Día 28
Regina Freyman
Pertenezco a la reconocida generación de la tele (le llamo por su apodo, ya que de lo contrario la frase acabaría en cacofonía -por lo visto esta noche me persigue-). Nací con ella y no me avergüenza confesar el año de mi alumbramiento: 1967. Considero absurdo no aceptar la propia edad, los que tenemos obsesiones coleccionistas nos regocijamos ante cada cumpleaños, trae consigo un cúmulo de vivencias que catalogar, sucesos que incrementan el propio expediente y para los románticos (me declaro como tal), capítulos que engrosan la novela personal.
1967, llegó dos años antes que el hombre a la luna y uno antes de las olimpiadas en nuestro país. Suceso que me permitió presenciar ambos eventos aun cuando no los recuerdo. Aseguran mis padres que la televisión fue mi niñera desde entonces y mi madre sostiene que de haber sido posible, sería incluso mi nodriza.
Mis primeros recuerdos en technicolor son posteriores al Gato Félix (inolvidable) que era de las pocas caricaturas todavía en blanco y negro. En esos extremosos tonos recuerdo a La pandilla, Mr Ed, Mi marciano favorito y la primer telenovela de un larguísima lista (siendo género de orgullo nacional no podría negar la afición): Yesenia. Mi primera trasgresión fue verla, ya que me la tenían prohibida. Me escondía bajo un sillón para presenciar, aunque fuera de reojo, los apasionados besos de la voluptuosa gitana (Fanny Cano). Los ricos también lloran, inmovilizaban a la familia que fingía tener compromisos ante terceros, para evitar así invitaciones que nos hicieran llegar tarde a la cita.
Los domingos se compraban pasteles de El Globo como postre de una tarde deportiva. Mi hermano nos obligaba primero a ver DeporTV, logrando con ello que aceptáramos a José Ramón Fernández como a la única autoridad digna en ese campo, con el tiempo, ya después, su rostro pasó a ser tan de la casa, que me resulta difícil pensarlo un extraño. El deporte no es mi fuerte, sin embargo, en épocas de Protagonistas me siento protegida por un domingo de la infancia.
Mi primera pinta, en quinto de primaria, fue a una mueblería (justo en la acera de enfrente al colegio). En ella había decenas de televisores que reproducían al mismo tiempo la imagen de Madaleno y Luis Alcaraz. Pertenecí diez veces a El club del hogar en un solo día, mientras se multiplicaba por diez el orgullo ante mi audacia.
Las primeras incursiones amorosas se dieron a la luz de una televisión y al amparo de su ruido. Coartada perfecta para despistar al enemigo. Los hijos de la tele desarrollamos la extraña habilidad de atender un programa mientras hacemos algo más. No se trata de inteligencia, es únicamente un don de la práctica. La televisión nos acompaña cuando de noche llegamos fatigados del trabajo, su murmullo nos deposita en brazos del sueño, es ella misma quien por las mañanas nos despierta. Necesitamos incluso su eco a la distancia, es el antídoto contra el silencio que nos aterra.
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