es lo que ocurrió *ayer o la semana pasada*, sino más bien la historia sobre lo que sucedió. Es una especie de narrativa, transmitida por medios especiales. Esta línea de razonamiento pronto nos lleva a enmarañarnos en la teoría literaria y en la red mundial de la Internet. Pero, si la proyectamos hacia atrás, puede ayudarnos a desentrañar algunos enredados problemas del pasado.
Propongo abordar de manera general la forma como las sociedades daban sentido a los sucesos y transmitían información al respecto, algo que podría llamarse la historia de la comunicación. En principio, este tipo de historia podría aplicarse a cualquier época y a cualquier lugar. En la práctica debe trabajarse con estudios de caso. De modo que dirigiré la pregunta hacia mi propio campo de
estudio y preguntaré: ¿cómo hacía uno para enterarse de las noticias
en París, alrededor de 1750? No por medio del periódico, pues los diarios que presentaban noticias (noticias como las entendemos hoy en día, acerca de asuntos públicos y personalidades) no existían. El gobierno no los permitía.
Para enterarse de lo que realmente estaba pasando, la gente se dirigía al Arbol de Cracovia. Se trataba de un castaño grande y frondoso situado en el centro de París, en los jardines del Palais-Royal. Tal vez fue bautizado así debido a las acaloradas discusiones que tuvieron lugar a su alrededor, durante la Guerra de la Sucesión Polaca (1733-1735), aunque su nombre también evocaba la propagación de rumores (craquer: contar chismes). Al igual que un poderoso imán, el árbol atraía a los nouvellistes de bouche o corre-ve-y-diles que difundían información de boca en boca sobre los acontecimientos del momento.
Estos individuos afirmaban que, basándose en fuentes privadas (una carta, un criado indiscreto, un comentario que alguien había escuchado en una antesala de Versalles), sabían lo que realmente ocurría en los pasillos del poder *y la gente que estaba en el poder los tomaba en serio porque el
gobierno se preocupaba por lo que decían los parisinos*. Los diplomáticos extranjeros supuestamente enviaban agentes para que recogieran noticias o para que las plantaran al pie del Arbol de Cracovia. Existían otros centros nerviosos para
transmitir los “ruidos públicos” (bruits publics), como se conocía ese tipo de noticias; bancas especiales en las tullerías y en los jardines de Luxemburgo, rincones de oradores informales en el Quai des Augustins y el Pont Neuf, cafés famosos por sus rumores y tramos de bulevares, donde los mercachifles de canards (panfletos frívolos) difundían los boletines noticiosos a voz en cuello o donde los organilleros los cantaban adaptándolos a la música de canciones conocidas. Para enterarse de las noticias, uno simplemente se paraba en la calle y aguzaba el oído.
Pero los rumores ordinarios no satisfacían a los parisinos que poseían un poderoso apetito informativo. Ellos necesitaban tamizar el ruido público para poder descubrir lo que realmente sucedía. A veces juntaban su información y la criticaban de manera colectiva, reuniéndose en grupos como el famoso salón de Mme. M.A. L. Doublet, conocido como “la parroquia”. Veintinueve “parroquianos”, muchos de ellos bien relacionados con
el Parlamento de París o con la corte y todos ellos sedientos de noticias, se daban cita con regularidad en el apartamento de Mme. Doublet, situado en el Enclos des Filles de Saint-Thomas. Al entrar al salón, encontraban dos grandes registros colocados sobre un escritorio, cerca de la puerta. Uno contenía las noticias que tenían fama de ser confiables y el otro, los chismes. Juntos, constituían el menú para la discusión del día que preparaba uno de los sirvientes de Mme. Doublet, a quien podríamos considerar como el primer “reportero” en la historia de Francia. No sabemos cómo se llamaba, pero una descripción suya subsiste en los archivos de la policía; era “alto y gordo, de cara redonda, con peluca circular y traje café. Cada mañana va de casa en casa preguntando, en nombre de su ama, ‘¿Qué hay de nuevo?’”. El criado escribía la primera entrada para las noticias de cada día en los registros; los “parroquianos” las leían y agregaban cualquier otra información que hubieran recabado; después de un examen general, los informes se copiaban y enviaban a las selectas amistades de Mme. Doublet.
Una de ellas, Mme. d’Argental, tenía un lacayo llamado Gillet, quien organizó otro servicio de copiado. Cuando empezó a hacer dinero vendiendo las copias, algunos de sus copistas establecieron sus propias tiendas; y esas tiendas se multiplicaron de tal modo que, para 1750, numerosas ediciones del boletín
noticioso circulaban por todo París y por las provincias. Las operaciones de copiado *un medio eficiente de difusión mucho después de Gutenberg y mucho antes de Xerox* se habían convertido en una pequeña industria, un servicio noticioso que ofrecía a sus suscriptores gacetas manuscritas o nouvelles à la main. En 1777, los editores empezaron a imprimir estas nouvelles y circularon bajo el título de Mémoires secrets pour servir à l’histoire de la république des lettres en France, un éxito editorial en el comercio de libros clandestinos.
Estos ejemplos muestran que las noticias (nouvelles) se difundían a través de distintos medios y diferentes modos (oral, manuscrito e impreso). Además, en todos los casos fue algo que se mantuvo fuera de la ley. Así, también deberíamos tomar en cuenta las restricciones políticas que existían en relación con las noticias.
