Director de Reporte Mexcal. Articulista del Diario Noticias y Etcétera.

@yaguer_yaguar

El periodista infalible

Juan Manuel Alegría

03 de febrero 2017

13:21

Este texto fue publicado originalmente el 16 de agosto de 2016, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.


“Un periodista tiene una sola cosa
verdaderamente valiosa: su credibilidad.
Un periodista que pone en peligro esa
credibilidad, a la larga no le es útil ni a la
sociedad ni a su profesión”.

Charles Green

Formar parte del “Cuarto poder” —supuestamente un contra-poder a las tres potestades que existen en un Estado democrático—, como se califica a la prensa; tener el “mejor oficio del mundo”, según García Márquez; la relación con políticos, artistas o personajes importantes de la sociedad, y el conocimiento del entramado que los rodea, provoca que, en muchos casos, un periodista se vuelva arrogante y soberbio, más aún si labora o publica en un medio importante, ha obtenido el aplauso público y merecimientos o galardones por su trabajo; esto lo vuelve autocomplaciente y pierde la capacidad de autocrítica.

También se niega a aceptar la crítica a su trabajo y, en algunos casos, la considera una ofensa o un ataque; como ocurrió a mediados de junio con John Ackerman, intelectual activista que escribe en la revista Proceso y el diario La Jornada, quien sugirió al caricaturista Paco Calderón que se retractara de un cartón publicado en el diario Reforma que aludía a la alianza entre la CNTE y Andrés Manuel López Obrador. También pidió a sus seguidores repudiar al caricaturista, del que calificó su trabajo como racista y clasista. No pocos críticos consideraron la expresión de Ackerman como intento de censura y, este sí, un ataque a la libertad de expresión.

Por supuesto, un periodista está en la estructura del poder impune; ese contra-poder que puede criticar a los otros tres pero no hay alguno que lo critique a él. Por eso considera que no está en su esfera de responsabilidades la disculpa pública.

A pesar de que los códigos de ética señalan que lainformación debe ser imparcial, equilibrada y que, de resultar falsa o inexacta se debe corregir o rectificar, y el medio o el periodista disculparse con su audiencia, esto normalmente no se hace.

En los códigos también se hace énfasis en la humildad como un valor esencial que, según Javier Darío Restrepo, es “un arma que protege al periodista contra esa distorsión de la verdad que hace posible la aparición de la arrogancia profesional”.

Dice Alex Grijelmo en su libro El estilo del periodista:

“El periodista honrado debe ser el primero en comunicar su error […].Cuando un redactor o un periódico reconozcan su equivocación deberán explicar claramente que el error ha existido. No vale escribir una fe de errores falsa mediante la publicación de una noticia que diga disimuladamente lo contrario de lo que se contó el día anterior”.

Restrepo señala que, la arrogancia es “el talón de Aquiles del periodista”, quien sólo la puede evitar si primero la reconoce como verdadero peligro de esta profesión. El experto colombiano apunta los peligros:

“Volverse vulnerable al elogio y a la lisonja; armas que utilizan con sagacidad todos los poderosos que quieren manipularlo. Bastará un adjetivo, un premio o una condecoración para tener un periodista amansado y dócil”.

“Convencido de su talento, el periodista pierde capacidad de autocrítica y adquiere una especial hipersensibilidad a toda crítica sobre su trabajo o su persona. Deja de percibir una parte de la realidad, la de sus limitaciones y errores, y queda expuesto al estancamiento profesional y a la mediocridad en el ejercicio de una profesión en la que se aprende más de los errores que de los aciertos”.

“Puesto que desconoce la autocrítica y rechaza los juicios y valoraciones de otros, el periodista se vuelve renuente a la corrección o aclaración de sus escritos y, por supuesto, se niega a rectificar. Aparece entonces un talante dogmático —contrario a la naturaleza del periodista— y una actitud contraria a la del compromiso con la verdad; nace una dañina dependencia porque uno es dueño de sus rectificaciones, pero esclavo de los errores no admitidos ni rectificados”. (El zumbido y el moscardón).

A pesar de las arengas éticas, es muy raro hallar una disculpa pública o el reconocimiento de una equivocación; mucho más fácil es ver que, después de que el articulista o columnista dijo: “… y si no, al tiempo”, publique su reiteración de clarividente: “Como dije el pasado día equis, el tiempo me ha dado la razón sobre el asunto de…”. Pero de un error, nada.

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