Presentar el libro de un amigo querido es un tanto aterrador. Siempre está uno al borde de la pérdida del pudor si gusta uno del libro, o del elogio tímido y ambiguo: "es tu mejor obra", si sucede lo contrario. La lectura de El ojo y la navaja, de Leonardo García Tsao, una recopilación de artículos periodísticos fue, por fortuna, un placer total para mí. Una experiencia de constantes complicidades, sonrisas y, en muchos momentos, de iluminación y descubrimientos.
Leer a Leonardo es acercarse al cine a través de un ojo no sólo tremendamente amoroso y, hasta diría yo, apasionado, sino inusualmente informado y rico en su percepción. Es un placer descubrir, a través de un gran número de reseñas críticas divididas en cuatro capítulos, un estilo. Un estilo literario al servicio no simplemente de la "opinionitis aguda", que es mal de críticos solemnes y pretenciosos, ni de lugares comunes, que es mal de críticos ignorantes y flojos. Sino un estilo literario al servicio de la expresión cabal del placer de la experiencia cinematográfica en toda su complejidad.
Leonardo no sólo sabe de géneros y técnica cinematográfica, a los que hace constante referencia. Sabe de literatura, de música, de pintura, de historia. Ha leído, ha escuchado, ha visto mucho. Le inquietan la estética y la ética.
Sus referencias constantes a la historia del cine muestran, no a un historiador capaz y cumplido, sino a un loco furioso que está en lo que está simplemente por placer y por pasión. Por la pasión de explorar todos los recovecos del ser amado: el cine. Leonardo no escribe para convencernos de que tiene la razón; ni para darle gusto u orientación al cada vez más deformado público; ni para halagar a sus cuates (me consta); ni siquiera escribe para guiar la opinión de quienes quieren saber de cine. Escribe, según aprecio al leer su obra como eso, como una obra, por el simple y egoísta placer de expresar lo que percibe, piensa y siente al ver cine. Escribe para darle orden a su impresionante y amplísima experiencia cinematográfica con un lenguaje preciso, rico y lleno de antisolemnidad y humor; un sentido del humor cáustico, temible y lleno de referencias, es decir, nunca gratuito. Un humor que encabeza cada artículo con juegos de palabras inteligentes y divertidos que me tomaría tres cuartillas mencionar. Para Leonardo, hacer crítica de cine no es una "chamba". Es, como para María Callas el canto (y perdón por la referencia personal), "un trabajo de toda una vida". Se adivina que Leonardo es de esos seres privilegiados que vivimos de lo que amamos hacer.
El orden en que aparecen los cuatro capítulos del libro no es, desde luego, arbitrario
El primero de ellos, "Manías y confesiones", es el más divertido. En él disfruté cabalmente del sentido del humor de Leonardo que, al volcarse sobre sí mismo, le quita a la profesión de crítico de cine ese tinte de solemnidad y autoimportancia que permea la personalidad de los críticos que se erigen en dioses de la opinión para encubrir su banalidad o su impotencia creativa. A través de 15 divertidísimos artículos transitamos por los diversos golpes de realidad del "cinemaniaco" cuyo perfil es maravilloso. Recuerdo al vuelo la desmitificación de festivales como el de Cannes; el hilarante capítulo sobre los amenazantes "colombófagos" (comedores de palomitas); un importante y relevante artículo sobre el doblaje: los hallazgos del cinéfilo en los menospreciados cines de provincia; la triste muerte del cineclub y el nacimiento del video; la brecha aterradora entre el crítico y el público y muchos temas más que sería largo mencionar. Finalmente, uno agradece como cinéfilo culpígeno el comentario de un cinemaniaco cuando éste admite padecer también los ataques de Morfeo hasta con ciertas obras maestras y concluye que "lo noble del cine es su carácter de experiencia repetible".
El segundo capítulo, "El último cine mexicano", me desconcertó por su título. No sé si su ambigüedad sea voluntaria, simplemente responde a un temor inconsciente o es profecía. Desde luego al final de los casi 20 artículos no se escuchaba la marcha fúnebre de nuestro cine. En ellos se adivina una mirada muy atenta a la cinematografía mexicana contemporánea. En este retrato Leonardo habla del cine de dos o tal vez tres generaciones de cineastas que van desde Ripstein, Fons, Hermosillo, Arau, Isaac y Gámez hasta Carrera, Del Toro, Novaro, De la Riva, Rimoch, Cuarón, Athié; pasando por una generación intermedia a la que pertenecen Retes, Pelayo y tal vez García Agraz. En estas reseñas se siente el aprecio por la notable solvencia técnica de los jóvenes cineastas y el riesgo temático con que todos ellos trabajan. De la misma manera se aprecia su admiración por nuestros jóvenes fotógrafos, que ya se ven reconocidos y contratados en todo el mundo por su solvencia técnica y su alto nivel creativo.
Algo que se agradece es el reconocimiento de la calidad actoral en este país. Leonardo toma nota de actores de solvencia probada, pero también de una generación de jóvenes actores de primera. Su mirada al cine mexicano es de reconocimiento de sus promesas pero de ninguna manera de apapacho o conmiseración. Es exigente y generosa a la vez.
Los dos últimos capítulos del libro serían su plato fuerte y su postre
En los 37 artículos del capítulo "Algunos géneros, algunos autores", Leonardo hace precisamente una selección muy personal del cine que lo toca genéricamente y de los autores, en el sentido francés de auteur, que lo mueven como cinemaniaco. Se adivina su amor por el cine de horror, el film noir, la ciencia ficción (?), el thriller, el road movie, el western y tal vez en otro plano la comedia y el melodrama.
Lo que más se percibe en su admiración por el cine gringo es la capacidad de ser cine a lo grande y al mismo tiempo su capacidad de ser subterráneo. O sea, ese cine de los grandes autores que se escapa como puede de la presión de cumplir con la taquilla y se permite arriesgarse en aras de un lenguaje personal. De ahí su clara admiración de Scorsese, admiración que comparto ampliamente. Me emocionó la reseña que hace de La edad de la inocencia, filme que no pocos admiradores de Scorsese abominaron, pero que, coincido con Leonardo, es "un melodrama de inconcebible belleza que en cada nueva visión consigue conmoverme". A mí también.
Es en esta parte del libro donde comparto más con Leonardo. Me siento su cómplice. Me estimula a la revisión de tantas películas vistas sólo una vez. Es aquí donde el plato fuerte es todo un banquete.
Finalmente, el último capítulo del libro: "Fuera de Hollywood (o casi)" es, como dije antes, el bocatto di cardinale. En 22 artículos, Leonardo nos da una muestra de ese cine del mundo que es profundamente independiente, sobre todo en su temática. Son todos esos filmes que no hacen concesiones al público ni están mediatizados por un afán comercial y que por lo mismo son de difícil acceso. Son las películas que de alguna manera van a la vanguardia, que verdaderamente nos sorprenden y nos sacuden. Este es el capítulo del libro que me enfrentó a mi ignorancia, que me hizo ver que no soy ninguna cinemaniaca, sino apenas una pobre aspirante a la cinefilia. Pero es la parte que me estimuló a la búsqueda de ese cine hermético de difícil acceso en todos los sentidos. La maestría en cinefilia y, en el caso de Leonardo, el doctorado Summa Cum Laude de la cinemanía.
Se lo merece.
Diana Bracho es actriz.
Texto leído en la presentación del libro El ojo y la navaja, de García Tsao.