Este es un tema rico y complicado porque la investigación de los últimos 20 años ha transformado la historia del periodismo moderno. Simplificando radicalmente la situación, deseo insistir en un punto esencial: se suponía que, bajo el Antiguo Régimen, la información sobre el funcionamiento interno del sistema de poder no debía circular en Francia. La política era asunto del rey, le secret du roi; esta idea se derivaba de un punto de vista que imperó a finales de la Edad Media y durante el Renacimiento, según el cual el arte de gobernar era arcana imperii, un arte secreto reservado a los soberanos y sus consejeros.
Naturalmente, cierta información llegaba al público lector gracias a las gacetas, pero se suponía que no debía mencionarse nada sobre política interna ni política a secas, salvo declaraciones oficiales relacionadas con ciertos temas como la guerra y la paz. Todos los materiales impresos debían contar con la aprobación de una burocracia barroca que incluía a casi 200 censores y sus decisiones eran reforzadas por los inspectores del comercio de los libros, quienes pertenecían a una sección especial de la policía. Los inspectores no sólo reprimían la herejía y la sedición; también protegían los privilegios. Los periódicos oficiales *sobre todo la Gazette de France, Mercure y Journal des savants* contaban con el respaldo del rey para cubrir ciertos temas y ninguna publicación periódica podía establecerse sin antes pagarles un pedazo del territorio.
Existían muchas publicaciones periódicas y muchas se imprimían en francés fuera de Francia; pero si alguna se aventuraba a criticar el gobierno, la policía podía eliminarla con gran facilidad *no sólo allanando las librerías y arrestando a los vendedores, sino excluyéndola del correo*. La distribución por medio del correo hacía que las líneas de abastecimiento fueran muy vulnerables, como lo descubrió la Gazette de Leyde, cuando trató de cubrir, pero fracasó en su intento, la noticia política más importante del reinado de Luis XV: la destrucción de los parlamentos en 1771-1774.
En suma, la prensa estaba lejos de ser libre; y también estaba subdesarrollada, si se le compara con la prensa de Holanda, Inglaterra y Alemania. El primer diario francés, Le Journal de Paris, no apareció sino hasta 1777. El primer diario alemán apareció más de un siglo antes, en 1660, en Leipzig. Sin embargo, en Francia ya existía un importante público lector desde el siglo XVII; éste aumentó enormemente durante el siglo XVIII, sobre todo en las ciudades y en el norte de Francia donde, para 1789, casi la mitad de todos los adultos varones ya sabía leer. Estos lectores sentían curiosidad por los asuntos públicos y sabían que se habían convertido en una nueva fuerza del mundo de la política *la opinión pública*, aun cuando no tenían voz en las gestiones del gobierno.
Así, existía una contradicción fundamental *por una parte, entre la
sed de noticias del público y, por otra, el Estado con sus formas de poder al estilo de Luis XIV*. Para entender cómo terminó esta contradicción, necesitamos examinar más de cerca los medios que transmitían las noticias y los mensajes que difundían. ¿Qué medios de comunicación existían en París durante el siglo XVIII?
2.
Tal vez parezca que apenas existían si los comparamos con los ubicuos
medios de la actualidad. El Antiguo
Régimen, tal y como lo imaginamos, puede parecernos un mundo perdido, simple y libre de medios de comunicación, una sociedad sin teléfonos, televisión, correo electrónico, Internet y todo lo demás. No obstante, la realidad es que no fue un mundo simple en absoluto; sólo distinto. Poseía una densa red de comunicación constituida por medios de comunicación y géneros que han caído en el olvido, a tal grado que incluso sus nombres se desconocen actualmente y ya no pueden traducirse con equivalentes al inglés: mauvais propos, bruit public, ondit, pasquinade, Pont Neuf, canard, feuille volante, factum, libelle, chronique scandaleuse. Había tantos modos de comunicación y éstos se cruzaban y traslapaban de tal manera que nos resulta imposible reconstruir el sistema en su totalidad.
Sin embargo, podemos estudiar
varios ejemplos del proceso de transmisión. Este es uno de ellos, algo parecido a un moderno avance (flash) informativo, que cito de las Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry,
un éxito editorial en vísperas de la
revolución:
“Encontramos en la gaceta manuscrita que con frecuencia nos ha orientado para recabar material para nuestra historia, una anécdota (sobre Mme. du Barry) que ilustra la opinión general que tenía el público del dominio que ella ejercía sobre el rey. Tiene fecha del 20 de marzo de 1773: ‘Existe un informe, cuidadosamente difundido por algunos cortesanos, que demuestra que Mme. du Barry no ha perdido la gracia ni la familiaridad con el rey, como algunos lo habían sospechado. A Su Majestad le gusta prepararse su propio café y, por medio de esta inocente diversión, hacer a un lado las pesadas cargas del gobierno. Hace unos días, la cafetera empezó a hervir mientras Su Majestad se había distraído con otra cosa. ¡Oye, Francia!, lo llamó su hermosa favorita. ¡Cuidado! Tu café se está yendo al carajo
(La France, ton café fout le camp). Nos han dicho que Francia es la expresión familiar que emplea esta dama en la intimidad de los petits appartements. Estos detalles no deberían circular nunca fuera de ellos, pero no obstante escapan de allí gracias a la
malignidad de los cortesanos’.”
