martes 2 de septiembre del 2014 / 06:33 Hrs.

Porno: del amateurismo a la crueldad

27 de octubre, 2006
Naief Yehya

El género fuera de los géneros
El extraño episodio que se ha dado en llamar la edad de oro de la pornografía, tuvo lugar durante la década de los 70, cuando largometrajes sexualmente explícitos se estrenaban en las grandes pantallas de algunas de las ciudades más liberales del mundo. Estas cintas eran vistas por públicos diversos y no únicamente por engabardinados con intenciones masturbatorias. Como sabemos este fenómeno arrancó en serio en 1972 con la cinta Deep Throat, de Gerard Damiano, protagonizada por la recientemente desaparecida Linda Lovelace cuyo talento felatorio la convirtió durante 15 minutos en una celebridad planetaria.

En ese momento todo parecía indicar que la porno había conquistado un lugar respetable entre el resto de los géneros, que la asumiríamos como una opción más del cine legítimo. Pero el género orgásmico, también conocido como el tercero de los géneros corporales o géneros de las secreciones (junto con el horror, el género de la adrenalina, y el melodrama, el género lacrimógeno), nunca se estableció, volvió a la marginalidad y perdió su derecho a los grandes multicinemas. Pasó la moda en la que ir a ver cine porno era chic y sin necesidad de grandes actos de censura (que los hubo, pero finalmente no fueron responsables de su eventual implosión) el cine de la plomería genital volvió a su público natural, uno que más que apreciar valores de producción, grandes actuaciones y narrativas ingeniosas, se concentraba única y utilitariamente en los actos sexuales que decoraban la trama. La era de la porno en el cine culminó cuando el video casero fue conquistando mercados, universalizándose, tornándose omnipresente e invadiendo la intimidad doméstica. Súbitamente cualquiera con una videocasetera Betamax y una suscripción a un videoclub de mala muerte podía tener un cine porno privado en la seguridad del hogar, donde el peor riesgo era ser descubierto con los pantalones en los tobillos, sudando copiosamente frente a la escena del columpio de Behind the Green Door.

La etapa de normalización
La masificación y la imposibilidad de controlar a la videopornografía tuvo una consecuencia interesante. La industria del entretenimiento para adultos llegó a la conclusión de que en vez de seguir librando batallas contra la censura, los propios productores adoptarían un modelo semejante al tristemente célebre código Hays puesto en vigor por los grandes estudios hollywoodenses en 1930, un sistema de autocensura que mantendría al gobierno contento mientras no se exhibieran ciertas cosas aún consideradas tabú, como la paidofilia, la necrofilia y la tortura sexual, entre otras. La industria porno estadounidense aplicó estas normas, con lo que el contenido de violencia en la gran mayoría de los filmes disminuyó o por lo menos se mantuvo en un nivel bajo más o menos hasta la década de los 90.

El tono general de la mayoría de los productos provenientes del Valle de San Fernando (que constituye el grueso de la producción porno que se ve en el mundo) era moderado, digamos políticamente correcto, nada de agresiones, físicas o verbales, nada de sexismo, bestialismo ni racismo. Ésta fue la era de lo que se llamaría “porno para parejas”, un estilo hipercosmético, influenciado por la estética de Playboy y del softcore europeo. Ésta es la pornografía de los cuerpos perfectos, musculosos, con redondos senos artificiales, bronceados, impecablemente depilados, despojados de granos e imperfecciones, pero también de las narrativas soporíferas que no podían soportarse ni con el botón de avance rápido apretado a fondo. Pero a pesar de que cada filme mostraba un repertorio relativamente amplio de prácticas sexuales, este tipo de videos comenzó a tornarse monótono, repetitivo y agobiantemente homogéneo. Ésta es la era en que las gigantescas empresas como Vivid y VCA se enriquecieron de manera prodigiosa, crearon su propio star system y cotizaban acciones en el mercado de valores de Wall Street.

