Escritor. Autor de Quisiera ser John Fante.

@puratolvanera

Para sufrir mejor la resaca

Daniel Herrera

20 de enero 2017

13:40

Es enero y por fin esas terribles, terribles, terribles fechas van quedando atrás. No me quiero hacer el duro ni nada por el estilo. Vamos, que también disfruté la cena de navidad y las vacaciones. Y sí, no importa mi ateísmo porque el pavo es el pavo y el pozole el pozole.

Pero no puedo con la alegría impostada, la cursilería ramplona, la necedad por hacer cada fin de año mejor que el anterior. Lo sé, lo sé, que todo esto se hizo para los niños y que uno crece y ahora es nuestro turno de mantener el espíritu en alto durante, por lo menos, un mes.

Y todo esto puedo soportarlo, incluso aceptarlo y, tal vez impulsarlo, pero no por más de dos o tres días. Lo que de verdad me causa casi una resaca tan dura como emborracharse con vino tinto barato es la música navideña.

El castigo es corto, tal vez por eso casi nunca la incluyo entre aquello que de verdad me revienta, pero durante un mes es lo único que se escucha en casi todos los lugares públicos. Hace un año conocí a Roberto, él trabajaba en un supermercado. Se dedicaba a preparar alimentos en el pequeño deli dentro del lugar y era bastante bueno para alguien que no había estudiado nada relacionado con la gastronomía.

Prefería que me atendiera él porque el café le quedaba tan cargado como me gusta y derretía el queso de los croissant tanto como le pedía. La última vez que lo vi en su trabajo fue a principios de enero de hace un año. Algo así como el día 4. La música navideña seguía sonando en el lugar. Su rostro estaba demacrado y se notaba en sus movimientos cierta amargura.

-Qué horrible música, ¿no? ¿Por qué no la han quitado si ya pasó el año nuevo? -pregunté por hacer algo de plática.

-Noombre, no la quitan hasta después del día 6.

-No chingues, Roberto. ¿Así? ¿De plano?

-Sí, llevo desde finales de noviembre escuchando lo mismo todos los días.

-¿Las ocho horas?

-Las ocho horas.

-Qué joda, Roberto.

-Cuando voy de regreso a mi casa, las ando cantando en el camión. Y luego, son las mismas todos los días y como no hay mucha variedad las escucho varias veces.

Ya no quise continuar abonando sobre su miseria porque llevaba en la mano un cuchillo cebollero y yo o tenía la culpa de que los gerentes del lugar pensaran que esa música es la mejor para realizar las compras diarias.

Unos días después volví por un café y Roberto ya no estaba. No digo que haya renunciado por culpa de la música navideña, pero no me parece desquiciado pensar que fue un elemento más que lo tuviera asqueado de su trabajo.

No me quejo sólo de los cientos de versiones de Jingle Bell Rock, sino de su sonsonete repetitivo y cursi, las campanas y los fuegos artificiales, los coros multitudinarios y el sutil cambio de tono que casi todos utilizan hacia el final de la canción. ¿Por qué la mayoría de esas canciones suben un tono cuando se repite el coro casi al terminar? ¿Producirá un efecto de alegría? No lo sé, en mí produce alivio porque significa que ya pronto va a terminar el dolor.

El asunto con la música navideña es el siguiente: incluso los grupos que suelen escribir buenas canciones no pueden evitar la mediocridad cuando entran en este ámbito. Muy pocos se salvan.

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