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¿Qué es la Opinión Pública?

07 de octubre, 2010
Lucía Saad

En los medios de comunicación los términos opinión pública se emplean con más asiduidad que rigor. Por ello, en no pocas ocasiones, se les presenta como un ente abstracto, amorfo y difuso pero sobre todo confuso, cuando lo que se busca es entender cuáles son los procesos y los espacios donde se despliega el intercambio social así como las certezas que surgen de tales vasos comunicantes.

Sin duda, el concepto es mucho más complejo que su habitual uso como instrumento para la demagogia tanto de quienes hablan en su nombre como de quienes, entre tantos excesos del discurso, lo tratan como si tuviera vida y se tratara de un actor más dentro del intercambio político. Mediante esas coordenadas, a la opinión pública se le evoca o convoca pero se le entiende poco.

La opinión pública es el espacio donde interactúan prácticas y creencias sociales de acuerdo con la información que fluye en diferentes planos: los medios de comunicación, el análisis en circuitos claramente identificados y la relación cara a cara entre los individuos que configuran sus percepciones y certezas sobre la base de aquel bagaje noticioso. De todo esto y más se ocupa el ensayo de Lucía Saad Villegas quien, desde la perspectiva histórica, nos adentra al origen de la construcción de los espacios públicos y de la manera en como la interactuación entre ellos configura patrones culturales y políticos que a menudo son el contrapeso del quehacer del gobierno y los partidos.

El origen de la Opinión Pública

La historiografía cultural ha generado una concepción propia sobre la génesis de la opinión pública para explicar los procesos de construcción (uso y apropiación social) de los espacios, mecanismos, y medios de comunicación públicos así como de los sistemas de creencias y prácticas en que se fundan. La mirada del historiador que se interesa en el análisis de procesos culturales resulta abarcadora porque gusta de integrar diferentes esferas de relación, además de los circuitos y los sujetos que las conforman.

Ya la ciencia política se ha ocupado de explicar, algunas expresiones sociales que dieron origen a una nueva concepción del espacio público, y ha colocado en el centro al ejercicio de la autoridad del Estado. Nosotros hagamos un zoom a la Francia del siglo XVIII y, cerremos la dimensión del fenómeno para ocuparnos de las representaciones, actitudes, valores, emociones y sensibilidades de los parisinos: gente del común, líderes intelectuales, editores, el Parlamento, la Corte, el Rey, que se integran en la plaza pública.

El Siglo de las Luces muestra un momento de inflexión sobre el fenómeno comunicativo, particularmente en París, 1750 fue un año emblemático; como lo indican los historiadores Arlette Farge, Roger Chartier y Robert Darnton,1 pues observan un cambio fundamental en la cultura política que se expresó en la pérdida de legitimidad o autoridad moral del rey. Resulta tentador señalar al proceso revolucionario (1789 simboliza el furor de la lucha) como disruptor del espacio comunicativo, indicarlo como momento sui generis de la construcción de la opinión pública. Pero las evidencias históricas indican que más que causa, fue efecto.

Las tres visiones de los historiadores mencionados integran los mismos antecedentes históricos y observan un cambio significativo a mediados del siglo XVIII, pero cada una establece el privilegio de un determinado proceso para desarrollar su tesis central. Farge2 enfatiza en la preeminencia de un pensamiento mágico y la ruptura entre la élite dominante y las multitudes; observa que se expresa una desconfianza entre el rey y sus súbditos. Chartier 3 pone el acento en la entrada de la monarquía al debate público, situación que pone en riesgo su legitimidad. Darnton4 se detiene en el fin del toque real: la pérdida del contacto entre el rey y el pueblo que adquiría una categoría física en sentido literal, y moral. Demos una revisión a las categorías que utilizan y que, en el marco de cada teoría, adquieren un significado específico.

