Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Una visión borrosa de la inteligencia

Daniel Iván

28 de septiembre 2016

10:34

Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad de Internet (XVI)

Si la definición de la inteligencia como un hecho en la vida de las personas es evanescente y complicada, extrañamente, la definición de la “inteligencia colectiva” parece ser una convención general y aplaudida, en diversos grados, por la vasta mayoría.

Los seres humanos confiamos casi de manera cerrada en las posibilidades y los resultados del concilio, de la asamblea, de la cátedra y otras formas colectivas del pensamiento; de hecho, la idea fundacional de las universidades fue la de crear y procurar espacios donde pudiera conservarse y confrontarse colectivamente todo el universo del conocimiento humano –y de ahí su insigne denominación, universitas–. Probablemente sea una consecuencia directa de la idealización de la democracia como posibilidad, quizá una sublimación de nuestra necesidad de encuentro; el hecho incontrovertible es que, aunque la realidad no se canse de demostrarnos lo contrario, a los seres humanos nos gusta creer que dos cabezas piensan mejor que una –ni qué decir de tres o más– y seguimos aspirando a que de la articulación colectiva de las ideas surja, de alguna manera milagrosa, el tan esperado bien común.

Lo cierto es que la inteligencia parece ser, de manera verificable, un sistema de interconexiones. Sea a nivel neuronal (en lo poco que sabemos sobre los procesos del cerebro), sea a nivel cognitivo (en lo todavía menos que sabemos sobre los entramados de nuestra mente abstracta), hay una tendencia reconocible de la inteligencia a forjarse mejor en procesos de confrontación y encuentro, y bastante menos en procesos de aislamiento o desolación. Lo cierto también es que en esa forja, en esa construcción, la individualidad juega un papel fundamental aun en su forma más básica, como definición ontológica del ser, y por supuesto en sus formas más complejas, como antecedente y consecuencia. Es por eso que la idea de la inteligencia artificial se quedaría corta si se centrara únicamente en la posibilidad de un mero procesamiento de datos cada vez más vasto y eficiente –cosa que cada día es más una moneda corriente en el mundo de la tecnología– y no en un principio de individuación que dotara a esa tecnología de identidad y de asertividad en los resultados arrojados por ese procesamiento, así como de un contexto que la delimite y alimente.

Volvemos así a la noción gótica de la “conciencia de sí mismo” y al problema filosófico del “ser en el mundo”. Ambas nociones no son únicamente abstracciones literarias o pensamientos peregrinos, sino una característica sine qua non de una posible definición y de una posible implementación en la práctica de algo que pudiera llegar a entenderse como “una tecnología inteligente” o una “inteligencia artificial” (esto, aún a pesar del uso más laxo que se ha dado últimamente a la idea, por ejemplo en los conceptos “ciudad inteligente” o “cuadrícula inteligente” que explorábamos en apartados anteriores y que, en todo caso, podrían muy bien sustituir la palabra “inteligentes” por “interconectadas” sin sufrir ningún detrimento semántico).

Estos principios de individuación no ponen únicamente el acento en una noción del “yo” frente al “otro” (principio básico de la psique) sino muy principalmente en la idea a posteriori, consecuente, del aprendizaje, de la independencia y del pensamiento asertivo, crítico y creativo.

No se trata entonces de la posibilidad de tecnologías que lloren de impotencia ante la crueldad o la injusticia, que se desesperen cuando se percaten de que no les alcanza el salario para llegar a fin de mes, que se desvivan planeando su futuro, que se imaginen seres superiores cuando miren hacia el cielo estrellado o que piensen en nosotros como sus padres o creadores, que se pongan histéricas cuando no le encuentren sentido a las cosas de la vida o que suspiren ante inenarrables problemas existenciales, que odien y se enamoren, que se depriman o se entusiasmen; aunque todas estas nos parezcan consecuencias lógicas de la propia individualidad y, quizás, les ocurran en la práctica (aunque también podríamos considerar que toda esa emotividad podría ser en nosotros –epítomes de la inteligencia– como somos pura química y biología, pura amalgama de sustancias y excrecencias).

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