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Iglesia católica y pederastía

23 de abril, 2010
Teresa Gurza

“Como estará el infiernito”… decía mi abuelita con sorna, cuando alguno de los nietos no queríamos más pastel o helado.

Lo mismo pienso yo ahora, ante el reconocimiento de la Iglesia Católica sobre las violaciones de sus sacerdotes a niños y niñas puestos a su cuidado.

Y es que fueron tantos los abusos mantenidos en la obscuridad durante siglos; tantos los casos metidos bajo las alfombras de obispados y curatos, que empezaron a brincar y a salirse por todos lados.

Llegó así un momento en el que no cabían más, y ante las evidencias y el enojo de muchos católicos, la jerarquía tuvo que aceptar que son innumerables los casos de menores violados por sacerdotes.

Y, también, que los criminales fueron escondidos bajo las sotanas de sus superiores; que cuando más, los cambiaban de colegio, parroquia, o país, para impedir que se conocieran públicamente sus delitos o que respondieran de ellos ante la justicia.

Pero a cada capillita le llega su fiestecita y una vez conocidos los primeros casos, las víctimas se fueron animando; y en lugar de sentirse avergonzadas por lo sucedido, pasaron a la denuncia.

Hoy prácticamente no hay una ciudad en la que la Iglesia Católica tenga representantes, en la que no haya denuncias por menores abusados; hay curas pedófilos en los cinco continentes y no sólo en pueblos apartados de América, a los que se puede ignorar.

Y en esto, han tenido importancia fundamental los medios de comunicación, que antes ocultaban los hechos y ahora los difunden.

A pesar de las evidencias, sigue habiendo sacerdotes empecinados en no hacer olas y continuar como antes ocultando los hechos y amenazando a los denunciantes con el desprestigio en esta vida y el fuego eterno en la otra.

Entre ellos, el cardenal italiano Betrone que en visita a Chile se negó a hablar del tema diciendo que eran poquísimos los casos conocidos; el cardenal arzobispo de México Norberto Rivera, cómplice de muchos sacerdotes criminales, y el obispo colombiano Dario Castrillón, que llamó a no informar a la policía de los abusos sacerdotales.

Pero ahora no habrá retroceso, porque una vez que explotaron los casos de pedofilia sacerdotal en Europa con denuncias en Malta, Irlanda, Italia y Alemania, el asunto lejos de poder pararse, ha provocado la peor crisis en la Iglesia Católica en varios siglos.

La gravedad del asunto ha obligado al Papa a llamar a Roma a los 400 mil sacerdotes que hay en el mundo, para lograr apoyo a sus medidas contra sacerdotes pedófilos.

Y todo sucede mientras renuncian obispos, se apresa a sacerdotes, las diócesis pagan indemnizaciones a las víctimas, y en Estados Unidos se presenta una denuncia en su contra por encubrimiento.

Eso porque en 1985, cuando como cardenal era responsable de la Congregación de la Doctrina de la Fe, firmó una carta para el obispo de Oakland John Cummins, pidiéndole no castigar al sacerdote abusador Stephen Kiesle para no afectar el buen nombre de la Iglesia.

Por no haber denunciado al sacerdote Lawrence Murphy, violador en Wisconsin de más de 200 niños sordos entre 1950 y 1975. Y por proteger al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel; una de cuyas víctimas dijo a la revista Proceso que siendo cardenal Ratzinger les dijo que no podía hacer nada, porque Maciel era muy amigo del Papa Juan Pablo II.

Fue esa actitud lo que, de acuerdo con la revista Proceso, motivó que en octubre del 2002, un grupo de ellos viajara a Suiza para presentar una queja ante la ONU a fin de que se investigara el caso y se llamara la atención de la Santa Sede.

Pero tampoco esa instancia ha funcionado.

Hay que decir, sin embargo, a favor de Benedicto XVI, que una vez que fue Papa aceptó abiertamente la existencia de curas pedófilos, y que desde el año 2001 inició una línea de tolerancia cero frente a ellos.

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