Día 23
Regina Freyman
Cuentan los expertos que la televisión del futuro será cada vez más interactiva. Sostienen que la actitud pasiva pasará a la historia, todo televidente participará activamente, volviéndonos más creadores que mirones.
Y sí, podría ser el siguiente paso, después de la obsesiva exploración de la intimidad que es la actitud predominante en este momento. Fastidiados por la intimidad que, como dice un buen amigo, termina por dar asco, los curiosos espectadores sentiremos el mesiánico impulso de elegir: personaje, nudos, desenlaces, marcadores deportivos... Y con ello inventar el universo a la medida que la realidad nos niega.
Visto desde esta óptica, podríamos vivir dos vidas o tal vez más. Tantas como el ocio lo permita. Así, por ejemplo, conscientes de los nuevos descubrimientos en torno al genoma que tanto nos igualan con los animales, podríamos recurrir a la elección divina argumentando que Dios nos concedió el don de cambiar argumentos y construir ficciones. Los peligros serían varios (jamás te escapas del peligro) el primero, que se nos impongan como obligatorios noticieros creados por el Gobierno de la República, que aunque sabremos que distorsionan la realidad, podrían ser sumamente confusos. Imagínate declaraciones tales como: Ahora sí ya se abrieron las fronteras, y te vas confiado con las ilusiones en tu caja de cartón. O se ha erradicado la inseguridad, y tú clavado viendo el país de las maravillas mientras, como en el anuncio de celulares, te van robando todo el mobiliario.
Se atentaría contra las religiones, pues seríamos capaces de concebir nuevos cielos y paraísos, incluso infiernos particulares.
Yo por ejemplo, inventaría mi propia serie de circo. En ella la mujer contorsionista sería tan solo un ser humano con ideas más flexibles; las trapecistas, un numeroso grupo de chicas equilibradas; el valor del domador se extendería a jaulas más grandes y la fortaleza del levantador de pesas sería más bien de espíritu. Los malabaristas seres con la capacidad de manejar mil asuntos a la vez sin que se les caigan y los prestidigitadores serán los que ven la magia en cada esquina. A mí los circos me entristecen, no sé porque, presiento que tras el oropel y las lentejuelas se esconden historias de nómadas desamparados y elefantes ilegales. Por ello, en mi circo, que en nada se parecerá al de la Chilindrina, se expondrá la vida en dos espectaculares actos y un gran final.
Sostiene mi tele (así como sostuvo Pereira) que duda un poco de volverse tan flexible como la contorsionista, siente que los anunciantes poderosos estarán ahí, acechando como siempre y el fantasma de la censura la seguirá rondando. Yo la conforto y le canto como solía hacerlo Yuri antes de ponerse a orar: Siempre vendrán tiempos mejores...
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