IFE
Martes 9 de Febrero 2010
0:40 hrs
4 de mayo, 2009

Influenza y seguridad nacional

Dicen que lo urgente no deja tiempo para lo importante. Ante una emergencia sanitaria como la que vive México, es menester resolver, sobre la marcha, los problemas que se presentan: evitar el contagio, atender a los enfermos, y echar mano de los recursos materiales y humanos de que se dispone para evitar un escenario catastrófico. Sí, todo eso está muy bien, pero en medio de lo urgente no hay que perder de vista lo importante: preservar la seguridad de la nación, en este caso, la seguridad sanitaria.

Desde que terminó la guerra fría, las naciones del mundo reconocen que las amenazas y agendas de riesgo a su seguridad se ubican especialmente en problemas directamente relacionados con el bienestar social: es el caso de los desastres naturales, de la falta de acceso a los alimentos y, por supuesto, de las enfermedades infecciosas, por citar sólo algunos. Es cierto que la lucha contra el terrorismo a raíz de los sucesos del 11 de septiembre de 2001 tiende a tener primacía sobre otras agendas, con todo y que las víctimas fatales de los actos terroristas son inferiores, en números, a las víctimas de la pobreza, la marginación y la pésima distribución de la riqueza. Baste mencionar el desastre humanitario provocado por los tsunamis del 26 de diciembre de 2004 en el Océano Índico. Las cifras más conservadoras estiman que alrededor de 225 mil personas en 11 países de la región perdieron la vida. Es entendible entonces que para Indonesia, Sri Lanka, India y Tailandia los desastres naturales sean considerados como una gran amenaza a su seguridad nacional.

Y ¿qué hay de las epidemias y las enfermedades infecciosas? Como es sabido, el VIH/sida constituye una amenaza para la seguridad nacional de países como Sudáfrica, Zimbabwe, Zambia y Swazilandia, entre otros. Este virus plantea la posibilidad de provocar la muerte de los ceros-positivos en Zimbabwe, que representan la tercera parte de la población. Cuando se revisa la esperanza de vida de estas naciones, es evidente que el VIH/sida ha hecho verdaderos estragos en su demografía, comprometiendo el desarrollo y la viabilidad de esas naciones (Sudáfrica tiene una esperanza de vida promedio de 49.3 años, Zimbabwe de 43.5, Zambia de 42.4 y Swazilandia de 39.6). Con todo, dicha enfermedad es sólo uno de los múltiples desafíos que en materia de salud enfrenta el mundo en el siglo XXI.


Seguridad sanitaria La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que en un mundo globalizado las enfermedades infecciosas cuentan con un altísimo poder de diseminación. Si se piensa que tan sólo en 2006 alrededor de dos mil 100 millones de personas se transportaron en avión en todo el mundo, la explicación de por qué una enfermedad surgida en determinadas latitudes aparece y se agudiza en otras, inclusive muy remotas, es clara. Pero también hay otras tendencias preocupantes: desde la década de los 70 se observa la aparición de nuevas enfermedades con notable celeridad. Lo que es más: la OMS explica que actualmente hay unas 40 enfermedades en todo el mundo que la generación anterior no conocía. Por si fuera poco, entre septiembre de 2003 y septiembre de 2006 se registraron, en todo el planeta, 685 "eventos" de importancia para la salud pública internacional.

Un ejemplo muy conocido fue el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS) que entre noviembre de 2002 y julio de 2003 se manifestó en ocho mil 96 personas de 37 países, provocando la muerte de 774 individuos, lo que le significó un índice de mortalidad del 9.6%. Como se recordará, el virus corona causante del SRAS fue identificado inicialmente en Guangdong (Cantón), en la República Popular China, pero rápidamente se propagó a otros países. Una vez que se identificó el problema epidemiológico, la OMS impulsó medidas muy similares a las que se aplicaron en México de cara a la epidemia de la influenza A H1N1. Miles de personas en la República Popular China, Hong Kong, Taiwán, Singapur y Canadá fueron puestas en cuarentena.

Singapur fue particularmente incisivo en el combate del SRAS, destinando un hospital exclusivamente para el tratamiento de los enfermos, aislándolos y restringiendo las visitas únicamente a personal médico. El Ministerio de Salud emitió el Acta de Enfermedades que posibilitó el monitoreo inclusive de personas dadas de alta, a quienes se les confinó en sus casas con una cuarentena adicional por 21 días más, haciéndoles llamadas telefónicas en cualquier horario para verificar que estuvieran en sus domicilios. A los individuos que no contestaran en tres ocasiones consecutivas el teléfono, se les impondría una sanción penal, además de que se les colocaría una pulsera electrónica, similar a las que se emplean en ciertos criminales, para localizarlos. Al final, Singapur tuvo 33 decesos, contra 234 de la RP China, 299 de Hong Kong, 44 de Canadá y 37 de Taiwán, aunque en razón a su demografía (la población de Singapur no llega a los cinco millones de personas), proporcionalmente hablando, tuvo una muy alta tasa de mortalidad.

