etcétera. Revista sobre medios de comunicación y periodismo

jueves 17 de abril del 2014 / 15:45 Hrs.

Nuestros vecinos del norte

14 de junio, 2010
Jesús Olguín

 

¿Qué nos ha dejado ser vecinos de la potencia más grande del mundo? ¿Hacia dónde nos lleva y hasta donde queremos llegar? No es cosa fácil. Ser uno de los dos vecinos inmediatos del país más poderoso del mundo es algo parecido a comprar el boleto de la rifa del tigre y tener la desfortuna de sacártelo.

Nosotros, los vecinos del sur, de los “americanos” como se autonombran ellos, cuando americanos somos todos los que vivimos en el continente; de los “norteamericanos” como se apelan también, cuando norteamericanos somos todos los que vivimos de centro América para arriba. Pues digamos entonces que somos vecinos de los “gringos”, el país más belicoso de la era moderna, la nación más civilizada que fue una de las últimas en el continente en abolir la esclavitud y la más afanosa en nutrir el racismo; aquella que en nombre de la libertad en “dios confía” y, solo por decir algunas hazañas, fueron protagonistas en Vietnam, Corea, Irán y Afganistán sin que nadie los invitara, capaces de inventar la invasión de medio oriente con el pretexto de que tenían armas nucleares que nunca fueron encontradas, con la desfachatez de que ellos si las tienen sin necesidad de justificarlo, disfrazando la venganza por el ataque contra el símbolo del imperialismo Yankee, sus torres gemelas.

País liberado de la conquista de los ingleses que para rendir honor a la objetividad, hicieron una nación próspera; con un fanatismo nacionalista equiparable al fanatismo religioso musulmán, en donde no cabe nada que no sea ellos y la defensa de sus intereses que como muestra, podríamos preguntar a Cuba.

Los Estados Unidos de Norte América, que en época de “Su alteza serenísima” Antonio López De Santana, se las ingeniaron para bajar primero la frontera del rio Grande al rio Bravo, terminando por anexarse todo el norte de nuestro país como tarea principal del presidente Polk durante su mandato, consumando uno de los hechos más descarados de robo y traición que se registren en la historia del siglo XIX y posteriores. Un poco más, como ejemplo y a propósito de aquello de las festividades bicentenarias y centenarias, donde podríamos dedicar varias hojas sobre los actos intervencionistas de nuestros vecinos en la historia patria, recordemos que el principal apoyo para el asesinato del presidente Madero fue consumado por el embajador Wilson hace casi cien años, quien confabuló contra este en la famosa junta de la embajada apoyando a Huerta.

Hoy día, los estados del sur en la Unión son de los más ricos del país vecino, donde la agricultura es pivote fundamental de la misma y que, como dijera nuestro brillantísimo ex presidente Fox, con mano de obra latina, principalmente mexicana, la que realiza actividades que ni los “negros” quieren hacer, (cuando se refería torpemente a personas de origen afroamericano) y que sin duda, sin ellos no hubiera sido posible tal desarrollo, a pesar de las condiciones infames de trato y explotación.

Son muchas las situaciones que hemos atravesado como consecuencia de ser sus vecinos, nos han utilizado como han querido, territorialmente, comercialmente, cuando conviene somos sus socios y cuando no, los productores de la droga que consumen ellos como si los obligáramos. La mayoría de las veces somos la mano de obra barata que no exige mucho, la que se rompe el alma por sus dólares pero que no tiene derecho a reclamar por ser inmigrantes ilegales, no hay necesidad de garantizar educación, salud, vivienda o contratos laborables que en algún momento sean motivo de litigio; somos una fuerza laboral incansable pero, desechable al menor pretexto de su conveniencia, fácil de desaparecer con una llamada a la “migra”.

Vivimos en México inundados de marcas comerciales “gringas”, desde lo más elemental hasta lo más sofisticado. Les vendemos petróleo para después comprarles gasolina; aprendemos Ingles en las escuelas y lo presumimos como un trozo de nuestra superación cultural, cuando en realidad, nuestro español es muy pobre y peor aún, no lo sabemos ni escribir.

Hoy me siento profundamente ofendido por dos hechos a los que no encuentro un calificativo adecuado, que si lo intentara, resultaría en un conglomerado de palabras altisonantes en las que no quiero caer. Simplemente son dos muestras de los muchos casos que no se ventilaron y que, por ser posteriores a la ley Arizona cobran relevancia, sin querer opacar la sarta de atrocidades que se han llevado a cabo en contra de los nuestros.

¿Cuestión de orgullo patriótico? ¿Cuestión de dignidad? ¿Simplemente sentido humano? No lo sé con certeza; sin embargo, el asesinato a patadas por veinte valientes “gringos” ayudados por macanas eléctricas, cuando ya tenían sometido por medio de esposas a un mexicano radicado desde hace veinte años en los Estados Unidos de América y, la muerte de un muchachito de tan solo catorce años, con un balazo en la cara dentro de nuestro territorio bajo el pretexto, de que les estaba tirando piedras, ¡no tiene… madre!

No intento de ningún modo exaltar estos hechos o restarles importancia a otros igual de graves que, en un momento menos ríspido, se han dado. No tengo claro si me ofende más la impunidad con la que estos “gringos y gringas” pueden actuar o, la tibieza con la que responden nuestras autoridades.

¿Desde que perspectiva podemos festejar doscientos años de independencia nacional, cuando estos nos tienen agarrados de los… más sensibles? ¿Qué festejo centenario de la victoria de los constitucionalistas podemos vitorear, cuando nuestra constitución se la pasan por los mismos, al igual que nosotros?

No está en duda que en cada rincón del planeta existe gente buena y otra no tanto, que nuestros vecinos del norte tienen al igual gente admirable y otros deplorables, pero que el resultado de su actuación en colectivo es la que nos ha afectado. Lo que habría que someter a revisión, más allá de la avalancha mediática de spots reivindicadores y de las “iniciativas México”, es de donde partimos nosotros como mexicanos y que queremos para nuestros seres más cercanos y los no tanto, porque a fin de cuentas, somos uno mismo cuando nos vemos como nación, dentro y fuera del territorio y permitimos con tan solo un ahogado grito que sigan pasando las cosas que pasan dentro y fuera de nuestro hogar.

¿Qué podemos dejar a nuestros hijos como herencia en lugar de un tiro en la cara o una muerte a patadas propinada por una sarta de cobardes? ¿Qué podemos regalar a México en estas fiestas? QUE DIFÍCIL.

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