Día 25
Regina Freyman
¿Te ha pasado? De pronto, mientras duermes, sueñas con una historia confusa, no por irreal, sino por ajena. No reconoces en el sueño rastro alguno de ti mismo, ni siquiera un indicio de un recuerdo extraviado o de un evento cotidiano que se quedo adherido a tu memoria. Despiertas sobresaltado por el ruido del televisor que se enciende igual que tú, sin motivo aparente.
El transmisor sintoniza un programa absurdo, un anuncio obsceno de ventas por televisión. Esos programas pagados que acaban con la brevedad graciosa del spot tradicional. Un nuevo producto para adelgazar que te atiborra de melosos testimoniales. Mujeres otrora gordas bendicen la pócima que salvó su figura. Piensas que, tal vez, mientras dormimos fungimos como receptores de vivencias ajenas. Quizá tu sueño sea la transferencia errada de un alguien que pide auxilio. Acaso sólo una línea cruzada.
¿Pero y la televisión? ¿Quién la encendió? Intentas distraer tus pensamientos cambiando el canal. Un hombre te vende la llave del éxito mediante su persuasivo diálogo y su mirada intensa. A su lado descubres una silueta, un halo que reproduce su figura ¡Tu tele tiene un fantasma! Concluyes asustada. Verificas en cada estación y la silueta se repite en cada canal y en cada programa. Acudes en busca de una explicación, aunque tratas de ser razonable, a ese libro viejo nunca antes abierto: Enciclopedia de fantasmas. “Fantasmas: Espíritus que aparecen en forma visible. Los más peligrosos son los que cometieron una traición. Puede tratarse de asesinos, falsos amigos, amantes insensibles, padres crueles o niños abandonados. Traicionaron a quienes confiaban en ellos. Sus pecados les impiden el descanso y buscan perpetua venganza”.
No, esto es absurdo. Seguramente se trata de una rara coincidencia. El sueño debe pertenecerte, pues lo soñaste. Jamás resulta fácil desentrañar sus simbolismos y, lo de la televisión, obedece a que presionaste el control sin querer. Aunque ese aparato no tiene... Decides no pensar y volver a dormir, mas la idea de servir de antena onírica de terceros, te atemoriza tanto como el fantasma de la pantalla. Un libro es la respuesta. Leer hasta que la vista se canse, los párpados se cierren y la luz de la madrugada devuelva a ti la sensatez. El Ulises de Joyce es el libro que dejaste en la mesa de noche, no te entusiasma su lectura, sin embargo, al intentar ponerlo de nueva cuenta en su sitio, el libro resbala y queda abierto en una página desde la cual lees: “¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable -por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres“. Cierras el libro, el televisor se apaga del mismo modo prodigioso como fue encendido y tú te resignas a soñar por descansar: Mi sueño, tu sueño. su sueño, nues...
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