Como es sabido los costos económicos del SRAS fueron enormes. Las aerolíneas, presenciaron el abrupto descenso de pasajeros a Asia. El turismo declinó marcadamente. En el caso de Toronto, numerosas conferencias, congresos y rodajes de producciones fílmicas, fueron cancelados. La ocupación hotelera cayó a la mitad. Una vez que se superó la crisis epidémica y la OMS levantó las alertas de viaje, se conminó a estrellas como los Rolling Stones y otras celebridades a llevar a cabo un concierto de rock, conocido como el SARSstock, para ayudar a restaurar el turismo y la vida económica de la ciudad canadiense.

En comparación con la influenza, el SRAS es considerada una enfermedad rara, de baja incidencia. Pero si bien es cierto que los índices de mortalidad de la influenza, en general, son de apenas 0.6%, afectando sobre todo a personas de la tercera edad (al menos hasta antes de que se identificara la cepa A H1N1), los nuevos tipos de influenza se estima que podrían llegar a tener un índice de letalidad de hasta 33%.

Procurar la salud de los ciudadanos es responsabilidad de cada gobierno, pero las enfermedades del nuevo siglo demandan una intensa cooperación internacional, no sólo para ayudar al país (o países) más afectado (s), sino porque, como lo demostró el SRAS antes y la influenza A H1N1 ahora, todas las sociedades están expuestas y los impactos que a la seguridad de las naciones plantean las enfermedades infecciosas, las epidemias y otros peligros a la salud provocados por la mano del hombre pueden ser muy severos. Pero no hay soluciones sencillas.


Salud y seguridad nacional de México El pasado 29 de abril, la Cámara de Diputados de México aprobó la inclusión de los desastres naturales y las epidemias en la Ley de Seguridad Nacional. Cabe destacar que hasta el momento del debate sobre la reforma a la citada ley, sólo contemplaba como amenazas a la seguridad de la nación el espionaje, el sabotaje, el terrorismo, la rebelión, la traición a la patria y el genocidio. Llama la atención que, pese a ser un país en desarrollo, México obviara amenazas y agendas de riesgo que derivan de la pobreza y la pésima distribución de la riqueza. Aparentemente esta omisión será subsanada. Sin embargo, de poco sirve colocar a las epidemias a la par del terrorismo en la legislación, si esta decisión no se encuentra acompañada de medidas y acciones de largo plazo encaminadas a la protección de la población. Es evidente que las soluciones a desafíos como el virus A H1N1 no estriban en que los más de 100 millones de mexicanos porten un cubrebocas.

Llama poderosamente la atención que el virus A H1N1 es curable, siempre que la afección se trate a tiempo. Entonces, si esto es cierto, ¿por qué es que sólo en México hay víctimas fatales a consecuencia de esta enfermedad? (Recuérdese que el nieto de Mario Vázquez Raña, el niño de 23 meses que falleció en Estados Unidos, es de origen mexicano y es la única persona que ha perecido por la influenza fuera del territorio nacional hasta el momento de escribir estas líneas). Uno de los problemas reales es la incapacidad del país para producir vacunas suficientes.

El historial de la influenza y de su letalidad en el siglo XX está ampliamente documentado. De hecho en 1999, la OMS convocó a la comunidad internacional a crear laboratorios para elaborar vacunas y mecanismos de inmunización, en preparación para una epidemia. En el caso de México, el país parece ir contra las recomendaciones. En 2008, el Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades recibió una asignación presupuestal de mil 329 millones de pesos, pero, curiosamente, para 2009 padeció una reducción de recursos para contar con mil 149 millones de pesos. Tres décadas atrás, las autoridades desmantelaron dos institutos de investigación y se dejó de invertir en los trabajos encaminados a la producción de vacunas. Y es que al sector salud en México, le ha pasado lo mismo que al sector de la seguridad: se gasta mucho, pero se gasta mal.

Una revisión acerca del gasto en salud en México de los últimos cuatro años (que corresponden al final de la administración Fox y a los primeros años del gobierno de Felipe Calderón) revela que efectivamente se gasta mucho más en ese sector ahora, que respecto a 2006. En ese año, se asignó a la Secretaría de Salud un presupuesto por 42 mil 355 millones de pesos. En contraste, para 2009 se destinaron 85 mil millones, lo cual implica que el presupuesto para el sector se duplicó. En principio, ésa es una muy buena noticia. Sin embargo, gran parte del incremento observado se canaliza al "seguro popular" (28 mil 911 millones de pesos), y al incremento salarial a los trabajadores del sector salud (cinco mil 230 millones de pesos). Para la creación de laboratorios, hospitales e infraestructura física en general sólo se contempló el cinco por ciento del presupuesto acumulado, amén de que esta partida apenas se aprobó para 2009.


