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13 de mayo, 2010

"Mi vida con el narco"

“Desde luego que lo entendía. Recordé que unos días antes un comandante de la PGR, que para variar fue ejecutado tiempo después, me había dicho que unos conocidos suyos querían hablar conmigo. La confianza que tenía con ese comandante no era tanta como para que se aventara a proponerme cualquier clase de complicidad. Apenas me había deslizado que alguien quería hablarme. Hice como que no entendí y le pedí, la última vez que nos vimos —pues comúnmente hablábamos por teléfono y nos mandábamos correos electrónicos— que me mandara a sus conocidos a la oficina para atenderlos.

No fueron a verme, pero optaron por el teléfono. En la primera llamada aquel sujeto me habló de su organización, La Empresa, con un código casi secreto. Habló de “los de enfrente” (así llamaba a sus rivales cuando estaba de buenas, porque de malas no los bajaba de hijos de la chingada), y habló también de mis colegas de otros diarios, a los que compraban con unos dólares a fin de que éstos omitieran algunos datos y les echaran la mano difundiendo rumores, o “quemando” a quienes ellos querían poner en el foco de atención de las autoridades”.

Los dos párrafos anteriores pertenecen al texto “Mi vida con el narco” escrito por David Piñón Balderrama y publicado por Nexos en diciembre de 2009. En él se narran las llamadas telefónicas y los encuentros entre dicho periodista y narcotraficantes de Chihuahua. Este trabajo mereció el Premio Nacional de Periodismo 2009 en la categoría Crónica.

El trabajo galardonado es uno de los pocos que narra los entresijos del crimen organizado desde esos mismos entresijos: a través del contacto directo con narcotraficantes y del acercamiento con policías que conocen los vínculos de las corporaciones de seguridad pública con los cárteles de la droga.

Entre los escasos trabajos periodísticos que narran así la historia destacan otro publicado por Nexos en agosto del año pasado, “Sicario. Confesiones de un asesino de Ciudad Juárez” de Charles Bowden, así como el polémico encuentro entre Julio Scherer e Ismael “El Mayo” Zambada, líder del cártel de Sinaloa, dado a conocer por la revista Proceso a principios de abril.

“Mi vida con el narco”, condecorado también con el Premio Testimonio Chihuahua 2009, es una prueba de que el periodismo no distribuye o por lo menos no exige certificaciones de buena moral. Ejercer este oficio significa, entre otras cosas, contar historias que innegablemente están ahí, que son parte importante de la dinámica social porque la determinan.

Estas historias, independientemente de las virtudes o desvirtudes éticas de los personajes o tal vez precisamente por ellas, contribuyen al ejercicio autorreflexivo que toda sociedad democrática se debe. Estas historias, además, pertenecen a aquellas que cualquier periodista con buen olfato voltearía a mirar y narraría sin chistar. David Piñón lo sabe y por eso escibe:

“De cualquier modo guardé el contacto en mi celular bajo el nombre de Juan. Pensé que me podría servir de algo tener un contacto de nivel dentro de la mafia. No tardé en agregar a mi agenda otro contacto, al que llamé Secretario, y uno más al que nombré La Empresa. Había comenzado mi relación con el narco”.

Después de todo, como dijo Héctor Aguilar Camín en el programa Tercer Grado, transmitido por canal 2 el 13 de mayo, los narcotraficantes “no carecen de una visión del espacio público”.

Algunas reflexiones al respecto ya fueron expresadas por quien esto escribe (Proceso, Scherer y Zambada: si yo fuera analista), por lo que estas líneas sólo tienen la intención de subrayar que es importante, necesario y valioso contar con historias que cuenten la historia desde diversas esquinas (historias), como “Mi vida con el narco”.

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