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Turquía entre dos mundos

20 de julio, 2010
María Cristina Rosas

Ankara, Turquía.- Por mucho tiempo se ha dicho que Turquía tiene serios problemas de identidad: que es un país asiático que aspira a ser europeo. Nada más alejado de la realidad. Turquía es un país con identidad propia, sí, con problemas –como ocurre en todas partes-, pero que históricamente ha buscado un lugar en el mundo, promoviendo sus aspiraciones e intereses.

En la guerra fría cerró filas con Estados Unidos y se integró a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), lo cual, automáticamente lo convirtió en aliado de Occidente. Tras el colapso de la Unión Soviética, se generó un vacío de poder en la región, que Turquía ha aprovechado para proyectar sus intereses en Asia Central, jugando también un papel cada vez más importante en Medio Oriente. Cierto, Turquía sigue siendo aliado de Estados Unidos y miembro de la OTAN, amén de que está negociando su adhesión a la Unión Europea, pero tiene además otras cartas con las que está jugando y que han mejorado la proyección de sus prioridades en Asia Central y Occidental y, por supuesto, en el mundo.

La geopolítica turca es muy interesante. Tiene fronteras con ocho países (Bulgaria, Grecia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Irán, Irak y Siria), muchos de ellos sumamente convulsos. Mantiene una legendaria disputa con Grecia en torno a Chipre, y además está en proceso de normalizar sus relaciones diplomáticas con Armenia, con quien mantiene diversas controversias, destacando, por supuesto, la de la negativa, por parte de Ankara, de reconocer el genocidio armenio perpetrado en el marco de la primera guerra mundial en el siglo pasado.

 

Con una población de 73 millones de habitantes y un territorio de 783 562 kilómetros cuadrados (menos de la mitad del territorio mexicano), aspira a mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, pero también, a ser un jugador clave en la geopolítica regional y global.

 

La Turquía de la era moderna surgió de las cenizas del Imperio Otomano y de la mano de Mustafá Kemal Ataturk (Ataturk es un nombre honorífico que significa padre turco), quien lideró la guerra de independencia, buscando la revocación del Tratado de Sèvres. Gracias al Tratado de Lausana del 24 de julio de 1923, la comunidad internacional reconoció a la República de Turquía, proclamada el 29 de octubre de ese mismo año y fijando a Ankara como capital. El papel de Ataturk, primer Presidente del país, fue fundamental porque introdujo reformas radicales encaminadas a consolidar el secularismo. Estudioso del período de la Ilustración en Europa, buscó emularla en sus reformas para construir un país moderno. Las reformas incluyeron amplios estudios sobre la lengua turca, la fundación de la Universidad de Ankara y la modernización de la Universidad de Estambul.

Cabe destacar que si bien durante la gestión de Ataturk se confinó al islam al ámbito religioso, separándolo del Estado, se promovió igualmente la traducción del Corán al turco, argumentando que por siglos los turcos habían practicado el islam sin comprenderlo, porque sólo estaba disponible en lengua árabe. En 1932 se leyó en público la primera versión turca del Corán. Otro gesto a favor del nacionalismo turco impulsado por Ataturk fue la creación de una ópera en turco en 1934, Ozsoy, la cual le fue encargada a Adnan Saygun.

Un hecho que no debe ser omitido son las reformas impulsadas por Ataturk para promover los derechos de las mujeres, incluso mucho antes que en los países occidentales. Si bien los derechos de igualdad de las mujeres en el matrimonio ya estaban garantizados en diversos códigos civiles, el 5 de diciembre de 1934 el gobierno turco reconoció derechos políticos amplios a las féminas, de manera que en los comicios de 1935, 18 mujeres fueran electas al Parlamento.

Turquía partió, desde la óptica de Ataturk, de una premisa fundamental: para ocupar un lugar en el mundo, tenía que resolver primeramente la cuestión nacional. Las medidas de Ataturk fueron un paso en esa dirección. Hoy, a ocho décadas de distancia, es posible afirmar que, Turquía es un país moderno, con personalidad propia, que aspira a ser un puente entre las culturas, algo que beneficiará no sólo a ese país, sino al mundo. Su determinación es una experiencia a tomar en cuenta en un país como México, que se debate entre el latinoamericanismo y el monroísmo, sin haber definido su lugar en el mundo. Turquía sugiere algunas formas para resolver este dilema. Claro que para lograrlo, Turquía debe sortear múltiples obstáculos, de los cuales se hablará en entregas subsecuentes.

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