Día 24
Regina Freyman
Soy voyeurista, admití cínicamente esta mañana. Reconocer los propios pecados es una forma de liberación, aunque lo difícil en mi caso es aceptar la condición de mirón cuando la miopía es un obstáculo genético que obstaculiza mis impulsos. Cualquier contacto a distancia (y con distancia me refiero a metro y medio) requiere el uso de una prótesis. Mi primer recurso son mis lentes o anteojos, artefacto primario e indispensable. Ante ellos expongo, antes que nada, palabras escritas que se articulan en vidas ajenas que degluto visualmente, casi con el mismo placer que Hanibbal Lecter devora a sus víctimas. Después de todo de Lecter a lector hay que canjear una vocal.
Poseo también un telescopio con el que miro estrellas y ventanas indiscretas, ahí no encuentro palabras, sólo imágenes distantes. A veces escribo palabras que implanto en esas bocas extrañas, organizando un teatro personal para mi gusto y deleite. Cuento, desde luego, con mi querida televisión telescopio con el que también miro estrellas y escucho palabras, desfilan ante mí nuevas historias y así, cuando la realidad tiene poco que contarme entrecruzo personajes, diálogos, palabras y escenarios, elegidos con cuidado de mis múltiples ventanas. Vacío esas ficciones en esta otra ventana, reservo algunas más que se depositan en el subconsciente con carácter de sueños y otras trazan continentes, países o avenidas que se hacen llamar proyectos.
Desde la isla de mi cama guardo cercanos todos mis recursos, aguzando el ojo para descubrir nuevos deslices, vidas que me bebo para preñar la imaginación.
En una ventana está guardado tal vez el porvenir, un observador oculto que espera el llamado para hacerse presente. Por cada página, ventana o canal que se abre o sintoniza se niega la posibilidad a otros; por cada página, ventana o canal que se cierra o apaga, se abren nuevos. El mirón es insaciable, experimenta la angustia de saber que no le alcanzará la vista para reunir todas las vidas. Existe una isla distinta a la mía, donde se alojan todas las historias fugitivas que no quisieron quedarse y un planeta futuro de las historias por ser, esas que un día arribarán en su nave sorprendiéndonos a todos. Las historias que no fueron viven ocultas en un tercer lugar, una cueva subterránea. Los que han oído su murmullo dicen que sólo pronuncian una palabra: quizás...
Tres elementos son básicos en el mundo del mirón, una cortina, el control que apaga la transmisión, y el punto final. De no tenerlos a la mano su vida peligra, intoxicados, enajenados y ebrios pueden caer en la locura.
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