Farge, sin mencionar a la opinión pública, como una categoría de análisis concreta implícitamente habla de ella. Veamos el siguiente párrafo: Los reyes, preocupados por su popularidad, escatiman su presencia cuando se sienten indeseados. Después de los acontecimientos de 1750, cuando el pueblo se subleva contra una policía que le roba a sus niños, Luis XV ya no quiere cruzar París, pero la gente no olvida la ofensa.5

Nótese el empleo de popularidad, rey y pueblo como un trinomio indisociable para la época en la explicación de la pérdida de legitimidad a través de la sublevación pública y su efecto en la opinión general. Darnton incluye otro fenómeno para explicar el hecho de que el rey Luis XV decidió cambiar su ritual y renunció al contacto popular: no cruza las calles porque ha pérdido su autoridad moral, se ha difundido una imagen pública perniciosa de su personalidad privada. Farge utiliza el concepto de multitud, y lo define como un ente que puede ser invitado por el monarca, la iglesia o por sí mismo y, al hacerlo, evita conceptos como populacho porque suponen un valor despectivo asociado a la revuelta popular. La historiadora francesa considera que el sistema de creencias y la forma en que las élites participan en los acontecimientos (sus prácticas) no es exclusiva, sino inclusiva de otros ámbitos sociales. El sistema de comunicación, y los mecanismos a partir de los cuáles una noticia, o relato impreso (en periódicos, memorias, crónicas) se convierten en una creencia requiere la complejidad del entramado social.

Roger Chartier no circunscribe la definición de cultura política del antiguo régimen a los dos campos discursivos clásicos: el que corresponde al ejercicio de la autoridad del Estado y el del pensamiento filosófico (como propondría Habermas), sino que le otorga un campo de discurso propio que se establece a partir de la sociabilidad intelectual y de sus prácticas manifiestas a nivel micro:

Comprender el surgimiento de la nueva cultura política es, por consiguiente, descubrir la politización progresiva de la esfera pública literaria y el desplazamiento de la crítica hacia campos que tradicionalmente le estaban prohibidos: los misterios de la religión y del Estado. Las dos perspectivas, aunque no son incompatibles, no por ello dejan de señalar dos maneras diferentes de entender el lugar que ocupa la cultura política en las formas de la cultura intelectual: la primera localiza en el funcionamiento implicado automáticamente en las modalidades propias de la asociación voluntaria (clubes, sociedades literarias, logias masónicas); la segunda la funda en las reivindicaciones y conquistas del uso público de la crítica (los salones, los cafés, las academias, los periódicos).6

Chartier se aleja, entonces, de una concepción de la opinión pública homogénea o unívoca. Lo que le interesa resaltar es la politización de la esfera pública literaria y establecer su espacio dentro de la cultura intelectual, explicar el circuito de las ideas como un motor que genera, a partir de la recepción, apropiaciones que cuentan con el bagaje cultural propio de cada individuo, a partir del cual elabora una interpretación. Las ideas como los textos no son propiedad de su creador, adquieren su propia historia a partir de su difusión, por lo tanto la opinión no es una simple adquisición o imposición ideológica, sino un acto de interpretación que adquiere diferentes movimientos. Chartier advierte que en el antiguo régimen la opinión pública no se entendía como la opinión popular, puesto que la definición que los diccionarios de la época daban de pueblo era la de un ente manipulable, tonto, revoltoso, inconstante. “El público no es un pueblo”, la opinión pública no se asocia, por lo tanto, con la de la mayoría.

La Enciclopedia no conoce la noción de “opinión pública”: “opinión” es en ella una categoría lógica (“un juicio del intelecto, ambiguo o incierto”, opuesto a la evidencia de la ciencia) o, en plural, un término del lenguaje jurídico; en cuanto a público, sólo califica el “bien público” o el “interés público” cuya preservación es confiada “al soberano y a los magistrados y funcionarios que, a sus órdenes, son responsables de esta custodia”.7

Si bien el rey es el garante del bien público, no vela por los intereses generales, por lo tanto, no se observa la ampliación del espacio público. Su construcción significará la pérdida del vínculo entre los particulares y el rey, así como de la garantía del control de la información por el gobierno. Esta relación es reemplazada por “[…] un mecanismo muy diferente: la exposición pública de las discrepancias privadas.8

Robert Darnton entiende que aunque en los diccionarios no se habla de noticias como vehículos de información que se ocupen de los asuntos del orden público, en el sentido de res pública, en la práctica sí se mencionan las novedades y su difusión las cuales logran integrar sistemas de comunicación.