Pobreza y salud La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha conminado a México a mejorar la asignación de recursos en el sector salud. Baste mencionar que mientras Noruega destina tres mil 186 dólares anuales del gasto público al sector salud per cápita, México apenas canaliza 271 dólares. Para completar el cuadro se tiene que en el país 56% del gasto total en salud es privado y de él, 90% es desembolsado por los mexicanos (10% restante corresponde a las aseguradoras), lo que significa que los habitantes del país destinan recursos para el financiamiento de la salud que pueden pagar. Ha sido muy comentada, por ejemplo, la experiencia de Manuel Camacho Solís (véase El Universal en su edición del 29 de abril), quien enfermó de influenza A H1N1 y fue atendido en el Hospital Inglés, superando la crisis y salvando su vida. No se ha hablado de cuánto le costó a Camacho Solís el tratamiento, pero es evidente que una opción como ésa no está al alcance de la gran mayoría de los mexicanos. Cuando una persona común y corriente debe hacer frente a problemas de salud, no le queda más remedio que pagar por su cuenta, exponiéndose ella y su familia a gastos que pueden empobrecer su de por sí pauperizado entorno. Aun cuando no se dispone de datos confiables, en 2002 se calculaba que el 10% por ciento de los hogares más pobres de México gastaron el 9.6% de sus ingresos totales en bienes y servicios de salud, en tanto 10% de los hogares más ricos sólo canalizaron 4.5%. Pobreza y salud (o la ausencia de ésta), por lo tanto, es una triste y real ecuación.

Mucho se ha hablado de que ante la baja tasa de recaudación tributaria, no es posible para las autoridades mexicanas crear un sistema de salud debidamente financiado y en ello estriba la explicación de por qué, pese a la existencia del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y de la Secretaría de Salud, gran parte de los mexicanos están obligados a destinar, de sus precarios ingresos, una partida sustancial para curarse de los padecimientos que enfrentan a lo largo de sus vidas.

Por lo tanto, y volviendo a la idea inicial de la presente reflexión, no basta con atender lo urgente: hay que esmerarse en lo importante. ¿Qué es lo importante? Contar con una cobertura amplia en materia de salud, capaz de responder al impredecible ambiente sanitario a nivel nacional e internacional. México, es sabido, tiene una gran inseguridad alimentaria considerando que importa alrededor de 70% de los granos básicos que consume su población. A ello hay que agregar la inseguridad en materia de salud (y ni qué decir de la relación que existe en una mala alimentación y la proliferación de enfermedades). Por supuesto que no hay soluciones inmediatas, pero se debe trabajar más allá de la coyuntura y al margen de intereses partidistas.

Es muy grotesco observar escenas como la del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la gubernatura de San Luis Potosí (véase La Jornada del 3 de mayo) repartiendo cubre-bocas en el inicio de su campaña política (¿por qué hasta ahora? ¿por qué no los repartió antes, siendo que San Luis Potosí es una de las entidades federativas más afectadas por la epidemia?). O bien, las imágenes de cientos de personas que en el Distrito Federal limpian y tallan estaciones del metro, de los RTP y del metrobús (qué bueno que lo hagan, porque la limpieza es muy necesaria, aunque como ya se ha explicado por parte de especialistas en la materia, la influenza A H1N1 no sobrevive a temperatura ambiente, aparte de que pareciera, por la forma en que el jefe de gobierno de la capital mexicana lo plantea, que nunca antes se había hecho limpieza en el transporte público). Otro tanto se puede decir de la canciller mexicana, Patricia Espinosa, quien el 2 de mayo, en un exabrupto nacionalista convocó a la ciudadanía a "no viajar a China", justo un día después de que México recibió un avión chino con equipo e instrumental médico para enfrentar la epidemia (es como morder la mano de quien da ayuda). Es cierto que el trato que reciben los connacionales en el exterior (y también dentro del país) a raíz de la epidemia de influenza A H1N1 es denigrante, pero en honor a la verdad, hay muchos más (miles) connacionales que son vejados cotidiana y sistemáticamente, por ejemplo, en el vecino país del norte y ni la canciller ni nadie han conminado al pueblo de México a "no viajar a Estados Unidos."

Ojalá que de esta terrible experiencia haya un aprendizaje de parte de la sociedad y sobre todo de las autoridades mexicanas. No fue sino hasta que se hundió el Titanic en 1912 que las naciones del mundo entendieron la importancia de crear normas en materia de seguridad marítima. En el caso de la influenza AH1N1, el problema ya está aquí y el daño está hecho: las pérdidas económicas y humanas son una realidad. Pero si como resultado de este triste episodio surgiera un proyecto nacional en el que se planteara la construcción de un México próspero, seguro y sano, habrá valido la pena este episodio. México no podrá ser un país seguro, mientras su población esté expuesta a enfermedades infecciosas y otros males sanitarios. No hay que perder de vista que el recurso más valioso de todo país es su población, la cual merece un buen presente y un mejor futuro.

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