La anécdota es trivial en sí, mas ilustra la manera como una noticia se difundía a través de diversos medios, llegando a un público cada vez más amplio. En este caso, pasó por cuatro fases: 1) empezó siendo un mauvais propos o un chisme interno en la corte; 2) se convirtió en un bruit public o rumor general en París y el texto usa una expresión bastante fuerte, “la opinión general que tenía el público”; 3) se incorporó a una nouvelle à la main o boletín manuscrito que circuló en las provincias, parecido a los de Mme. Doublet, y 4) se imprimió en un libelle o libro escandaloso *en este caso un éxito editorial que se reimprimió varias veces y llegó a todas partes, a las manos de los lectores*.
El libro, Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry, es una biografía difamatoria sobre la amante del rey, que se armó a partir de varios rumores recabados por Mathieu-Francois Pidansat de Mairobert, el nouvelliste más importante del siglo. Mairobert recorría París coleccionando fragmentos de noticias y los anotaba en pedazos de papel que se guardaba
en los bolsillos y en las mangas. Cuando llegaba a un café, sacaba uno y agasajaba a la concurrencia o bien lo cambiaba por un rumor de otro nouvelliste. En realidad, la biografía que Mairobert hizo de Mme. du Barry es un álbum de recortes de estas noticias, hilvanadas a lo largo de una línea narrativa que lleva a la heroína desde su misterioso nacimiento como hija de una cocinera y de un fraile errante hasta su papel protagónico en un burdel parisino y finalmente al lecho real.
Mairobert no vaciló en ventilar sus opiniones políticas mientras narraba su historia y éstas fueron sumamente hostiles hacia Versalles. En 1749, un espía de la policía informó que él había denunciado al gobierno con estas palabras:
“Al hablar de la reciente reorganización del ejército, Mairobert dijo en el Café Procope que cualquier soldado que tuviera la oportunidad debía hacer estallar la corte y enviarla
al infierno, pues su único placer consiste en devorar a las personas y
cometer injusticias.”
Días más tarde, la policía lo arrastró a la Bastilla, donde descubrieron que tenía los bolsillos atiborrados de poemas sobre los impuestos y la vida sexual del rey.
El caso de Mairobert *al igual que muchos otros como el suyo* ejemplifica un punto tan simple que nadie lo ha notado, a saber, que los medios de comunicación del Antiguo Régimen eran mixtos. Implicaban una interpenetración de modos de comunicación orales, escritos e impresos y llegaban a un público mixto. El ingrediente más difícil que el historiador debe aislar y analizar en esta mezcla es la comunicación oral porque ésta solía esfumarse en el aire. Sin embargo, para fortuna del historiador, si bien no para los franceses, el Antiguo Régimen era un Estado policiaco (en el siglo XVIII, “policía” se refería a la administración municipal) y la policía apreciaba la importancia de la opinión pública. La mantenía vigilada apostando espías en los lugares donde la gente solía reunirse para hablar de asuntos públicos *mercados, tiendas, jardines públicos, tabernas y cafés*. Claro está, los informes de los espías y los expedientes de la policía no deben interpretarse de manera literal pues, como todos los documentos, contienen prejuicios inherentes. Pero ofrecen suficiente información para poder ver cómo funcionaban las redes orales. Me valdré de ellos para hablar de dos modos de comunicación que fueron especialmente eficaces durante el París del siglo XVIII: los chismes y las canciones.
Primero, los chismes. Los documentos de la Bastilla están llenos de casos como el de Mairobert: la gente era arrestada por mauvais propos o por hacer comentarios insolentes sobre las figuras públicas, sobre todo el rey. Y los informes de los espías revelan el carácter más informal de las conversaciones entre personas que simplemente pasaban el rato hablando de los acontecimientos del momento.
He estudiado los informes sobre 179 conversaciones en 29 cafés, ocurridas entre 1726 y 1729. La mayor parte se escribieron bajo la forma de un diálogo, como éste:
“En el Café de Foy, alguien dijo que el rey tenía una nueva amante, que se llamaba Gontaut y que era una mujer hermosa, la nieta del duque de Noailles y la condesa de Toulouse. Otros dijeron, ‘si eso es cierto, entonces podría haber grandes cambios’. Y otro terció, ‘cierto, un rumor está cundiendo, pero me resulta difícil
de creer, puesto que el cardenal de Fleuryis está a cargo del asunto. No creo que el rey tenga ninguna inclinación en ese sentido ya que siempre lo han mantenido alejado de las mujeres’. ‘No obstante, dijo alguien más, no sería el mayor de los males que tuviera una amante’. ‘Bueno, señores, agregó otro, es posible que tampoco sea un capricho pasajero y un primer amor podría provocar cierto peligro en el aspecto sexual y causar más daños que beneficios. Sería mucho más deseable que prefiriera cazar en vez de hacer eso’.”
Como de costumbre, la vida sexual del monarca era material de primera clase para los rumores, pero todos los informes indican que la charla
era amistosa. En 1729, cuando la reina estaba a punto de dar a luz, los cafés estaban llenos de júbilo:
“En verdad, todos están encantados porque esperan con ansia que sea un delfín... En el Café Dupuy, alguien dijo, ‘Parbleu, messieurs, si Dios nos concede la gracia de que nazca un delfín, verán que París y el río entero arderán (con fuegos artificiales a modo de celebración)’. Todos rezan para que eso suceda.”
