Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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@mcrosasg

Los drones y la seguridad espacial

María Cristina Rosas

20 de diciembre 2016

14:18

Este artículo fue publicado originalmente el 22 de febrero de 2016, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.

La fascinación de las sociedades con el espacio ocurre desde épocas remotas.

En la cueva de Lascaux, en Francia, donde se encuentran las célebres pinturas rupestres que datan de losaños 20 mil al 15 mil antes de Cristo –paleolítico–, se puede observar la figura de una especie de chamán con alas. Se especula que la representación simboliza el deseo del ser humano por surcar los cielos en libertad.

En la mitología griega se cuenta que Dédalo (padre) e Ícaro (su hijo), a fin de huir del rey Minos de Creta, quien controlaba la tierra y el mar, se colocaron alas de plumas adheridas con cera para imitar el vuelo de las aves; si bien Ícaro murió en su afán por llegar al Sol –cayó al mar cuando se derritió la cera de sus alas–, en tanto Dédalo logró arribar a Sicilia donde fue acogido por el rey Cócalo. Esta leyenda tuvo un fuerte impacto en un monje benedictino Oliverio de Malmesbury quien, en el siglo XI, usando unas alas hechas por él se lanzó de una torre: cayó estrepitosamente y se rompió las piernas.

Leonardo Da Vinci, en el siglo XVI, concibió la hélice, el paracaídas y hasta diseñó un helicóptero. El siglo XVIII presenció esfuerzos cada vez más satisfactorios para remontar el vuelo, como aconteció con los acaudalados hermanos franceses Etienne y Joseph Montgolfier, quienes en 1783 financiaron un globo no tripulado impulsado con aire caliente. Poco después, en 1804, el británico George Cayley, estudioso de la locomoción aérea y considerado como el “Padre de la aeronáutica” logró efectuar un primer vuelo no tripulado en una máquina que él mismo construyó y éstos parecen ser los antecedentes de los vehículos aéreos no tripulados (Unmanned Aircraft Systems o Remotely Piloted Aircraft Systems), popularmente conocidos como drones, donde la transportación de personas no parecía tan relevante como sí lo sería, en cambio, la manipulación a la distancia de estos artefactos.

Hoy los vehículos aéreos no tripulados son muy populares y cada vez más se hallan al alcance de la población. Sin ir más lejos, las tiendas departamentales y de productos tecnológicos ofrecen, entre otras cosas, diversas versiones de drones, como “juguetes”. Los drones han ido tomando cada vez más auge en diferentes ámbitos. Inicialmente se les concibió como opción a los vuelos tripulados en misiones de combate.

Por supuesto que ello no está exento de polémica, pero se vislumbraron numerosas ventajas en la utilización de un vehículo aéreo no tripulado frente a un avión manipulado por pilotos, por ejemplo, la maximización del combustible, la capacidad de mantenerlo en funcionamiento por largo tiempo, la posibilidad de dirigirlo a zonas peligrosas o de difícil acceso, etcétera. Los pilotos se cansan, tienen necesidades fisiológicas y, en algunos casos, hasta dilemas de “conciencia” en las misiones que les asignan. En contraste, un dron es un aparato que no cuestiona órdenes, que no tiene sueño y que, tras cumplir con las tareas asignadas, puede ser emplazado en nuevas misiones.

El auge que han experimentado estos vehículos aéreos en el sector militar se explica no sólo porque los conflictos armados han cambiado radicalmente en los últimos años, sino también porque la crisis económica ha tenido repercusiones importantes en los presupuestos de defensa de las naciones. A propósito del primer caso, la estrategia del conflicto asimétrico es la que parece prevalecer en las confrontaciones bélicas actuales. En una estrategia de conflicto asimétrico convergen generalmente dos actores, uno muy poderoso, y otro que sabe que no podría vencerlo en condiciones tradicionales –esto es, en combates frontales–, por lo que procede a “desgastarlo”, sea a través de acciones terroristas, guerra de guerrillas, guerra de redes, etcétera. Los aviones de combate –tripulados– son costosos, y en una estrategia de conflicto asimétrico es relativamente sencillo que una guerrilla o grupo insurgente lo destruya con un misil tierra-aire portátil (MANPAD) u otro artefacto.

En la guerra civil que se desarrolló en Somalia a principios de la década de los noventa del siglo pasado, el retiro de las tropas estadounidenses del país africano se produjo como resultado del impacto mediático que tuvo el colapso de dos helicópteros Black Hawk a manos de insurgentes somalíes, quienes los derribaron con MANPADS y luego procedieron a arrastrar a uno de los soldados estadounidenses heridos, por las calles de Mogadiscio en una cobertura hecha por la cadena CNN que horrorizó a la opinión publica.

Este no es el único caso en el que costosas aeronaves han sido atacadas con sistemas de armamento poco sofisticado y cuyo precio, comparativamente, es muy menor. Esta situación parece favorecer la opción de emplear vehículos aéreos no tripulados, los cuales son más baratos que un avión de combate y su eventual pérdida no resulta tan costosa como tampoco implica víctimas humanas.

Pero los drones no sólo se utilizan en los conflictos armados. Sus aplicaciones civiles incluyen la lucha contra incendios, actividades científicas o experimentales, vigilancia de líneas de alta tensión, en la agricultura, para supervisar la fumigación de ciertas áreas, para vigilar el orden y la paz públicos, identificar indocumentados, combatir el tráfico de estupefacientes, etcétera. La Agencia Nacional Aeroespacial de Estados Unidos (NASA), por ejemplo, utiliza drones para incursionar en el ojo de los huracanes y ampliar la información sobre las condiciones meteorológicas imperantes.1

El sector militar es el más demandante pero en aras de ampliar el mercado para su consumo, las autoridades de diversos países han flexibilizado el acceso de estos aparatos a otras esferas.

Riesgos para el aeroespacio

El concepto de aeroespacio se refiere al espacio aéreo sobre el territorio nacional, en torno al que el país que corresponda, ejerce su soberanía. La soberanía nacional en el aeroespacio es el principio rector de los acuerdos en materia de aviación civil. El 13 de octubre de 1919 fue suscrita la Convención referente a la regulación de la navegación aérea en París, que se abocaba a aspectos como la nacionalidad del avión, los certificados de navegación y capacidades, la admisión de la navegación de la aeronave en territorio extranjero, las reglas a cumplir en el despegue y el aterrizaje, etcétera. Más tarde, en 1944, cuando fue suscrita la Convención de Chicago sobre Aviación Civil Internacional –que posibilitó el nacimiento de la Organización de Aviación Civil Internacional u OACI– se ratificaron las disposiciones de la convención de París, prácticamente usando el mismo lenguaje.

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