El guionista de mis sueños apareció de nuevo esta noche, y mientras me disponía a escribir, me quedé dormida. Él me contó una triste historia de televisión, como es un poco posesivo me ordenó la transcribiera:
Obsesionada por el porvenir incierto de un destino nublado, acudía insistente a consultar la bola de cristal, hacía del Tarot su psicoanalista y de la taza de café su guía espiritual. Había recorrido el pueblo entero en busca de su futuro, el que, según ella, le había robado un cantante, quien entre las sábanas y tarareándole al oído aspiraba con sus besos y arrancaba con sus caricias el mañana; él lo empacó entre sus calzoncillos y se fue de gira a otra cama. Ella, títere de los astros, corría cada martes a la misa blanca, que la despojaba del mal agüero.
No salía de su casa sin su collar de protección, hecho de polvos de fortuna, madera de conquista, aroma de lujuria y sobre todo mucha hierba de fe. Un día los brujos se alinearon y coincidieron en un mismo diagnóstico: un muerto cargas sobre tu espalda y sus pesadas cadenas arrastras culpas que no te dejan avanzar. Cada uno de ellos recetó un ritual distinto para ahuyentar al espíritu. Con la promesa de que la música entraría de nuevo a su vida, empezó por barrer cada rincón de su casa empujando un coco que absorbía al fantasma, después lo arrojó corriendo contra una palmera y listo, espíritu liberado.
Hincada de rodillas esparció vino de consagrar con los ojos en blanco y con la otra mano se golpeó la espalda a punta de perejilazos. Terminó el ritual con un baño de gordolobo y mejorana para purificar su alma y se ungió el pecho con un aceite milagroso. Liberada del espectro se sentó frente al televisor, hizo de él su mundo y de sus estrellas sus amigos. La traición perpetrada por el mundo real la orilló a construir una burbuja de cristal. Juró nunca más volver a amar.
No contaba con que su propensión romántica la haría volver a caer de nuevo, esta vez enamorada de Jorge Eduardo protagonista de la telenovela nocturna. Nunca antes se había arreglado con aquel afán, se metía entre las sábanas seductora y perfumada, dialogaba con el ante el receptor, jugaba el papel de la actriz principal, incluso lo besaba apasionada y llegó a pensarse embarazada. Su tendencia al romance no estaba sola, se hacía acompañar por la tragedia. Así, un día el televisor se descompuso. Al fin reparado el aparato, se dispuso a esperar el devenir de su mejor futuro, sin embargo, ya era demasiado tarde, una vez más el desenlace se había llevado a cabo sin su presencia.
Desconozco el nombre de la mujer, y no he querido bautizarla, tal vez tú la conozcas, si le pongo un nombre arbitrario la condeno a ser, tal vez , un personaje, cuando en realidad se trata de un espíritu onírico que habita el desconocido pero innegable mundo del sueño.