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Martes 7 de Septiembre 2010
8:23 hrs
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| día a día |
“No descargaré ilegalmente esta película” escribía en el pizarrón Bart Simpson en el inicio de Los Simpson: la película. La piratería, sin embargo, no se puede combatir con castigos como los que el director de la escuela primaria de Springfield aplica contra el primogénito de la familia Simpson. La piratería es una verdadera industria, sumamente lucrativa, especialmente en los países en desarrollo, donde los ingresos de la población suelen ser los suficientemente bajos como para disuadir a las personas de adquirir copias legales de las películas –con todo y que en México, la legislación señala que la piratería se castiga con cárcel para el infractor. Por lo tanto, en Hollywood, que deriva buena parte de sus ingresos de la distribución –léase legal- de sus filmes en el mundo, hay preocupación y por lo mismo, hay planes para elevar el consumo legal de sus producciones cinematográficas.
Una constante para las industrias del entretenimiento es que, cuando sobreviene una crisis económica, se incrementan sus audiencias. Sucedió en la gran depresión de 1929 y sucede ahora. Las personas, agobiadas por infinidad de problemas y malas noticias, buscan distraerse, y el cine se beneficia de esta situación. Al cine se le consume en las salas cinematográficas –México es uno de los países más rentables a nivel mundial por la cantidad de personas que acuden al cine, pese a que los precios del boletaje van creciendo, amén de que los descuentos para las personas de la tercera edad, que son quizá las más necesitadas de esparcimiento, son verdaderamente groseros- y a través de la renta de videos, y también y sobre todo, vía la compra de películas, sean o no piratas.
Sin embargo, en la era de internet y de iTunes el consumo de películas no es paralelo al consumo de música. Mientras que éste prospera a la velocidad de la luz, la disponibilidad de películas en línea ha padecido, en gran medida, las presiones de los grandes estudios, los que, preocupados por la piratería, irónicamente han inhibido el desarrollo del comercio de sus productos vía internet y también físicamente. Las personas en un país como Estados Unidos, el más internetizado del mundo, siguen privilegiando la compra física de películas en tiendas departamentales, muy por encima del tan llevado y traído on demand o bajando las películas directamente de un lugar como iTunes. Hay muchas explicaciones posibles para esto.
Las películas no funcionan igual que la música. La música se puede escuchar en cualquier lugar, a toda hora y eso es lo que explica el éxito de Apple con su línea de iPods, replicada por otros consorcios como Sony, Samsung, Motorola y Nokia, por citar sólo algunos. Con las películas ocurre algo distinto. Bajar una película para verla en un iPod classic o inclusive en una pantalla más grande como la que posibilita el iPod Touch, es sumamente incómodo. La duración de una película oscila, por lo general, entre una hora y media y dos horas. Fijar la vista todo ese tiempo en una pequeña pantalla, es molesto. Claro que la película se podría bajar a la computadora y con las maravillosas pantallas de alta definición que acompañan a los ordenadores de hoy, se tendría un tamaño y calidad de imagen equivalentes al de una televisión, si no es que mejor. Pero incluso en ese caso, las computadoras con grandes pantallas son sobre todo las de escritorio, lo que no les da portabilidad. Por lo tanto, para el común de las personas, es preferible hacer una de dos cosas: ir directamente al cine, o bien, rentar las películas de su preferencia, por ejemplo, en Blockbuster.
De hecho, en términos financieros, hay malas noticias para la industria cinematográfica estadunidense. En 2004 facturaba, por concepto de venta física y en línea de sus producciones, 12 mil millones de dólares. Para el 2009, la cifra ya había bajado a los 8 mil 700 millones. No es que la gente esté yendo con menos frecuencia al cine, dado que ante cada estreno hay audiencias que se cuentan por decenas de miles. No. Lo que ocurre es que, hablando de la distribución posterior al estreno, se está privilegiando la renta, que es barata, menos problemática –tecnológicamente hablando- y, como decía un conocido crítico de cine: “puedes comprar las películas que quieras, todas las que te gusten, pero, siendo objetivos ¿cuántas veces verás la misma película en tu vida? Si eres muy fan del cine, es posible que lo hagas en varias ocasiones, pero la mayoría de las personas prefieren rentar en Blockbuster y devolver la película en cuanto la hayan visto porque siempre será más sencillo y barato de esa manera.” Y en Estados Unidos, los cinéfilos han venido redescubriendo la renta de película y abarrotan los Blockbusters. Cabe destacar que la renta de películas le deja a los gigantes del entretenimiento de Hollywood muy pocas ganancias.
Por esa razón, Hollywood ya está tomando cartas en el asunto y a través de un consorcio denominado Digital Entertainment Content Ecosystem o DECE, que aglutina a cinco de los seis grandes estudios cinematográficos del país –salvo Disney, que tiene su propia estrategia-, llegó al acuerdo de comercializar películas en línea que puedan ser adquiridas por el público, además de que a través de una plataforma tecnológica específica, será posible reproducirlas en todo tipo de gadgets. La estrategia es interesante, porque, se quiere evitar que sean las compañías como Apple y Amazon –que con su Kindle domina el mercado de los libros digitalizados- las que dicten a los grandes consorcios cinematográficos, las políticas a seguir.
Con todo, no hay finales felices. DECE seguramente tendrá éxito, pero al no haber llegado a un acuerdo con Apple, que a través de su tienda en línea ofrece películas y series de televisión, enfrentará una competencia feroz. Otro problema es que los clientes pagarán por algo que no podrán palpar físicamente y habrá que ver si la idea les entusiasma. Asimismo, los precios de las películas son un tema importante: ¿cómo fijar un precio que no destruya a la industria de los DVDs? Si las películas se ofertan por debajo del precio promedio de un DVD, entonces se corre el riesgo de dañar a este sector. Pero, por otra parte, si el precio es demasiado alto, las personas seguirán abarrotando los Blockbusters para rentar películas, o simplemente comprarán copias piratas. Por lo tanto, no parece sencillo que la industria cinematográfica de Hollywood resuelva los complejos problemas que la aquejan. Y en México, el éxito de la piratería, pese a todos los castigos, decomisos y sanciones, parece que, por el momento, tiene asegurado su éxito.
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