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El receptor

01 de marzo, 2008
Rubén Aguilar Valenzuela

 

 

La comunicación gubernamental se ha articulado las más de las veces, si no es que siempre, desde la lógica del proceso que establece la existencia de un emisor que codifica y envía un mensaje a un receptor que lo recibe y decodifica. El emisor es el funcionario de gobierno que articula (codifica) un mensaje (discurso) que emite para ser captado por un receptor (la gente).

En una muy alta proporción los problemas de la comunicación gubernamental se originan precisamente en este esquema. El funcionario de gobierno (emisor) no toma en cuenta al articular su mensaje (discurso) a la gente (receptor). Se sitúa desde el ángulo de mirada de lo que a él le interesa decir, pero sin tener en cuenta a la gente con la que se quiere comunicar. La gente, eso debe quedar muy claro, es la única razón de ser de su discurso.

En un análisis crítico sobre la manera tradicional de entender el proceso de la comunicación, Jesús Cortina1 plantea que resulta absurdo intentar el ejercicio de la comunicación si primero no se percibe y define con claridad a un posible receptor. El receptor juega, entonces, un papel central en el momento de formular el mensaje. El mensaje no puede ser elaborado y transmitido sólo desde la lógica del emisor sino tiene que ser estructurado y dicho desde el ángulo de la mirada del receptor.

A partir de este análisis, Cortina invierte los términos del modelo tradicional. En su propuesta el proceso arranca cuando una persona es percibida como posible receptor de un mensaje. Es hasta entonces cuando el emisor codifica un mensaje y lo envía al receptor para intentar influir en él. El receptor al recibirlo lo decodifica y produce en su mente una idea más o menos similar a la propuesta por el emisor.

A partir de su propuesta sobre cómo debe de entenderse el proceso de la comunicación, Cortina propone su propia definición:

"Yo llamo comunicación al acto humano que se lleva a cabo a través de un proceso interactivo entre dos o más personas integrantes de un mismo sistema, mediante la EMISIóN de símbolos sensibles cifrados, en el cual uno de los elementos es percibido por el otro integrante como posible RECEPTOR y descifrador de MENSAJES cifrados en signos por el EMISOR, y de hecho recibe MENSAJES cifrados y los descifra de acuerdo con sus propios marcos de referencia, que con la intención de influir en su conducta le han sido enviados por el EMISOR a través de un canal".

En ese marco conviene, desde la lógica de la comunicación gubernamental, insistir en cuatro elementos: a) Se trata de un ejercicio que implica a dos o más personas. Supone, de alguna manera, una relación con el otro. Se sabe que el emisor no está sólo y que el mensaje que emite no es para él sino para el otro; b) El emisor elige lo símbolos con los cuales cifra su mensaje en el marco de referencia que le es propio, no puede ser de otra manera, pero en la conciencia de que pretende ser comprendido por el otro; c) El mensaje se emite con el propósito de influir en el otro; d) El emisor recibe y decodifica el mensaje en el horizonte de su propio marco de referencia que no es el del emisor.

El ciudadano es el receptor del mensaje

El receptor no es otra cosa que el ciudadano. El mensaje no se dirige a una masa informe. La comunicación gubernamental debe hacerse de cara a los ciudadanos. Esto nos remite a la pregunta: ¿cómo entender hoy el hecho de ser ciudadano?2

La idea más cercana a cómo entender hoy el ser ciudadano fue ya formulada en la Atenas en el siglo V aC por Pericles cuando dijo que en nuestra ciudad "nos preocupamos a la vez de los asuntos privados y de los públicos, y gente de diferentes oficios conoce suficientemente la cosa pública; pues somos los únicos que consideramos no hombre pacífico, sino inútil, al que nada participa en ella, y además, o nos formamos un juicio propio o al menos estudiamos con exactitud los negocios públicos, no considerando la discusión como un estorbo para la acción, sino como paso previo indispensable a cualquier acción sensata".3

En el ámbito de las sociedades democráticas modernas la ciudadanía ya no es sólo la relación que se establece entre el individuo y la comunidad a partir de las obligaciones que el primero contrae con la segunda y del conjunto de derechos que la segunda concede al primero. Derechos y obligaciones no sólo se suponen sino que se exigen, pero ya no constituyen el centro de la definición de ciudadano.

El punto central que ahora define a la ciudadanía es el de la participación en las decisiones públicas. Una formulación que recoge bien la idea actual de ciudadanía es la que propone Fernando Savater: "entiendo por ciudadano el miembro consciente y activo de una sociedad democrática que conoce sus derechos individuales y sus deberes públicos, por lo que no renuncia a su intervención en la gestión política de la comunidad que le concierne ni delega automáticamente todas las obligaciones que ésta impone en manos de los 'especialistas en dirigir'...".4

Sólo en democracia es posible la existencia de la ciudadanía y por lo mismo de la participación ciudadana. La concepción que se tenga de democracia y la práctica que se tenga de la misma define los límites y posibilidades de la participación.

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