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Un euro por una sonrisa

Marco Levario Turcott

11 de enero 2017

07:54

El frío es intenso y húmedo, y podría decirse que no tiene compañía. No hay estrellas en este cielo, ni corrientes de aire, ni insectos; nubes tampoco, ni aves, ni andantes. La noche es oscura. La luna en el cuarto menguante roza al mediterráneo que reverbera su imagen muy tenue (si somos más precisos debemos decir que Venus se halla como una libélula suspendida entre las palmas del puerto). El oleaje es tranquilo al filo de las ocho y media de la noche de este invierno, y nada más.

A unos doce kilómetros hacia el centro, por allá en la plaza de la Virgen de Valencia a quien los pobladores llaman cariñosamente La Geperudeta —es decir, La jorobadita— anda un hombre en bicicleta con las rodillas muy abiertas como las alas de un ave cualquiera, zigzaguea con macilento entre algarrobos, naranjos y eucaliptos. Es un señor mediano y delgado, digamos de unos sesenta y tres años de piel curtida, su pelo es escaso, largo, lacio y canoso; tiene la nariz griega y las uñas largas, aún conserva rasgos que permiten creer que fue guapo aunque ahora no sé cuántos dientes ha perdido —al menos le faltan tres— y también ignoro a qué se debe su pequeña cicatriz de abajo del ojo derecho que parece un pellizco. El hombre voltea de vez en cuando para asegurarse de que su amigo, echado en una rejilla de atrás de la bicicleta, siga descansando: es un perro criollo jóven, robusto, orejón, con los ojos como higos esmirriados y un ridículo gorrito rojo de duende.

Instantes después sé que él es Pedro y al perro lo llama Cecilio. Ahora mismo se detienen en la fuente de Neptuno situada a lado de la catedral, Cecilio se despereza y de un pequeño salto va a donde las palomas picotean en el piso para simular que las persigue mientras, Pedro desentume las piernas, estira las brazos y embadurna sus manos del vaho de su boca, ahora las frota y sonríe. Tiene una labor curiosa: vende chistes, así como ustedes lo leen, a un euro cada uno y de oferta tres por dos euros, y lo más importante: da una garantía: si usted no ríe, señor, no hay cobranza ninguna y tan desconocidos como siempre, hombre. Cecilio lo mira con la parsimonia de quien sabe todos los chistes y artilugios. Esta noche Pedro llevó lustrados los mejores chistes pero La Geperudeta o el destino se han ensañado porque en seis horas de trabajo no le han presentado un solo cliente. Y el estómago no sabe de trastadas divinas o místicas, menos aún cuando el único cliente que ahora se le presenta, un mexicano cincuentón dejó de sonreír incluso al escuchar el primer chiste, no funcionó el de los gallegos que siembran terror encima de un tractor en el llano ni el Venancio que da la vuelta sobre su propio eje para enroscar un foco, tampoco el del aragonense que olvidó la rima que hace que el otro, como sea, se la mame. No funcionó ninguno e incluso Pedro paró de contar chistes, entre humillado y cauteloso de que el mexicano no sólo no riera sino que soltara el llanto (Cecilio había abandonado a las palomas para acompañar a su amo en el trance).

Como no hubo poder humano que hiciera soltar la risa al caminante americano, y como Pedro no aceptaría ni un céntimo aunque ya tuviera seca la boca, le propuso narrar un cuento por un euro. Y lo hizo, trata de un anciano que pasa las tardes en una librería de libros arrumbados, aquí muy cerca de las Torres Quart, en La plaza Úrsula, y el anciano dedica las horas a desaconsejar libros tan viejos como él, imagine usted, así despreció, frente al comprador potencial, toda la obra pero toda, de Antonio Gala o peor aún, la de Borges, al final del cuento no es difícil intuir que esa era la estratagema del viejo para no deshacerse de sus libros porque en realidad quería morir entre ellos. Como sea, Pedro recibió el pago, que fue triple cuando antepuso la dignidad según como la entiende él, para rechazar que el mexicano "le hiciera", como aquí dicen en España, una fotografía. Ni un euro más aceptó porque sus chistes no habían hecho reír y del cuento ni siquiera sabría sus efectos. Nunca supo que el mexicano echó a andar por la misma librería para ir a discutir con el viejo aquel que sí existe y, sentado, arrogante, mira con sombrero de medio lado, ojos entrecerrados y labios retadores, y dice cada cosa de Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, que vale mejor interrumpir de tajo este párrafo.

De aquella librería durante la noche salieron dos libros, a pesar de su mercante empecinado en no venderlos. Cecilio bebió de la fuente de Neptuno y comió del trozo de pan que le extendió Pedro. Esa fue una jornada de recursos exiguos y con esa convicción volvieron a andar en bicicleta hasta perderse en el horizonte de un mar que rozaba la luna y un silencio que sólo se perdió con el rechinido de las llantas al frenar en el puerto de arribo.

(El frío es fuerte y húmedo, y sólo entre las palmas reluce Venus como si fuera una libélula suspendida en el aire).

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