Veinte años más tarde, el tono había cambiado por completo:
“En la tienda de Gaujoux, el vendedor de pelucas, este sujeto (Jules Alexis Bernard) leyó en voz alta, en presencia del sieur Dazemar, un oficial inválido, un ataque contra el rey en donde se decía que Su Majestad se dejaba gobernar por ministros ignorantes e incompetentes y que había pactado una paz vergonzosa y deshonrosa (el Tratado de Aix-la-Cha-pelle), que renunciaba a todas las fortalezas que se habían capturado...; que el rey, en vista de su aventura con las tres hermanas, escandalizaba a su pueblo y que le acontecerían toda clase de infortunios si no cambiaba de proceder; que Su Majestad despreciaba a la reina y era un adúltero; que no se había confesado para la comunión de Pascua y que provocaría la maldición de Dios sobre el Reino y que Francia quedaría sumergida en desastres; que el duque de Richelieu era un alcahuete, que aplastaría a Mme. de Pompadour o sería aplastado por ella. Prometió mostrarle al sieur Dazemar su libro, titulado Las tres hermanas.”
¿Qué había ocurrido entre esas dos fechas, 1729 y 1749? Muchas cosas, naturalmente: el estallido de la controversia jansenista, una lucha abierta entre los parlamentos y la corona, una guerra de gran importancia, algunas cosechas desastrosas y la aplicación de impuestos muy poco populares. Pero me gustaría subrayar otro factor: el fin del toque real.
3.
Déjenme contarles un cuento. Llamémoslo “Las tres hermanas”. Erase una vez un gran hombre, el marqués de Nesle, que tuvo tres hijas, a cual más hermosa o, al menos, todas listas y ansiosas de tener aventuras sexuales. La primera, Mme. de Mailly, pasó de un lecho a otro hasta llegar al trono. Hechizó de tal modo al rey que, en 1739, él se negó a renunciar a ella para poder participar en los tradicionales sacramentos pascuales de la confesión, la penitencia y la comunión. Y, debido a que no fue absuelto de sus pecados, no pudo llevar a cabo otro ritual, muy importante, que afirmaba su poder sagrado: tocar a sus súbditos para curarlos de la escrófula o “mal del rey”.
Finalmente, el soberano se cansó de la primera hermana y la sustituyó por la segunda, Mme. de Vintimille. Ella lo satisfizo por completo, pero murió en 1741, después de dar a luz. Así, el rey tomó por amante a la tercera, Mme. de Châteauroux, la más bella de todas. La amaba tanto que, en 1744, se la llevó al frente, a Metz, durante la Guerra de la Sucesión Austriaca. Pero luego, el rey cayó enfermo y se puso tan grave que los médicos lo abandonaron a los sacerdotes, quienes se reunieron alrededor de su
lecho para realizar el ritual más importante de todos, la extremaunción. Le advirtieron que si él no confesaba sus pecados, renunciaba a su amante y tomaba el último sacramento ardería para siempre en el infierno. El rey cedió. Envió a Mme. de Châteauroux de regreso a París y luego, ¡milagro!, recuperó la salud. Toda Francia se regocijó. El monarca regresó a Versalles... y luego pensó las cosas con más detenimiento. Los curas habían sido extraordinariamente insistentes. Mme. de Châteauroux era extraordinariamente hermosa... Así que la llamó de regreso a su lecho; pero, antes de que ella pudiera volver a su lado, también se enfermó y pronto murió.
¿Cuál es la moraleja de la historia? Para los parisinos, revelaba la intervención de Dios en la historia. Los pecados del rey eran tan graves *no sólo el adulterio, sino el incesto, pues así es como los franceses interpretaban la fornicación con hermanas*, los cuales provocarían la furia divina sobre toda Francia. Esa era la conclusión a la que Bernard llegó después de declamar Las tres hermanas en la tienda de Gaujoux, el vendedor de pelucas.
Para los historiadores, la moraleja se asocia con el ritual y con el rey como individuo en tanto que elementos de un sistema de poder. Después de este incidente, Luis XV dejó de ir a París, salvo en las ocasiones cuando no podía evitarlo. Perdió contacto con su pueblo. También perdió el toque real. Nunca más volvió a curar la escrófula tocando a los enfermos que se formaban en hilera en la Gran Galería del Louvre. La crisis de Metz había revivido la esperanza de que él recobrara su potencia espiritual (después de su coronación en 1722 había tocado a más de dos mil súbditos enfermos), pero el desenlace, la muerte de Mme. de Châteauroux y la sucesión de amantes que se reanudó con la instalación de Mme. de Pompadour en 1745 señalaron el fin de la eficacia de Luis como un mediador entre su pueblo y su enfurecido Dios. El deterioro del ritual produjo una ruptura en su legitimidad, en los vínculos morales que lo unían a sus súbditos. Fue el fin (o, por lo menos, el principio del fin) del roimage, el rey sagrado y taumaturgo que conocemos gracias a la obra de Marc Bloch.
