Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Internet como territorio

Daniel Iván

22 de abril 2016

09:00

Guerras semánticas, construcción del logos y territorialidad del Internet XII

Cuando Kevin Ashton1 acuñó en 1999 el término “Internet de las Cosas” (Internet of Things o IoT, como se le conoce en el mundo geek), estaba enunciando no únicamente las posibilidades de desarrollo tecnológico ligadas a la consolidación de la industria del microchip (en ese entonces febrilmente ligada al desarrollo de tecnologías más eficientes de almacenamiento y procesamiento de datos, así como a la “gadgetización2” de las comunicaciones humanas y de una buena parte de la economía), sino que delimitaba por primera vez en el lenguaje tecnológico una tensión semántica y un territorio en disputa: el de la realidad interconectada a través de relaciones verificables en el mundo físico y en el mundo digital simultánea y consistentemente.

La idea básica era sencilla y, en todo caso, casi salida de una mente cyberpunk: la posibilidad de dotar a los objetos del mundo con un identificador que los conectara a la red y les permitiera informar sobre su estado y circunstancia. Es decir, que les dotara de identidad.

Si bien esta idea no era necesariamente nueva (en 1982 algunos ociosos de la Carnegie Mellon University conectaron una máquina de Coca-Cola por primera vez a Internet para permitirle informar al mundo si tenía suficiente inventario y si las bebidas que le recargaban ya estaban suficientemente frías), lo que esta idea comienza actualmente a delinear de nuestra realidad no deja de ser al mismo tiempo inquietante e innegable: una internet que nos conecta a través de una red con la que no únicamente nos relacionamos como usuarios en el plano digital, sino como “poseedores” en el plano físico de objetos que no sólo generan y nos permiten generar datos acerca de nosotros mismos y nuestro entorno, sino con los que nos relacionamos personalmente en diversos grados de utilidad y dependencia. Por supuesto, la presencia actualmente cuasi universal de móviles y otros artefactos conectados a Internet nos induce a pensar que Ashton tenía razón; pero el problema que él plateaba era mucho más complejo y en todo caso, delineaba no solamente una tendencia tecnológica sino que apuraba una prospectiva de afectación de la realidad y de concreción en la realidad. Esta realidad no se detiene en la telefonía transformada en conectividad multimedia: actualmente la gadgetización está virando de manera decisiva hacia el microcomputing, cuya más clara representación son los bio-chips: implantes electrónicos que permiten compilar diversos datos acerca del estado del cuerpo vivo en diversas circunstancias (en este momento, principalmente en el deporte, en el control de mascotas y en el tratamiento de diversas enfermedades crónicas. No resulta difícil extrapolar esta tendencia y comenzar a verificar que desde los autos, las cámaras fotográficas, las consolas de video juegos, los televisores hasta los refrigeradores o los microondas y cualquier otro adminículo con el que nos facilitamos o complicamos la existencia está siendo conectado a Internet y está comenzando a convencernos de que esa conexión es tan necesaria como inevitable.

La IoT plantea además dos paradigmas territoriales iniciales como sus posibles consecuencias: la “Smart Grid” (o cuadrícula inteligente3) y la “Smart City” (o ciudad inteligente). Esta consecuencia enuncia no solamente una conectividad generalizada en términos infraestructurales (cosa que ya comienza a ocurrir en algunas ciudades) sino que incluye la característica sine qua non de niveles superiores de automatización, control y eficiencia. Lo que a grosso modo quiere decir que la máquina de Coca-Cola no sólo nos dirá si las bebidas están frías, sino que nos ayudará a consumirlas de manera más ordenada, eficiente y “feliz”.

Más allá de las ironías o la paranoia que esta realidad le inyecte a nuestra vida, el proceso avanza y lo está haciendo de una manera la mar de eficaz. De las paupérrimas aplicaciones que el estado o la iniciativa privada están implementando del e-gobierno o el e-comercio a las complejidades tecnológicas que el futuro más inmediato depara para los seres humanos no hay más que un paso. Mi suegra se queja amargamente de que ya no hay forma en que las facturas le lleguen en papel a casa, mientras que el comercio electrónico sigue teniendo que lidiar con la ineficacia de los servicios postales o de mensajería –cosa de la que, extrañamente, se queja también. La creación de un nuevo paradigma de inclusión, de catalogación, de organización y de automatización en la vida tecnológica de las personas esta ya no sólo en proceso de desarrollo sino en franca consolidación (si no, basta con mirar la forma en la que las generaciones más recientes se relacionan con la tecnología, encontrando “inconcebible” un mundo donde no exista conexión inalámbrica a Internet)

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