Día 1
Regina Freyman
Antes de morir, le preguntaron a Robert L. Ripley (famoso por su caricatura Belive it or not, que posteriormente dio pie a un exitoso programa de televisión) qué libros llevaría consigo si fuera exiliado a una isla desierta. Ripley empacaría: La Biblia, La buena tierra de Pearl Buck, Los miserables de Víctor Hugo, La máquina del tiempo de H.G. Wells y Aunque usted no lo crea de él mismo. La misma pregunta he intentado hacerla a diferentes personas y he de confesar que la respuesta más práctica y socorrida es otra pregunta: ¿qué no me puedo llevar mi tele? Lo que me hace pensar que tal vez si Robinson Crusoe se hubiera llevado una televisión, no hubiera conocido a Viernes quien desde luego jamás habría llevado nombre de día y quien, probablemente envidioso ante el sofisticado aparato hubiera perdido su condición de buen salvaje; los Británicos tal vez hubieran cobrado un mayor respeto por los nativos de las colonias.
Puedo decir que pertenezco a la generación de la televisión, es decir, los que nacimos con ella y hemos visto como ha sido paulatinamente desplazada del centro de la sala. Ya no es objeto de tributo ante el cual se guarde completa atención y silencio. Actualmente la T.V. es una compañera parlante con la que nos vestimos, comemos, peleamos e incluso hacemos el amor delante, detrás o encima de ella, interrumpiendo a momentos: “Aguántame tantito mi amor, van a matar a la güera”.
El poeta cubano Severo Sarduy expresó alguna vez que le conmovía pensar que, al llegar a su casa y encender la luz, millones de personas en ese preciso instante la encendían también ¿Cuántas personas encendemos el televisor y sintonizamos el mismo canal a la misma batihora? generando miles de pensamientos distintos, tantos como individuos. Sarduy dijo también que la poesía era un caracol en un rectángulo de agua; la televisión, me permito decir, es un rectángulo de líneas de color, el refugio de miles de personajes y de cuentos. Si no me crees pregúntale a un niño cuya primera acción ante el asombro es mirar por la parte posterior de la caja para espiar a los señores que viven ahí.
Imaginándome en el exilio, náufraga como Crusoe, con la tele como única compañera, escribo notas que viajan en una botella. Con más pericia que Gulligan intentaré comunicarme con el mundo exterior, no sea que en una de esas la tele me atrape y quede ahí como la niña de Poltergeist.
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