Confieso que esta conclusión es más dramática. La desacralización o la deslegitimación era un proceso
muy complejo. No ocurrió de golpe, sino más bien a tropezones durante un largo periodo. No obstante, la historia ilustra la forma como los acontecimientos, los rituales y las actitudes alimentaban las noticias
porque ésta es la historia que se comentaba en la tienda del vendedor de pelucas. La discusión adoptó la forma de un mauvais propos o
comentario insolente hacia el rey,
después de que se leyó en público un texto impreso, Las tres hermanas,
uno de tantos libros escandalosos o libelles, que en ese entonces persiguió la policía.
Todos los demás *Tanastès, Les amours de Zeonikizul, roi des Kofi-rans, Mémoires secrets pour servir
à l’histoire de Perse, Voyage à Amatonthe* siguen la misma línea narrativa, que resumí en la sinopsis que acabo de contarles. Y todos recurrieron a los “ruidos públicos” o rumores para establecer su trama. Por ejemplo, Tanastès fue escrito por Ma-rie Madeleine Bonafon, una camarera de Versalles. Cuando la policía logró al fin encerrarla en la Bastilla y empezó a interrogarla, nadie pudo creer lo que escuchaba: una mujer, una mujer de la clase trabajadora, ¿había escrito una novela política? ¿Cómo era eso posible? Sin duda, alguien debió escribírsela o proporcionarle todo el material en forma de memorias.
Ella repuso con firmeza que lo había hecho todo sola:
“Contestó (estoy citando el informe policiaco de su interrogación) que nadie le había dado memorias, que ella sola había redactado el libro que,
de hecho, le había dado forma en su imaginación. Sin embargo, aceptó que, al tener la cabeza llena de lo que la gente decía en público sobre lo que había ocurrido durante y después de la enfermedad del rey, había tratado de darle algún uso en su libro...”
Los escritos políticos no estaban reservados a la élite masculina. Estaban profundamente arraigados en la sociedad. Pero el punto que deseo subrayar es que también pertenecían a los modos de comunicación tanto orales como impresos; al redactarse, incorporaban los comentarios verbales y luego, al leerse, los provocaban. Al pasar del “ruido público” a la imprenta y de vuelta al “ruido público”, el proceso se intensificaba de manera dialéctica, acumulando fuerza y propagándose a esferas cada vez más amplias.
Ahora, tomemos el caso de las canciones.1 Estas también fueron un medio importante para comunicar las noticias. Era común que los parisinos compusieran versos sobre los sucesos del momento y que los adaptaran
a las tonadas de canciones populares como “Malbrouck s’en va-t-en gue-rre” (“The bear went over the mountain” en Estados Unidos), que todos llevaban en la cabeza. Las canciones servían como dispositivos mnemónicos y como poderosos vehículos para difundir un mensaje, algo muy similar a los anuncios comerciales cantados de hoy. Algunas canciones se originaban en la corte, pero llegaban a
la gente común y corriente y ésta las cantaba y se las devolvía a la corte. Los artesanos improvisaban canciones mientras trabajaban, agregando nuevos versos conforme lo pedía la ocasión. Charles Simon Favart, el cancionista más célebre del siglo, empezó a poner palabras a las tonadas desde que era un niño, cuando preparaba la masa en la panadería
de su padre.
El y otros ingeniosos hombres que provenían de las zonas marginadas de París (Gallet, Fagan, Panard, Fromaget, Taconnet, Collé, Vadé) crearon grandes cantidades de canciones populares que podían oírse en todas las calles, en ciertas tabernas como Caveau y en los teatros populares, en la Feria de Saint-Germain, a lo largo de los bulevares y, por último, en la Opera Cómica. A un nivel más plebeyo, los pordioseros que cantaban en las calles, tocando el violín o el organillo, entretenían a las muchedumbres en el Pont Neuf, el Quai des Augustins y otros sitios estratégicos. París estaba lleno de canciones. De hecho, los parisinos describían todo su sistema de gobierno como “una monarquía absoluta templada por canciones”.
En un medio semejante, una canción pegadiza podía correr como un reguero de pólvora y, al hacerlo, crecía. Eso era algo inevitable pues adquiría nuevas palabras en el transcurso de la transmisión oral y todo el mundo podía unirse al juego de injertar nuevas estrofas a las viejas. Los nuevos versos se garabateaban en pedazos de papel y se intercambiaban en los cafés, al igual que las anécdotas que difundían los nouvellistes; un gran número de personas que no sabía
leer podía memorizarlos fácilmente. Un éxito musical que atacara al rey y a sus ministros podía ser un asunto muy serio. De modo que, cuando los parisinos empezaron a cantar una cantinela especialmente ofensiva para Luis XV *durante la primavera de 1749* el gobierno tomó medidas enérgicas a nivel general. La policía recibió la orden de arrestar al autor de una canción que comenzaba con las palabras “Monstruo, cuya negra furia...” donde el monstruo era el rey. Esa era la única pista que tenían, pero era lo único que necesitaban para poner manos a la obra.
