Hay letras azules sobre la mesa. Son enormes, al menos así las veo yo porque soy muy pequeña. “Son imprentas mayúsculas”, repite mi madre, mientras las acomoda para formar una palabra que no recuerdo. Tal vez, mi nombre. Estamos en la mesa de la cocina y las hileras de palabras gigantes aparecen y desaparecen a nuestro antojo. Son mágicas, pienso.
Ese recuerdo, el de mi madre enseñándome a escribir con las letras de plástico azul de un “juego didáctico”, vuelve asociado al de un libro de tapas rojas con el que aprendí a leer, en esa misma época, cuando tenía menos de cinco años. Era un libro de tapa dura, con dibujos de líneas simples y palabras sueltas. Cada tanto, salpicada, alguna oración escrita en cursiva. No había relato, sólo palabras.
Desde entonces no paro de leer y de escribir. Fue un descubrimiento temprano e intenso. Amor a primera vista, pura pasión. Concibo la lectura y la escritura como las caras de una misma moneda. No puedo pensar una sin la otra. Leer me da ganas de escribir y escribir me da ganas de leer.
Ya más grande, en la universidad, en un texto de Roland Barthes “El susurro del lenguaje”, que describe las maneras en las que “el deseo” aparece en la lectura, encontré mi fiel retrato: “La lectura es buena conductora del deseo de escribir; no es absolutamente que queramos escribir forzosamente como el autor cuya lectura nos complace; lo que deseamos es tan sólo el deseo de escribir que el escritor ha tenido, es más: deseamos el deseo que el autor ha tenido del lector, mientras escribía, deseamos ese ámame que reside en toda escritura”.
Tardé mucho en asociar ese recuerdo infantil con mi labor cotidiana, porque aunque se presentaba con un simple golpe de memoria, no lograba alinearlo con otras experiencias de lectura y de escritura, también inolvidables y rotundas. Si tuviera que ordenarlas primero fueron los libros de aventuras, como Tom Sawyer y Colmillo Blanco, y los relatos de Julio Verne, con los que aprendí a viajar sin moverme del sillón; poco después las novelas policiales, que me dejaban suspendida y llena de preguntas, y como a los 13 años, cuando todo ese cóctel estaba asentado, leí Pedro Páramo, de Juan Rulfo. No entendí nada. Fue maravilloso descubrir entonces que ese mundo que se me estaba revelando era infinito y complejo.
Podría reconstruir ahora, casi al detalle, dónde y cuándo leí cada libro que me marcó, pero voy a evitarlo. Sólo deseo (sí lo deseo), mencionar Los siete locos, de Roberto Arlt; El perseguidor y otros relatos, de Julio Cortázar y Operación masacre, del maestro Rodolfo Walsh, incluso voy evitar contar la historia de amor que trajo a mi vida ese autor.
En fin, que esas letras azules están al principio del camino. Luego vinieron las lecturas que mencioné y que me llevaron la Universidad de Buenos Aires, donde estudié “Letras” y donde me gradué. Poco antes de terminar la carrera comencé a dar clases de Lengua y Literatura en escuelas secundarias y terciarias, y casi al mismo tiempo descubrí el periodismo gráfico. Un amigo muy querido, Marcelo Izquierdo, me enseñó los secretos de la pirámide invertida y la crónica informativa y, con esas herramientas y un puñado de consejos, salí a buscar mi primer trabajo. Desde entonces no he salido de las redacciones. Son mi lugar.
Hace 15 años que soy periodista. Trabajé en diarios y revistas de mi país, Argentina, y también hice radio. Desde hace seis años, primero como redactora y luego como editora, formo parte de la agencia de noticias ANSA. Vivo de lo que escribo y escribo de todo. Por mi trabajo también leo bastante y así, voy.
Mi primer contacto con etcétera fue como lectora. ¿De qué otro modo podía ser? Un día le escribí a Marco un correo contándole que disfrutaba mucho leyendo la revista online y, claro, que deseaba escribir sobre lo que pasaba en los medios de mi país. La respuesta fue generosa: encontré en etcétera un espacio de diálogo profesional invalorable y, además de interlocutores, encontré escritores y lectores.
Por lo demás, soy una especie de Goldie Hawn, en versión morocha argentina, porque salto de un enredo a otro con facilidad, siempre llego sobre la hora, mi auto busca los embotellamientos y se me rompe el taco justo un segundo antes de una entrevista importante.