La porno y el efecto del ciberespacio
Todo habría de cambiar brutal y rápidamente con el boom de Internet y su engendro predilecto, la pornografía en línea. Súbitamente cualquiera podía distribuir casi cualquier producto, además de que había un mercado planetario con capacidad de adquisición sin precedentes y una pasmosa desesperación por propuestas eróticas novedosas. La red digital aparecía súbitamente como un delirante pozo sin fondo de perversidad al que millones deseaban tirarse de picada. De pronto las restricciones, límites y controles volaron en pedazos. Salvo la pornografía infantil y el snuff (género mítico en el que supuestamente una mujer o un hombre es asesinado en cámara durante el coito) todo se volvió permisible. Con un clic certero del mouse era posible desatar un auténtico desfile virtual de dominatrixes, juguetes sexuales, animales de la granja realizando actos insólitos y aventuras escatológicas que harían palidecer al propio Marqués de Sade. Aficiones antes consagradas a grupos reducidos de fanáticos se volvieron de golpe entretenimiento para las masas.

Esta atmósfera de caos y libertad dio lugar a una especie de revolución amateur de la porno, en la que los consumidores se transformaron en pornógrafos improvisados al armarse de cámaras de foto fija y de video. No podía haber mayor realismo que ver a los vecinos en pleno coito. Toda pretensión e ilusión salía volando desde los primeros close ups, cámara en mano, de barrigas peludas, senos flácidos, acné medieval y penes malamente retorcidos. Iniciaba así lo que parecía una era de igualdad pornográfica en la que desaparecían las jerarquías sexistas y las barreras formales que “excluían al espectador” mediante narrativas cerradas inspiradas en modelos hollywoodenses y puestas en escena por actores. Durante décadas la porno había seguido las fórmulas del filme musical en el que la historia se detenía al llegar a un número sexual (en vez de una escena de canto y danza) y tras el orgasmo continuaba la historia hasta el siguiente acto sexual. Las narrativas del cine porno, que conforman lo que conocemos como la pornotopia o utopía pornográfica, tomaban prestados elementos de todos los géneros fílmicos pero en esencia mantenían esta estructura punteada de escenas eróticas explícitas.

Rápido, barato y fuera de control
En la década de los 90 la búsqueda de nuevas alternativas para excitar al público (y para poder competir con pocos recursos contra empresas gigantes que invertían millones en sus producciones) engendró lo que hoy conocemos como el subgénero gonzo, el cual fue bautizado así por sus supuestas semejanzas con la manera efectista, directa y ríspida en que escribía el legendario periodista Hunter Thompson.

A lo largo de la historia de la porno ha habido incontables filmes que toman la forma de documentales y pretenden mostrar sexo de manera realista. En 1989 el actor de porno, Jaime Gillis, tomó una cámara de video y comenzó a filmar sus encuentros (supuestamente azarosos) con mujeres a las que convencía de tener relaciones sexuales. Gillis realizó entonces el primero de los videos On the Prowl, donde lo que se ofrecía era convertirnos en testigos-partícipes-cómplices, desde el punto de vista del narrador-guía-protagonista de actos supuestamente espontáneos. Las pretensiones de contar una historia eran sustituidas por entrevistas o pláticas que veíamos en primera persona con las mujeres que el narrador “encontraba” en las calles. Este turismo pornográfico, que algunos llaman pro-am pues en él participan profesionales y amateurs, tuvo un impacto enorme entre el público además de que apareció en el momento preciso en que la industria del porno, que generaba alrededor de 600 videos mensuales, no podía permitirse el lujo de invertir mucho en cada filme. Después del éxito de Gillis otros pornógrafos siguieron sus pasos, como John Stagliano, quien adoptó la personalidad de Buttman para salir a las calles a filmar mujeres y dejar a su paso una inmensa serie de videos realizados en diversas ciudades del mundo. Lamentablemente Stagliano atrapó un souvenir fatal en sus aventuras pues se infectó de Sida, aparentemente con un transexual en Brasil. Otro pornógrafo que se volvió extremadamente popular al filmar de manera semejante fue Ed Powers, quien otra vez mediante entrevistas y pláticas calenturientas seducía jóvenes novatas en su serie Dirty Debutantes y cazaba muchachas en la parada del autobús para su serie Bus Stop Tales. Muchos otros, tanto profesionales como improvisados, siguieron estos pasos para conformar la sórdida y ambigua identidad de la nueva porno.

Siguiente

Hay 0 comentarios en este artículo
Sé el primero en agregar un comentario



Nombre:


E-mail:
Ciudad:
País:
Comentarios:
Código:
Ingrese los números que ve a continuación
Leí y acepto los términos del reglamento de participación