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14 de febrero, 2011

El amor es un perro rabioso

El crimen pasional es un hijo bastardo de las emociones. No necesariamente se trata de un homicidio, puede ser simplemente un ataque, un delito. ¿Contra quién? Contra el esposo, contra el amante, contra el novio, contra cualquier individuo que nos despierta un impulso de agresión a causa de celos, desengaño, abandono. Lejos, muy lejos de ser un acto premeditado, en la médula ósea de un crimen pasional hay eso, pasión, pasión desmedida, a chorros, más allá, incluso, del amor. Es una pasión que tiene como objetivo arder al máximo antes de apagarse, vaya ironía.

De acuerdo con el fiscal central para homicidios de la Procuraduría General de Justicia, Joel Díaz Escobar, los crímenes pasionales ocupan el segundo casillero como detonantes para el mayor número de homicidios dolosos en el Distrito Federal; se encuentran por detrás de los ocurridos en riñas y rebasan a los provocados por asaltos. Díaz Escobar, asimismo, afirma que el crimen pasional es pan de cada día en las parejas heterosexuales y el monopolio de este ilícito aún lo detentan los varones, lo que no significa que las damas estén exentas de perturbaciones insanas. Las albergan… y de qué forma.

“Mío o de nadie”

Distrito Federal, mediados de los 90, esquina de Ignacio Mariscal y Jesús Terán, colonia Tabacalera, cerca de las 6 de la mañana. Después de una velada en el periódico El Nacional, varios compañeros y yo –entre ellos Héctor Martín del Campo, “El Tirantes” (qepd)– esperamos turno para un atole y una guajolota. A unos cuantos metros del puesto callejero está la entrada de un hotel de paso, un lugar, literalmente hablando, de mala muerte, llamado Royalty. Apenas si nos percatamos de la presencia de una mujer de aspecto humilde, con un delantal sobre el vestido, un suéter desteñido y una bolsa de mandado en la mano izquierda. Mientras atienden mi pedido, fumo, me recargo en la pared junto a “El Tirantes”. Un hombre y una mujer de cabello teñido de rubio salen del Royalty; ambos lucen bañaditos, caminan sobre la acera del hotel. La dama del delantal los aborda. La “rubia” encoge los hombros como minimizando la situación. El hombre se detiene un momento y reinicia la marcha detrás de la esquelética rubia. La mujer del delantal alcanza a musitar algo así como “eres un hijo de la chingada”. Mete la mano a su bolsa de mandado y extrae de ella un cuchillo cebollero. Alcanza al hombre y, como en las corridas de toros, la hoja del arma se hunde limpiamente hasta la empuñadura de madera en la unión de la columna vertebral con el cuello de la víctima. El individuo se retuerce un poco, mira con reproche–enojo–sin dolor a su agresora. Camina como diez metros y se desploma como si lo hubieran desenchufado. La mitad de su cuerpo queda sobre la avenida, la otra mitad reposa sobre la banqueta, con la vista hacia nosotros. Alcanzamos a ver cómo la pupila del hombre se dilata, cómo la vida huye de esa mirada. Mi estómago se mueve involuntariamente y ya no quiero saber nada de atoles y tamales.

La mujer del delantal, a su manera, modesta, repitió un capítulo ocurrido casi 40 años antes, a miles de kilómetros de distancia. El 10 de abril de 1955, a la entrada de la taberna Hampstead, en Londres, Ruth Ellis, de 28 años, encargada de un bar, apareció decidida a terminar con el motivo de sus sufrimientos: David Moffat Drummond Blakely, un aprendiz de playboy de 25 años, quien mancornaba impunemente a la que fue su amante durante dos años. Sin advertencia de por medio, en cuanto Ellis estuvo frente a David Moffat, le disparó en seis ocasiones, acertando en cuatro de ellas, causando una muerte casi instantánea. Los celos, ese monstruo reptante de mil cabezas, motivaron la conducta de Ellis, quien pasó a la historia no sólo por ser una asesina sino porque fue la última mujer en ser ejecutada en Inglaterra. Al legendario verdugo Albert Pierrepoint correspondió accionar la palanca que abrió la trampa del cadalso erigido para la solemne ocasión.


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