Día 4
Regina Freyman
Divinas Palabras es una maravillosa obra de Valle Inclán, en ella, como en muchos otros de sus libros, el autor nos muestra la belleza de lo feo, la sórdida exaltación de un mundo terriblemente humano. El famoso esperpento que desfila entre sus páginas nos enfrenta al espejo de aquello que deseamos ocultar, es la exageración misma, la aglutinación desbordada del espanto. De la obra citada, bellas palabras (por sólo destacar algunas) son las que componen el cuadro de aquel idiota amorfo que babea amarrado de una carreta, mientras los destellos solares se reflejan en su espesa baba. El fenómeno es exhibido de pueblo en pueblo para obtener ganancias, entonces entre muchas otras preguntas que se desprenden del texto uno se pregunta quién es el esperpento, el monstruo o aquellos que sacan provecho de su desgracia.
El programa Hasta en las mejores familias me dejó exhausta. No hay nada digno ahí, ni siquiera como espectáculo. Es un circo de fenómenos ridículos, un desfile saturado que cae en el exceso. Se pierde la vergüenza, la dignidad, la congruencia y hasta la piedad. Las historias son barrocas y convulsas, por tanto falsas. Los verdaderos hombres y mujeres cuya patética realidad o amor propio los orilla a fungir como payasos que no se ríen de sus chistes (ni siquiera los entienden), seguramente tienen una vida que contar, pero el aderezo de escándalo los hace una caricatura de sí mismos. Los insultos encubiertos, la mezcla de gritos que en nada se parecen al diálogo, hacen de la pantalla un kaleidoscópico basurero. Triste es la mano del titiritero, que hace que el espectáculo gire en su provecho y más aún el público morboso que aplaude y ríe untándose como bálsamo, ante los propios pecados, la desgraciada farsa de micos de cilindrero.
La belleza tras el esperpento es la que logra conmovernos o violentarnos, incluso revelarnos y maldecir ante la injusticia. En este programa, por el contrario, el exceso escandaloso acaba con el asombro.
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