La orden bajó del teniente general a los inspectores y de los inspectores a los espías, y, finalmente, llegó una respuesta, escrita en un pedazo de papel: “Conozco a alguien que, hace unos días, tenía en su habitación una copia del abominable verso contra el rey y que habló de manera aprobatoria al respecto. Si lo desean, puedo decirles quién es”. Sólo dos frases, sin firma, en un pedazo arrugado de papel, pero le hicieron ganar al espía 12 monedas de oro, el equivalente al salario de casi un año de un trabajador no calificado; y desencadenaron una extraordinaria y sistemática búsqueda, la cual produjo los expedientes más ricos del trabajo detectivesco literario que he visto jamás; pues la canción original pertenece a todo un repertorio de versos políticos que corrían por las calles
de París. Al seguir a los policías que
perseguían los versos, uno puede reconstruir una red oral que difundía
las noticias y los comentarios en forma de poemas y canciones.
Después de mucha confusión, la policía arrestó a la persona que tenía en su haber un texto manuscrito de
la canción, un estudiante de medicina que se llamaba Francois Bonis. Durante su interrogatorio en la Bastilla dijo que se lo había dado un cura que fue arrestado; éste dijo que otro cura se lo había dado, el cual también fue arrestado y dijo que un tercer sacerdote se lo había dado, que fue arrestado y dijo que se lo había dado un estudiante de leyes, que fue arrestado y dijo que se lo había dado un secretario que trabajaba en la oficina de un notario, que fue arrestado... y así sucesivamente, hasta que el rastro se perdió y la policía se dio por vencida, después de efectuar 14 arrestos desde el principio; de allí el título de los expedientes: “El Asunto de los Catorce”.
Nunca encontraron al autor original. En realidad, es posible que no haya existido un solo autor y eso no se debe a que Roland Barthes y Michel Foucault nos hayan dicho que el autor está muerto, sino porque la gente cambiaba frases y agregaba versos durante el proceso de transmisión. Y, mientras la policía trató de seguir la canción hasta su origen, descubrió que su camino se cruzaba con el de otras cinco canciones, a cual más sediciosa y cada una con su propia cadena de difusión. Las palabras se memorizaban, declamaban, leían y cantaban. Circulaban en trozos de papel, escondidos en los bolsillos y
en las mangas; se transcribían y guardaban en periódicos manuscritos
conocidos como chansonniers; y finalmente se imprimían en libros, en especial Vie privée de Louis XV, el cual se convirtió en un éxito editorial del comercio clandestino. En su conjunto, crearon un campo de impulsos poéticos, rebotando de un punto de transmisión a otro, llenando el aire
de “ruidos públicos”, una cacofonía de sedición en verso.
Algunos de estos ruidos bajaban de la corte hacia París. Sin embargo, una gran parte emanaba de la gente, no sólo de estudiantes, abogados y curas, como en el Asunto de los Catorce, sino también de artesanos, sirvientes y tenderos.
Como un ejemplo, citaré un último caso que proviene de los archivos policiacos, el expediente de Mme. Dubois. El mayor problema en su oscura vida como esposa de un amanuense que trabajaba en una tienda textil, situada en la Rue Lavandières, era Monsieur Dubois, su esposo, un patán insufrible. Un día, después de una discusión particularmente desagradable, resolvió deshacerse de él. Usando un nombre falso, le escribió una carta al teniente general de la policía, diciendo que se había encontrado en la calle a un sospechoso personaje que le leía a otro, en voz alta, un poema. Al verla, tiraron el poema y se echaron a correr. Ella lo recogió y rastreó al lector hasta su residencia en la Rue Lavandières *la habitación de M. Dubois*. Mme. Dubois inventó esta historia con la esperanza de
que la policía encerrara a su esposo en la Bastilla. Pero, después de enviar la carta, lo pensó mejor. En efecto, su marido era un patán pero, ¿acaso merecía desaparecer en una oubliette? Invadida por el remordimiento, se dirigió a la sesión semanal del teniente general de la policía, se echó a sus pies, le confesó todo y obtuvo su perdón. El caso terminó allí, pero el poema sobrevive en el expediente y contiene todos los temas acostumbrados acerca de la vida sexual de
Luis XV y el mal gobierno.
Existen muchas canciones sobre estos temas dispersas en las colecciones manuscritas de varias librerías de París. Un chansonnier contiene 641 canciones que circularon entre 1745 y 1751. Además, la misma canción aparece con frecuencia en varias colecciones diferentes; así, comparando las versiones, podemos seguir su evolución conforme los parisinos añadían nuevas estrofas sobre los últimos acontecimientos. He encontrado nueve versiones de “Una ramera bastarda” *a saber: Mme. de Pompadour* que parecen haber sido grandes éxitos musicales, sobre todo entre los Catorce. Estas versiones varían de
seis a 23 estrofas y, según los informes de los espías, abarcan todos los temas que la gente comentaba. La canción funcionaba como un periódico sensacionalista al que se le había puesto música.
4.
¿Qué pensaba el público de todo esto? ¿Cómo llegó a moldear esa fuerza misteriosa que hemos llamado opinión pública? Estos son los problemas
más difíciles en la historia de la comunicación porque, a pesar de la abundancia de teorías sobre la recepción, tenemos pocas pruebas sobre cómo tenía lugar dicha recepción. Por mi parte, confieso que no puedo ofrecer ninguna solución para dichos problemas, pero tal vez haya encontrado la manera de rodearlos, al menos en este caso, gracias a una desviación.
