Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

La etiqueta y el ser digital

Daniel Iván

01 de julio 2016

09:56

Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del Internet XIV

La Sensibilidad Maquinal, idea que en sí misma puede sonar contradictoria en un primer estadio, es en realidad una de las fuentes de inspiración para el desarrollo tecnológico más contundentes y constantes por lo menos desde el inicio de la segunda mitad del siglo XX; sobre todo del desarrollo tecnológico no fundamentado en la explotación de energía ligada a los hidrocarburos –aunque incluso allí ha tenido una influencia definitiva, como veremos más adelante.

Llevamos un tiempo considerable conviviendo con sensores en las más pedestres de sus formas. Desde los que prenden la luz al detectar movimiento, los que nos abren la puertas en aeropuertos y mercadillos, los que avisan al tendero que alguien ha entrado a su local con un sonido molesto y violento o los que disparan las alarmas de los autos al detectar la cercanía de los humanos u otros seres indeseables, los sensores forman una parte bastante cotidiana y hasta anodina de nuestra vida. Hoy por hoy estamos acostumbrados a cierto nivel de “reacción” de las cosas y a que ciertos objetos tecnológicos nos hagan una “devolución” –en información y acciones o, como se llama en realidad, en interacción. Por supuesto, también estamos acostumbrados a presenciar el fallo en esa interacción: la alarma que se dispara sin motivo aparente, la puerta automática que nos ignora o la luz que se prende sola alimentando la cuestionable creencia en espíritus chocarreros o en alienígenas invisibles –o en una combinación de ambos, que también hay quien cree en ello.

Sin embargo, y a pesar de su tendencia inefable al error, la sofisticación del sensor como componente de dispositivos viene de la mano de un rango de funciones “añadidas” a su inherente capacidad de “detectar” un cambio en el ambiente o en las condiciones específicas de su contenedor. Una de las funciones añadidas que más ha sofisticado la relación de los sensores con la esfera de la información es la de emitir y recibir datos de manera remota para compartirlos con otros sensores y con bases de datos a través de la internet. Estos sensores, conocidos como RFID, utilizan este protocolo (el Radio-Frequency Identification, o Identificación de Radio Frecuencia) no sólo para discriminar y categorizar señales enviadas y recibidas sino para decodificar y procesar la información contenida en esas señales. Y la segunda función añadida, determinante para la supremacía del sensor en un contexto interconectado, es su capacidad para organizar dicha información agregándole etiquetas ontológicas claras, específicas, inequívocas por lo menos en su primera capa semántica.

Probablemente el amable lector recuerde la importancia que revestía la idea del “tag” o “etiqueta” cuando hablábamos del desarrollo de la Web semántica. Esta unidad semántica mínima es hoy por hoy el corazón y el motor de cualquier buscador de Internet que se precie de serlo pero es, además, un sofisticado sistema de categorización de interacciones humanas en la esfera digital, que nos permite unificar –aunque aún de manera muy pedestre– criterios de exclusión e inclusión en el inabarcable mapa de significados y relaciones que es Internet –y ya que estamos, que es la comunicación humana. Por supuesto, este sistema de categorización de interacciones va mucho más allá de la idea del “trend topic” (que viene siendo tan bobalicona como lo ha sido siempre la idea del rating en el mundo de la comunicación) y, en realidad, representa un campo ignoto todavía para el desarrollo de aplicaciones de estricto contenido semántico en la digitalia –aunque vale decir que en la actualidad la mayor parte de los servicios ligados a campos semánticos (principalmente los buscadores internos de las redes sociales, las bases de datos académicas, los buscadores imperantes –es decir, los que dominan en mercado, ya sabe usted cuáles son–, los servicios de interacción con imágenes, etcétera) lo están aprovechando a más y mejor. Cabe también decir que, si nos atuviéremos a la idea de que la información en Internet puede de hecho separarse en capas contenedoras de “materia informativa”, la capa del “tag” está muy por encima en la jerarquía y existe actualmente casi por sí sola, aislada y autosuficiente, como una de las más puras formas de la inteligencia colectiva, aún cuando muchos usuarios se dan todavía el lujo de ignorarla.