El historiador estadounidense es muy claro al reconocer que todos los tiempos son eras de la información y que los sistemas de comunicación multimedia siempre han existido, aunque con diferente forma y estructura. Darton resalta que existían otros conceptos que incluso han quedado obsoletos, como: mauvais propos (el chisme), bruit public (rumor general), nouvelle a la main (hoja informativa manuscrita), libelle (libro de escándalo). Es categórico cuando afirma que para estar al tanto de las novedades la peor apuesta era leer el periódico porque, entre otras razones, el primer diario francés aparece hasta 1777 (Le Journal de París) y, además de la poca oferta periodística se suma la falta de independencia en sus contenidos, puesto que estaban bajo el control del gobierno. Darnton encuentra que esta situación de censura real, como expresión de un ejercicio absolutista del poder, generó una situación que contradecía el apetito de noticias del público. Sin embargo, comparte con Chartier la concepción de que el público lector no era un receptor pasivo y elabora al respecto y una síntesis del proceso de comunicación:

[…] se realizaba de diversos modos en muchos escenarios.

Siempre tuvo que ver con la discusión y la sociabilidad, por lo que no se trató nada más de una serie de mensajes que se transmitían por una línea de difusión hasta llegar a los pasivos receptores, sino más bien de un proceso de asimilación y de reelaboración de la información en grupos, esto es, la creación de una conciencia colectiva u opinión pública. Si se me permite un poco de jerga profesional, podríamos imaginar este proceso como un sistema multimedia retroalimentado.9

Para construir la explicación del sistema multimedia revisa una variedad de medios de comunicación de la época: relatos, cartas, canciones, versos, poemas, etcétera, así como los mensajes que transmitían, ya sea de forma oral, escrita, impresa, gráfica, o cantada.

Nótese que para Darnton el proceso de asimilación y de reelaboración es lo que genera la opinión pública, la cual él equipara con la conciencia colectiva.

Al explicar la forma y los medios en que se dan las sociabilidades es relevante observar que su articulación en un sistema de comunicación supone una interrelación en la que todos los medios, escritos u orales, adquieren una relevancia particular: su modelo es continuo. Esta acotación no es menor si se considera que se le ha dado un protagonismo desmesurado al lenguaje escrito. Me parece que Darnton ofrece razones más que suficientes para destruir el mito de que el periódico, y por tanto la información textual o la cultura impresa, fueron pioneros y determinantes en la constitución del espacio público.

Una vez esbozados los principales conceptos que sustentan las teorías sobre la opinión pública de los tres investigadores revisados, conviene pasar a la explicación, en cada caso, que sustentan los factores, mecanismos y hechos que generan la transición política en la era de la información del antiguo régimen.

Adentrémonos en una breve reseña de los acontecimientos que narra Arlette Farge en su libro La vida frágil para entender cómo funciona el mecanismo de difusión de creencias. El viernes 12 de marzo de 1756, enParis se levanta una denuncia ante la comisaria contra un aprendiz, por haber violado y embarazado a Madeline Ernaut, de nueve años. La única evidencia fue una constancia de revisión de una comadrona del barrio. Este acontecimiento, por demás increíble, ¿cómo puede embarazarse una niña que no ha alcanzado la pubertad? adquiere rango de noticia por haber sido impresa, puesto que memorias y crónicas difunden el hecho. El mismo día el teniente de policía es notificado, para que por vía extraordinaria consiga una orden del rey para arrestar al inculpado. (Este procedimiento no corresponde a la acción oficial debida). Se apresa al aprendiz y confiesa haber tocado a la niña mas no dice nada sobre el embarazo. Pero el error se difundió, corrió como rumor y éste generó una acción policiaca. Los oficiales de policía interrogan a los vecinos, obtienen una declaración de la comadrona y visitan a los padres de la niña. Se convoca a la multitud. Durante quince meses “Populacho, gente de carroza y grandes médicos desfilan por la casa de los Ernaut”.10 La esposa del rey también acude. “Cada grupo social da autenticidad al acontecimiento sin otro artificio que el de estar presente”.11 Cuando el tiempo va en contra de toda evidencia el montaje social ya no es suficiente y los argumentos requieren una revisión. Se solicita difundir una constancia médica para establecer la verdad. Los mecanismos a partir de los cuáles un relato impreso se convierte en una creencia completan un circuito: rumor, verdad, error, rumor, verdad:

[…] después de que la verdad nace de los rumores escuchados, los mismos rumores se convierten, a posteriori, en el único medio de volver a darles veracidad.

[…] Este mecanismo en espiral, en que la verdad se funde con noticias que permiten al final del trayecto probar la verdad.12

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Hay 1 comentarios en este artículo



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gabriel negri

2010-10-16 08:53:20

Argentina

Muy bueno el artìculo, preciso, concreto, aportando otras miradas que nos hacen reflexionar acerca del complejo universo de la opinión pública. Felicitaciones