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Simbología política retro

12 de noviembre, 2009
Jorge Javier Romero

 

Los símbolos, para realmente serlo, deben ser construcciones complejas de la cultura humana. Se trata de abstracciones socialmente compartidas con significados precisos, inconfundibles. Puede tratarse de las pictografías de la identidad: la cruz para los cristianos, la media luna para los musulmanes o la estrella de David de los judíos; o pueden ser símbolos más abstractos aún, musicales –los himnos– retóricos o incuso ideológicos, como la idea de nación. El símbolo es una representación que condensa identidad y diferenciación.

Así, la primera acepción de símbolo nos lleva a eso que los diseñadores llaman identidad gráfica. La representación icónica con un vínculo convencional socialmente aceptado. Es el nombre representado para la identificación visual, es el origen de la escritura. Después están las fórmulas retóricas, los tópicos que representan identidad. Vale la pena echarle un vistazo a la construcción simbólica de la política mexicana actual, buena parte de ella proveniente de la primera mitad del siglo pasado.

En primer lugar, el PRI. Desde el origen, los revolucionarios triunfantes tuvieron a bien identificarse con la nación, como antes habían logrado hacer los liberales encarnados en don Porfirio. México era el PRI, era uno, aunque se toleraba marginalmente a los disidentes, como la iglesia católica toleraba a regañadientes a los disidentes evangélicos o, todavía con más dificultad, a los no cristianos. La simbología nacional sólo podía pertenecer a un partido, no era patrimonio de todos. Los otros eran vistos como extraños, como la antipatria, o como hermanos díscolos venidos a menos.

Así, el símbolo gráfico del Partido Nacional Revolucionario –abuelo del PRI– nunca pudo ser otro que la bandera nacional. La revolución no había tenido otra bandera que la nacional (y en el sur la Virgen de Guadalupe). El PRM, cargado de retórica socialista, mantuvo la identidad y el PRI heredó intacto el patrimonio simbólico familiar.

Así, el PRI ha sido el partido tricolor, aunque siempre sus detractores le han reclamado su apropiación de un símbolo de una identidad mayor. Durante décadas, sin embargo, todo México era territorio del PRI y, sobre todo, cliente, que es lo que le falta decir a Slim. El control ejercido por el PRI en el mercado político era similar al que hoy tiene el magnate de la telefonía, con efectos similares sobre la eficiencia y los precios relativos del servicio. Así, el PRI consideraba que tenía derecho a usar la bandera de México, como Slim a usufructuar la marca que representa simbólicamente a la compañía de Teléfonos de México, la telefónica nacional por antonomasia. El PRI y su uso de la bandera nacional no es más que un ejemplo más de apropiación privada de lo público, por más amplia que fuera la coalición política que gobernó sin competencia, con colusión monopolística, durante 70 años.

El PAN, en cambio, buscó otro símbolo ya claramente asociado. Si la bandera había acompañado en las guerras de las que surgió la nación, plebeya y patriota, los colores marianos representaban de inmediato al vínculo nacional originario: el catolicismo y la devoción a la virgen. El blanco de la bandera nacional es el virginal que representa a la religión como una de las tres garantías. La alianza primigenia de la que nació el PAN fue la construida entre el fundador Gómez Morín y el grupo que lo había apoyado –cuando sus integrantes eran estudiantes católicos de la Universidad Nacional– mientras ocupó el rectorado en 1933. La identidad simbólica primaria del PAN ha sido católica desde su origen; aunque no pudieran usar referencias religiosas en su nombre, lo hicieron en su representación gráfica.

Otros, los hermanos bastardos del PRI, buscaron construir símbolos novedosos, como el uso de un color pretendidamente nacional, el fucsia nombrado rosa mexicano en el caso del PPS, o la revolución originaria convertida en pétreo adefesio arquitectónico, solemne y pesado. La capacidad simbólica de ambos fue minúscula y efímera.

Los comunistas importaron símbolo, con la pretensión de apropiación de un significado de carácter internacional. De ahí que fueran en la política de la época clásica del PRI lo mismo que los judíos para los católicos mexicanos: te tolero pero no perteneces. La hoz y el martillo, representantes del trabajo físico, los instrumentos de los parias de la tierra, nunca se entendieron en México de otra manera que como la bandera de un país extranjero, lejano y hostil. Nunca llegó a ser, fuera de la secta, un símbolo de lo que pretendía representar. Sin embargo, entre los creyentes el arraigo del símbolo fue tal que les costó mucho trabajo renunciar a él. La identidad simbólica crea vínculos emocionales fuertes; los viejos comunistas –creyentes convencidos de su lucha por la igualdad y el socialismo representado por el reflejo ideal de la Unión Soviética– se identificaban fuertemente en la hoz y el martillo sobre el fondo rojo. Eran “los rojos” para todo el mundo, para bien y para mal, y luego resultó que para poder representar a alguien más que ellos en este país tenían que renunciar a la identidad sectaria, como si los primeros católicos hubieran hecho un compromiso que incluyera renunciar a la cruz.

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