Ahora bien, como decíamos en un apartado anterior, la intervención de las máquinas en la esfera del tag nos lleva a una relación la mar de compleja e inédita en la historia de la humanidad. De hecho, actualmente los sensores RFID son también llamados “etiquetas RFID” (o RFID Tags) dada su capacidad de estar vinculados estrictamente a su contenedor, ya sea un objeto, un animal o un ser humano; es decir, dada su capacidad de representar unívocamente a su contenedor y, como decíamos anteriormente, dotarlo de una identidad intrínseca e inequívoca en la digitalia. Este “ser digital” evoluciona con su contenedor al emitir información y al ser capaz de organizarla ontológicamente, estableciendo a posteriori la posibilidad de una organización más detallada, capaz de prospección, de retrospección y, eventualmente, de introspección. Es decir, capaz de narrativa; de una narrativa compleja que se constituya en la representación de la historia, la realidad, la presencia de los seres –el ser en el mundo. (Me escucho aquí a mí mismo argumentándole a quien quiera escucharlo: “¿en serio no te das cuenta de por qué son tan excitantes hoy por hoy los asuntos semánticos?”).

Resulta interesante recordar que, hasta el momento, toda esta interacción de datos generados e interpretados sigue teniendo una intrínseca relación con la mente humana, con todas sus falencias y maravillas, y sigue dependiendo de una acción volitiva estrictamente humana para sus repercusiones y aplicaciones. No es sorprendente que una de las principales discusiones tecnológicas a nivel mundial sea la de buscar ideas comerciales, gubernamentales, académicas y demás para la IoT y la posible IoE (Internet of Things e Internet of Everything, –Internet de las cosas e Internet de Todo, como las caracterizábamos en el apartado anterior). El paradigma de la automatización basada en la identidad verificable de los objetos y los seres vivos es, sin duda, el siguiente cambio en el desarrollo tecnológico y la siguiente transformación en nuestra propia relación con la realidad. Al ser un cambio paradigmático es también una variabilidad de significados y es allí donde la tensión semántica con la idea de una “sensibilidad maquinal” comienza a ser urgente de ser cuestionada. No hace mucho tiempo, un año apenas, una legislación en Nueva Zelanda se ocupaba ociosamente de reconocer a los animales como “seres sensibles”, con gran regocijo de quienes militan a los animales como causa,1 quienes estallaron en aplausos y en trending topics. Por supuesto, desde mucho tiempo antes la mayor parte de los seres humanos sabemos intuitiva, lógica, experimental y empíricamente que los animales están dotados de sensibilidad, ergo de pensamiento, ergo de lenguaje, ergo de inteligencia, ergo de una conciencia de sí mismos. Ya sea que nos ocupemos en “degradar” a los seres humanos a animales o de “sublimar” a los animales a seres superiores o a criaturas de origen divino, esta certeza nos obliga a relacionarnos de una manera distinta con ellos, a dotarlos de significado, de presencia, de derechos, de leyes y discursos, de una esfera semántica mucho más compleja que aquella que los clasificaba como simples bestias inferiores a nosotros.

Nuestro tiempo nos enfrenta con un problema mucho más complejo, dicho sea de paso. La sensibilidad maquinal acusa para nosotros no sólo el problema del ser de la máquina, de su ontología, sino también el problema del humano como creador, el ardid gótico del hombre (y la mujer, faltaba más) como dios y como Prometeo que reta el equilibrio de la naturaleza al dotar de ser a lo que no lo tenía antes.

Lo que por supuesto nos lleva al problema más práctico, pero no menos gótico, de la Inteligencia Artificial.

Nota:

1 Cita en: http://www.independent.co.uk/news/world/australasia/animals-are-now-legally-recognised-as-sentient-beings-in-newzealand-10256006.html

Comentarios

Hay 1 comentario en este artículo


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Alina

18 de agosto 2016 11:00:34

México

Estoy realizando mi mestría en inteligencia artificial en la Unam he leído el artículo del mes de agosto en la revista impresa "La inteligencia es una nube" se me hace muy interesante tu punto de vista y los links que proporcionas. Yo estoy estudiando Sistemas Auto-organizados que se encuentra sumamente relacionado con el tema. Me gustaría si puedes escribir acerca de la interfaz de usuario invisible, he visto alguna información al respecto. Gracias por escribir desde otro ángulo. Saludos Alina