Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

El mundo estalla en opiniones

Daniel Iván

17 de febrero 2016

08:35

Vale siempre la pena hacer una pausa cuando la experiencia se apodera de la construcción del discurso. Una de las urgencias más contundentes de los “social media” es la actualidad. La vida de las ideas es contundentemente más corta en estos días; y así como los eventos parecen diluirse a una velocidad tan vertiginosa como desconcertante, la opinión parece trágicamente retada a probar constantemente su vigencia y a estar constantemente peleada con el paso del tiempo, con la mesura, a veces incluso con la más elemental alquimia del pensamiento: ese proceso de decantación paciente, de medición y observación, de comparación y hartazgo, al que en otro tiempo nos referíamos cuando usábamos la palabra “análisis”.

Resulta evidente que la premura por opinar juega antes incluso que la manufactura de la opinión, que su desarrollo y su arquitectura; y ya que todos tenemos una opinión tanto como todos tenemos un trasero, pareciera inevitable sentarse con lo uno sobre lo otro a esperar que el mundo se deshaga en aplausos o a que el mundo nos ignore; ambas cosas tan similares y acaso ambas con las mismas inasibles consecuencias: un reflejo del vacío.

Por supuesto, resulta chocante vivir en ese mundo que, probadamente, vive en el terror y al mismo tiempo lo ignora y lo sublima, o lo mastica y regurgita con un afán de rumiante noticioso. Resulta chocante tener que aderezar los fines de semana con alguna noticia escalofriante que nos devuelve la imagen de un caos infinito y destructivo, y comernos al mismo tiempo la verdad humillante de que a nosotros no nos pasa nada: ambas nociones tan acomodadas en el discurso de los medios que parecen en realidad dos partes de una misma frase, dos estrofas del mismo jingle pegajoso e invasivo como canción de película de Disney.

“Están otra vez atacando París”, me avisa con voz entrecortada la mujer a la que amo. La curiosa reacción de uno no es ni asombrarse ni dar paso a la angustia, sino todo lo contrario: acudir al movimiento más bien mecánico de empezar a desglosar información en la digitalia y darse cuenta de que a pesar de todo, la información es mínima; otra vez. Tumultuosa, pero mínima. Apenas algunos esbozos de rumor al principio, aterradoras frases entrecortadas después, eventos que se van sucediendo uno tras de otro sin apenas ofrecer el esbozo de un relato. Uno, dos videos borrosos; hoy que hay videos de todo y con la escala grandilocuente del HD. Las voces más mesuradas dejan ver su pasmosa ingenuidad conteniéndose “hasta que haya un reporte oficial”. Los conductores de televisión y radio se hacen ver haciendo uso de un histrionismo que raya en lo ridículo; mientras el silencio pasmoso de Twitter o Facebook, que vibran convirtiéndolo todo en el vacío de un hashtag elevado a trend-topic, dejan una sensación de vacío diseñado, de arquitectura del discurso, de control de daños y, por supuesto y sobre todo, de censura.

Y de pronto el mundo estalla en opiniones. No en información ni en análisis ni en relatos articulados sino, de una manera que recuerda a los derrumbes, en opiniones. No necesariamente siquiera en opiniones que acudan a algún dato o que clarifiquen la penumbra, sino más bien en opiniones que aluden al propio carácter, a la propia circunstancia frente a la maraña de los hechos: aún los más inteligentes se hacen ver, oportunistamente, como buenos y como generosos, como partidarios de la paz y el entendimiento entre las personas; claro, hasta que alguien con un poco más de paciencia –opinólogos agazapados en la corrección política– les hace ver en lo que falla su opinión, las omisiones en las que incurre, su falta de rigor o de inclusión o de talento, su hipocresía inaceptable, su inoportuna obviedad. Y de pronto lo que ocurre es menos relevante que el debate que le sigue; más aún, pareciera que es para ese debate para el que ocurren los pormenores de la historia, para ese escalofriante intercambio de escupitajos como en pelea de pandilleros sin navajas. Nadie se abstiene de ese intercambio irremediablemente altanero, nadie se retrae; de alguna manera ausentarse es no estar, perder vigencia, aceptarse irrelevante; y eso, en la medida en la que nuestro tiempo nos define como una sumatoria de “likes” y de “retweets”, resulta inaceptable. Por supuesto, en otros rincones de la digitalia, la odiada chusma lumpen –a la que la clase media iluminada culpa de todo, curiosamente– sigue afanosamente interesada en los pormenores del deporte y de masterchef, poseedora tal vez de una iluminada intuición que le hace saber antes que a nadie que lo que ocurre no está ocurriendo en realidad.

Lo más curioso –y probablemente también lo más frustrante– es que el “reporte oficial”, ese que esperaban los mesurados, arriba finalmente: el relato nos es impuesto como un trajecito de convencionalismos de diseñador, con letanías que nos convencen de que los terroristas llevan religiosamente sus pasaportes consigo para luego dejarlos abandonados de tal suerte que no quede lugar a dudas. Casi siempre la versión oficial llega con una frialdad matemática y con una descarga de sospechas y adjetivos que disfraza su absoluta irrelevancia para la comprensión de los hechos y su diseño exprofeso para justificar la violencia o los desatinos que ocurrirán después. La película se repite una y otra vez y nos convence de que lo que pasa no es todavía la historia, no detenta aún ninguna relevancia; la historia vendrá después, como la séptima parte de Star Wars, con esa misma carencia de hitos narrativos que nos sorprendan, con esa misma épica reciclada, con ese mismo entusiasmo adolescente y fácilmente digerible.

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Comentarios

Hay 1 comentario en este artículo


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Danilo

09 de marzo 2016 12:18:13

Mexico

ocultarnos detrás de facebook no sólo otorga la posibilidad de espiar al otro, sino de juzgarlo. somos jueces desinformados por nuestros propios medios. Jueces apurados. Muy interesante nota Daniel Iván! La comparto.