Examinemos una vez más el informe sobre el café derramado. Apareció en Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry, un gran éxito editorial de la época prerrevolucionaria. ¿Cómo podemos saber cuál fue la opinión de los lectores? No tenemos ningún registro sobre sus reacciones; pero
podemos estudiar la forma como trabaja el texto, la manera como encaja en el libro y el lugar que éste ocupa en un conjunto de textos relacionados, el cual representó el fondo básico
de información sobre los acontecimientos de la época y la historia contemporánea para el público lector
en general.
Empezaré por la frase clave, “¡La France! Ton café fout le camp”. Esto habría escandalizado bastante los oídos del siglo XVIII porque “La France” tenía un significado particular en el código social de la época. A los lacayos con frecuencia se les llamaba por la provincia de donde provenían. De modo que, al gritar “La France” en un momento de descuido, Du Barry estaba tratando al rey como si fuera su lacayo. Y ella lo hizo de manera espectacularmente vulgar, a tal grado que podía considerarse que eso revelaba la naturaleza plebeya que existía bajo su barniz cortesano; “fout le camp” era el lenguaje del burdel, no de la corte. Semejantes arranques de vulgaridad aparecen en todo el libro. En realidad, constituyen el tema central. Anecdotes sur Mme
la comtesse du Barry era un libelle clásico, basado en la fórmula que mencioné anteriormente: del burdel al trono. Du Barry pasa de un lecho a otro hasta llegar a la cima; usa mañas que aprendió en el prostíbulo para revivir la agotada libido del viejo rey y, así, dominar el reino. Es una Cenicienta meretricia y, por lo tanto, es distinta a todas las amantes anteriores del rey (o a todas desde Mme. de Pompadour, cuyo apellido de soltera fue Poisson) quienes, haciendo a un lado su moral, por lo menos eran damas. Una canción resume este tema, una de tantas que se imprimieron en el texto, la cual incluye la frase:
Todos nuestros lacayos la poseyeron
Cuando ella recorría las calles.
Veinte centavos bastaban
Para que aceptara de inmediato.
El segundo tema principal que aparece en el libro es la degradación de la monarquía. A lo largo de la obra, la narrativa se explaya en la profanación de los símbolos reales y de la persona del soberano. Se dice que el cetro se ha vuelto tan débil como el pene real. Eran palabras muy fuertes para una época que trataba a los reyes como seres sagrados, a quienes Dios había destinado a gobernar y a quienes les había conferido el toque real. Pero Luis perdió su toque, como ya lo expliqué más arriba. Las Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry intensificaban esta pérdida al presentar al monarca como un mortal común y corriente *o, peor aún, como un viejo rabo verde*.
Al mismo tiempo, la obra invitaba al lector a disfrutar el frisson de adentrarse en los salones más íntimos de Versalles, en el secret du roi, incluso a observar al rey entre las sábanas. Pues allí es donde se decidieron los grandes asuntos del Estado: la caída de Choiseul, la división de Polonia, la destrucción del sistema judicial de Francia a manos del canciller Maupeou, todo lo que hubiera merecido un titular a toda plana de haber existido los titulares o los diarios. En cada uno de estos casos, según narraba el libro, Du Barry hacía que el rey se emborrachara, lo arrastraba a la cama y lo hacía firmar cualquier edicto que le hubieran preparado con antelación sus malvados consejeros. Este tipo de reportaje se adelantó a las técnicas que se desarrollarían un siglo después en el periodismo amarillista; presentaba la historia detallada de la política en Versalles; ilustraba las luchas de poder como “lo que vio el mayordomo”; reducía complejos asuntos de Estado a intrigas tras bambalinas y a la vida sexual del rey.
Eso, claro está, difícilmente podría llamarse historia seria. Yo lo llamaría folclor. Sin embargo, gozó de gran popularidad, tanta que, de hecho, sigue subsistiendo hoy en día. Encontré el episodio donde se derrama el café (con la amante equivocada pero haciendo un adecuado énfasis en su vulgaridad) en una revista de tiras cómicas del Canadá francés.
En vez de desechar el folclor político como algo trivial, prefiero tomarlo en serio. En realidad, creo que fue un ingrediente crucial que provocó la
caída del Antiguo Régimen. No obstante, antes de saltar a esta conclusión, será mejor que bata la retirada para regresar a un territorio conocido: el comercio de los libros prohibidos, que estudié en mi última ronda de investigación. Al reconstruir estadísticamente el comercio de los vendedores de libros, esparcidos por todo el reino, concluí que un enorme conjunto de obras de literatura escandalosa llegaba a los lectores, en cualquier parte de Francia.2 Cinco de los 15 éxitos editoriales más importantes eran libelles y chroniques scandaleuses, es decir, relatos difamatorios de la vida de las figuras más importantes de la corte y el gobierno. Los libelles poseen con frecuencia impresionantes cualidades literarias, aun cuando nunca hayan calificado como obras de literatura y, actualmente, hayan caído en el olvido. Las Anecdotes sur Mme la comtesse du Barry llegaron a ocupar el primer lugar en la lista de los éxitos editoriales porque, entre otras cosas, estaban muy bien escritas. Pidansat de Mairobert sabía cómo narrar una historia. Su texto es divertido, malicioso, escandalizador, ultrajante y su lectura es muy amena.
