Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Un poeta digital

Daniel Iván

20 de octubre 2016

10:53

Guerras semánticas, construcción de logos y territorialidad de Internet (XVII)

La inteligencia suele tener dos tendencias claramente contradictorias e irremediables: una sostenida tendencia a la sofisticación y, casi como consecuencia, una sostenida tendencia al fracaso. Ambas interactúan con el deseo, con el anhelo, incluso con la pretensión donde la haya, y le sabotean a la inteligencia cualquier esfuerzo, cualquier dedicación, esa necesidad profunda pero a la vez banal de ser cada vez más interesante, más atractiva, más elocuente, más seductora. Casi como las porristas y como los cronistas deportivos, que fracasan en lo mismo todos los días.

Tal vez seamos víctimas del paradigma de la evolución entendida como “mejoría” –una interpretación demasiado pobre de las ideas más bien secuenciales y selectivas de la teoría evolucionista– ; tal vez seamos víctimas de una simplona confianza en nosotros mismos y en los resultados de nuestra historia. Lo cierto es que la inteligencia humana se traiciona a sí misma casi cotidianamente, se ve cuestionada por los mismos paradigmas que dice defender y suele incluso cegarse ante todas las evidencias que le avisan, la mayor parte del tiempo con anticipación, de la inminencia de su fracaso.

Quizá sea por eso que solemos asociar a las formas más afiladas de la inteligencia con la duda, con la desconfianza, con el cuestionamiento a priori y con otras ideas paradigmáticas; y quizás sea por eso también que, por el contrario, la confianza ciega, la respuesta automática o atávica, el discurso aprendido, la respuesta visceral y el reduccionismo nos parezcan inmediatamente asociados con una anomalía, con una renuncia a la inteligencia, ya sea voluntaria o como resultado de una “falla sistémica”. Solemos también, como apuntábamos en un apartado anterior, asociar a la inteligencia con un cierto grado de complejidad, dada nuestra atávica comprensión de lo “simple” como inmediato, como fácil, como poco interesante.

Vale la pena recordar que una buena parte de los valores que utilizamos para caracterizar a la inteligencia (tanto como ocurre con otras escalas axiológicas, como la bondad o la belleza) se han mantenido con nosotros desde la antigüedad clásica y, particularmente, desde la antigüedad clásica centro-europea. Sin caer en la sobre-simplificación que hoy llama “colonizado y descolonizable” a casi todo lo que no parece suficientemente “auténtico” y políticamente correcto, lo cierto es que una buena parte de las escalas axiológicas y axiologías que las acompañan tienen un marcado carácter occidental, un marcado carácter masculino, un marcado carácter ideológico, un marcado carácter agresivo y, actualmente también, un marcado carácter capitalista.1 No le ponga el amable lector ningún juicio de valor ni se prejuicie porque esto comienza a oler a diatriba anarquista: volteemos a nuestro alrededor y reconozcamos en el mundo que nos rodea esas características, esos valores sobre los que yace paciente y plácidamente nuestra cultura y reconozcamos que es ese el estadio de la historia humana en el que nos hayamos. La atracción o la repulsa que eso nos provoque, la aprobación o desaprobación que nuestra mente nos dicte frente a ese hecho, ya es cosa nuestra.

Y raramente sirve para algo.

Ahora bien, si somos aún más exhaustivos podríamos afirmar que, en realidad, también ha habido en la historia del pensamiento humano una tendencia rastreable “Tal vez seamos víctimas de una simplona confianza en nosotros mismos” a considerar la simplicidad (en oposición a la simpleza) como una de las expresiones más altas de la inteligencia. Esta capacidad de concreción no pertenece únicamente a lo que peyorativamente caracterizamos como “sabiduría popular” (y sus formas más socorridas, como el refrán y otras formas del juicio axiomático) sino que se expresa de una manera sutil y como su forma más acabada en la filosofía aforística y en una de las más altas formas de la literatura: la poesía.

Nos sorprende cuando una idea es tan pulida, sintética, arriesgada, paciente y certera que pareciera un diamante trabajado; nos sorprende, todavía, cuando la dialéctica parece realmente concretarse en un discurso y se expresa sin ambivalencias y con maestría, con sutileza y deleite. Y entonces nos deshacemos en aplausos para Clare Boothe Luce quien, con su máxima “la simplicidad es la más alta sofisticación”, lo ha dicho de forma inmejorable; hasta que nos enteramos de que ya Internet se ha encargado de atribuir falsamente la frase a Leonardo Da Vinci y/o a Steve Jobs, lo cual vuelve a complicarlo todo. Lo mismo pasa con la filosofía y sus grandes concreciones, lo mismo pasa con los más acabados poemas, con la más delicada de las ideas humanas: la amenaza de la complejidad, de la sofisticación innecesaria, de la palabrería, de la refutación artera, del retorcimiento innecesario, de la pérdida de sentido, están siempre allí y ocurren más temprano que tarde.

Pero detengámonos en alguna de las esferas de la experiencia humana donde estos problemas se concretan de mejor manera, donde aún tienen un valor mensurable y práctico: por ejemplo, la comunicación. En la esfera comunicacional, el valor del lenguaje como herramienta simbólica y pragmática sigue siendo poco menos que incuestionable; su articulación plausible, la maestría en su manejo, la familiaridad con la que nos involucramos con ello, todavía tienen sentido. Es por eso que, de alguna manera, también en la investigación en torno a la inteligencia artificial la esfera comunicacional –y sobre todo la comunicación basada en estructuras sintácticas– es, en gran medida, una especie de campo de pruebas y de terreno de entrenamiento, sobre todo en lo que se refiere a estructuras de IA sin presencia física; es decir, bots (por supuesto, en el caso de los robots, su fisicalidad los dota de otros niveles de comunicación, como la gestualidad o el sonido de su voz).

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