Analista político, escritor y psicoterapeuta.

@Alejancolina

Bob Dylan y el establishment literario en México

Alejandro Colina

18 de enero 2017

09:25

La propia poesía, una religión

Cercano alguna vez a Alan Ginsberg y años después a Andy Warhol, Bob Dylan tiene toda la pinta de un poeta gnóstico. “Después de una vida de meditar sobre el gnosticismo –escribe Harold Bloom–, me atrevo a afirmar que éste es, en la práctica, la religión de la literatura. Claro que hay poetas cristianos geniales que no son heréticos, desde John Donne hasta Gerard Manley Hopkins y el neocristiano T.S. Eliot. Y sin embargo los poetas más ambiciosos de la tradición romántica occidental, aquellos que han hecho de su propia poesía una religión, han sido gnósticos, desde Shelley y Víctor Hugo hasta William Buttler Yeats y Rainer María Rilke”. Bueno, pues Dylan pertenece a esta religión; tradición, quise decir. Con una añadidura: canta, toca la guitarra y la armónica, da entrevistas –muy escasas–, en cierto sentido se desempeña como un artista plástico del pop, con ligeras pantomimas y guiños espontáneos que recuerdan las mejores improvisaciones del jazz. Justo cuando el establishment conservador había dado por sentado el fin de las vanguardias artísticas, un artista de vanguardia como Bob Dylan gana el Nobel de literatura. Imposible no alegrarse.

“Hans Jonas –cuenta Harold Bloom en su disertación sobre el genio–, a quien considero el guía más incisivo del gnosticismo, dijo de los antiguos gnósticos que éstos experimentaron ‘la intoxicación primordial’. Recuerdo haberle replicado a Jonas, una persona vivamente brillante y genial, que él había descrito lo que los poetas tenaces siempre buscaban: libertad para el yo creativo, para la expansión de la conciencia de sí misma que la mente tiene.” No constituye ningún secreto: los poetas gnósticos rompen con todos los moldes. Octavio Paz se decía pagano, pero se interesó en los gnósticos. Su acercamiento fue poético y reflexivo. Quizá por ese interés validó la obra de Salvador Elizondo, travieso escritor gnóstico.

Jack Nicholson llamó a Bob Dylan conciencia del mundo en la entrega del Grammy de 1991. Un par de veces me hizo reír cuando lo introdujo a la audiencia. Recordemos que Dylan validó con su presencia el Grammy y a MTV antes que el Grammy y MTV lo validaran a él. Al presentarse en esos escenarios se reveló más reformista que revolucionario. Cierto, cantó Masters of War, pero con un autorretrato detrás que parece pintado por Warhol.

Si afirmo que Bob Dylan es un poeta gnóstico, debo demostrarlo cabalmente o desobedecer a las autoridades en voga. El gnosticismo propone el encuentro con Dios a través del conocimiento, tenga lugar éste mediante la Cábala –artilugio que fascinó a Borges-, la poesía, la música o “la intoxicación primordial” de la que habla el filósofo alemán Hans Jonas, el amigo de Bloom. El gnóstico no sigue ninguna iglesia ni capilla intelectual. Para regresar a Dylan, tampoco musical. El gnóstico ha nacido para romper todos los esquemas y gestionarse una especie de iglesia personal, pero sin culto a la personalidad, donde pueda realizar su arte y su vida, que nunca concibe separadas. Así Dylan. El anuncio del Nobel volvió a romper los moldes con o sin el consentimiento del poeta, pero éste recobró el mando sobre su propia obra al aceptar el premio y no asistir a la ceremonia de premiación.

La manera como Bob Dylan concibe y vive la poesía se me antoja superior a la forma como la vive y concibe Harold Bloom. Mientras que Bloom entiende el gonosticismo como la religión de la literatura, Dylan lo práctica como debate teológico, musical, político y existencial, además de literario, por supuesto. Existencial porque se origina en su vida personal, en la manera como vive y padece el amor, pero también porque incluye su singular estilo de ser en el mundo. Para Heidegger la poesía constituye una fuente de revelación primordial y en Dylan la ha constituido. Con su obra ha planteado la utopía irrenunciable: hacer del mundo un lugar habitable. Desde muy temprana edad comprendió que debía incorporar a la política, en su sentido más amplio, para conseguirlo. Dylan es, en este orden de ideas, un poeta existencialista que no se ha encerrado en una torre de marfil con los happy few. La inclusión de la política en su obra ha excluido, sin embargo, a la ideología, el odio y la búsqueda del poder político. A pesar que su poesía es íntima y existencial, ha desplegado un combate por la hegemonía cultural en una dirección que resulta difícil no secundar y aplaudir. No se requiere ninguna genialidad para advertir que la gente vota de acuerdo a su filiación cultural. Pienso que constituye un acierto de la Academia sueca haberle concedido el Nobel a Bob Dylan en un momento en que el triunfo cultural de la derecha parece asolar a varias potencias de Occidente. Sea como sea, el autor de Blood on the tracks no confundió la ideología con la religión, como a muchos nos sucedió con el marxismo (a mí cuando era niño y un tío me hablaba con entusiasmo místico de Cuba y la Unión Soviética). Pero Dylan no es un hombre dogmático. Un poeta gnóstico no puede serlo: en su sino se encuentra quebrantar todos los esquemas, no se diga los programas de salvación de la humanidad, por buenos y atractivos que puedan parecer.

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