Edgardo Bermejo Mora
El asesinato de Francisco Stanley y la secuela de enredos y manipulación mediática que produjo en el lapso mínimo de 72 horas tiene el amargo atributo de revelar con precisión radiográfica los elementos esenciales que conforman nuestro ser nacional con todas sus miserias y deformaciones. Mezcla de tragedia y folclor, de intriga y comedia bufa, a la mitad del camino entre el thriller, la picaresca y el true crime, pocas veces tenemos la oportunidad de ver con tanta precisión y en forma tan condensada el retrato de cuerpo entero de nuestro país y la exhibición de todas sus partes en entera desnudez.
Podríamos venderle el argumento a Tom Wolfe para que atara las partes y nos las devolviera en el molde de una novela que retratara la banalidad nacional con la misma agudeza que ha utilizado para escribir, sin concesiones, a la sociedad estadounidense de nuestros días, hija bastarda del ayuntamiento entre el poder político y los medios, donde la democracia y la justicia forman parte de una escenografía mendaz y corrompida.
Los elementos de la historia están a la vista con todos sus personajes, escenarios y argumento central: en un país concentrado en la sucesión presidencial y la lucha por el poder, sacudido por la violencia, el creciente protagonismo de los medios y los ánimos exaltados por el fin del milenio, asesinan a un popular presentador de la televisión, cuya ejecución sanguinaria lo envuelve inmediato de beatitud y martirio, del que deberá desprenderse 36 horas después, cuando se descubren los primeros elementos de lo que deberá ser la subtrama de la historia, misma que lo presenta con una doble vida, rodeado de enemigos, adicciones y relaciones peligrosas, tras lo cual asistimos a la lastimosa decepción de sus pueblo que quiso ver en él a un Cristo crucificado sin darse cuenta que no era Jesús sino Dimas por quien lloraban. (En ese sentido los titulares del periódico Metro del miércoles 9 de junio, le dan el tono picaresco que necesita nuestro guión: "Paco y Bezares resultaron cocos".
Una historia así requiere la intervención de otros personajes para completar el cuadro: el magnate dueño de la televisora para la que trabajaba el muerto que, más allá del dolor y la indignación naturales, se aprovecha de la situación para apuntalar la credibilidad y el rating de su televisora, toda vez que las acciones de la empresa han sufrido drásticas bajas en la Bolsa (Reforma, 29/V/99) y que no ha logrado acortar distancia con su principal competidor en el negocio de la televisión. Adelantándose a la situación, el magnate emprende una ofensiva virulenta contra las autoridades de la ciudad, donde gobierna un político de oposición que aspira la Presidencia del país, responsabilizándolo abiertamente del crimen y azuzando al público en su contra, que de inmediato exige su renuncia y clama enardecido demandando la pena de muerte para los asesinos en un ambiente en donde pesa más el odio y la histeria que el dolor o la prudencia, y donde se evita a toda costa preguntarse las razones que pudieran estar detrás de una ejecución con claros tintes mafiosos. Cuando aparecen los primeros datos policiacos que vinculan al muerto con el consumo de drogas, se descubre una terrible paradoja, pues la televisora para la que trabaja había hecho precisamente de la lucha contra las drogas su principal divisa propagandística y su fuente de legitimidad social.
Habrá que mencionar a los otros protagonistas: el procurador torvo que comparece ante la prensa no en calidad de fiscal sino de acusado, y que la misma noche del crimen decide aprehender a un par de inocentes para contener la presión de los medios; el alcalde de la ciudad, que en menos de 24 horas pasa de la torpeza de desestimar el hecho, a la condena no del crimen precisamente, sino del uso que se le ha dado para atacarlo, y que acepta con todas sus letras la total politización del caso hallando el modo de incorporarlo a la agenda de sus aspiraciones presidenciales. A estas alturas ya tenemos dos mártires prefabricados que contrapuntean en la historia: el conductor asesinado y el político linchado.
Aparecen, finalmente, otros personajes secundarios pero necesarios para dotarle de tensión dramática a la trama: el patiño del asesinado, un personaje bufo que misteriosamente se salva del atentado y sobre quien recaen los reflectores y los micrófonos del morbo, pero que igualmente da positivo en el examen de consumo de cocaína; el intelectual enemigo del alcalde de la ciudad que lo derrotó en las urnas, quien ajusta su temperamento analítico a la necesidad de sus anfitriones; el gobierno de la República, que se hubiera mantenido al margen si no fuera porque al muerto le encuentran una falsa credencial de funcionario que le permitía portar armas y que anuncia una tercera subtrama de la historia que más tarde cobrará fuerza; los guardaespaldas del conductor, antihéroes desarmados y pintorescos que al escuchar los balazos se esconden en donde pueden sin oponer la menor resistencia; y los medios de comunicación que asisten en calidad de testigos a las primeras 24 horas de la historia, y que lentamente se incorporan a escena con "revelaciones" sin confirmar, acudiendo a fuentes inconfesables, y contribuyendo con su granito de arena al desconcierto generalizado.
Hasta aquí los elementos sinópticos de este culebrón involuntario. Del otro lado, aterido por el morbo, el miedo y la rabia, el plañidero público mexicano que asiste al desarrollo de la historia en calidad de extra, y mira la partida como si se tratara de un juego de ping pong, en donde la pelota que cruza a un lado y otro de la mesa es el nombre del asesinado, y donde los jugadores más visibles son la televisora y el candidato opositor a la Presidencia, que se disputan el trofeo de la "verdad" como si en ello les fuera su propia crediblidad.
Si no fuera porque está muerto, Jorge Ibargüengoitia y no Tom Wolfe sería el autor indicado para reescribir este vistoso y sintomático drama nacional que aún nos reserva segunda y tercera partes.