Su aspecto físico también resulta impresionante. Está presentado en
un imponente tomo de 346 páginas, con todo y un elegante frontispicio y toda la apariencia de una biografía seria. Los demás libelles suelen ser más elaborados. Contienen pies de página, apéndices, genealogías y todo tipo de documentación. La Vie privée de Louis XV ofrece una historia en cuatro volúmenes de todo el reinado, más detallada y mejor documentada, a
pesar de todos sus denuestos, que
muchas historias modernas. El Journal historique de la révolution opérée... par M. de Maupeou tiene siete tomos; L’Espion anglais, diez; los Mémoires secrets, 36.
Estos libros trazan todo el derrotero de la historia contemporánea. De hecho, eran el único mapa disponible pues la biografía política y la historia contemporánea *dos géneros que representan la columna vertebral de nuestras propias listas de éxitos editoriales* no existían en la literatura legalmente permitida del Antiguo Régimen. Estaban prohibidas. Los contemporáneos que deseaban orientarse relacionando el presente con el pasado reciente tenían que dirigirse a la literatura del libelo. No podían hacer otra cosa.
¿Cómo tuvo lugar este proceso de orientación? Si uno se abre paso leyendo la colección entera de libelles y chroniques scandaleuses encuentra las mismas características, los mismos episodios y, con frecuencia, las mismas frases diseminadas por doquier. Los autores se basaban en fuentes comunes y tomaban pasajes de textos ajenos con la misma libertad con la que intercambiaban fragmentos de noticias en los cafés. No se trataba
de un plagio, pues este concepto difícilmente se aplicaba a la literatura clandestina y los libros, al igual que las canciones, casi nunca eran obra de un solo autor. Este fue un caso de una flagrante intertextualidad.
A pesar de su barroca confusión, los textos puede reducirse a unos cuantos temas centrales, que reaparecen en todo el conjunto. La corte siempre se hunde cada vez más en la depravación; los ministros siempre engañan al rey; el rey nunca logra desempeñar su papel como jefe de Estado; siempre se abusa del poder estatal; y el pueblo siempre paga el precio de las injusticias que se le infligen: impuestos más elevados, mayor sufrimiento, más descontento y una impotencia creciente ante un gobierno arbitrario y todopoderoso. Las noticias individuales, como el café derramado, eran historias en sí; pero también encajaban en los marcos narrativos de libros enteros y éstos, a su vez, encajaban en una “metanarrativa” que estaba presente en todo el conjunto: la política era una serie interminable de variaciones sobre un mismo tema, decadencia y despotismo.
Cierto, no sé cómo los lectores leían esos libros, pero no creo que sea extravagante de mi parte insistir en una cualidad de lectura en general; ésta es una actividad que implica dar sentido a los signos haciéndolos encajar dentro de ciertos marcos. Las narraciones ofrecen los marcos más apremiantes. La gente común y corriente con frecuencia encuentra significado en la floreciente y zumbante confusión del mundo que la rodea al contar, escuchar y leer historias. El común de los lectores en la Francia del siglo XVIII daba un sentido a la política incorporando las noticias en los marcos narrativos que les ofrecía la
literatura del libelo. Y sus interpretaciones se vieron reforzadas por
los mensajes que recibían de otros
medios de comunicación: chismes, poemas, canciones, impresos, bromas y todo lo demás.
He llegado al final de mi discusión y me doy cuenta de que no he probado mi argumento. Para ello, debo empujarlo en dos direcciones. Primero, más atrás en el pasado. El conjunto de la literatura de libelle de la década de 1770 y 1780 se derivó de una antigua tradición, que data más allá de la propaganda de los hugonotes contra Luis XIV, más allá de las mazarinades y más allá de la publicación de folletos durante las guerras religiosas hasta llegar al arte del insulto y de los chismes que se desarrolló en las cortes del Renacimiento. A partir de Aretino, esta tradición cambió y creció hasta culminar en la enorme efusión de libelles bajo Luis XV y Luis XVI.
Estos libelles suministraron, a su vez, un marco para la percepción pública en relación con los acontecimientos durante la crisis de 1787-1788, los cuales provocaron el derrumbe
de la monarquía al estilo de Luis XIV. Esta es la segunda dirección hacia la que me gustaría llevar mi discusión. Pero, para explicar cómo fue que eso ocurrió, tendré que escribir un libro, mostrando cómo se construyó la
crisis, día con día, en todos los medios de comunicación que existían en ese entonces.
Así, voy a terminar con una promesa en vez de llegar a una firme conclusión. Sin embargo, espero haber dicho lo suficiente como para inspirar más investigaciones en la historia de la comunicación y también para repensar las conexiones que existían entre las noticias, los medios masivos de comunicación y la política en general, incluso la política actual. Tal vez existan algunas continuidades entre el París de Luis XV y el Washington de Bill Clinton. ¿Cómo se situaron la mayor parte de los estadounidenses en medio de la confusión política del año 2000? Me temo que no fue analizando los problemas, sino basándonos en nuestra propia variedad de folclor político, es decir, contando historias sobre la vida íntima de nuestros políticos, de la misma manera como los franceses se agasajaron con la Vie privée de Louis XV. ¿Cómo podemos dar un sentido a todo eso? No sólo leyendo nuestro periódico de todos los días, sino releyendo la historia del siglo XVIII, una era más antigua de la información cuando el secreto del rey se expuso frente al Arbol de Cracovia y los medios se entretejieron en un sistema de comunicación tan poderoso que resultó ser decisivo para la caída del régimen
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