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Martes 7 de Septiembre 2010
8:29 hrs
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| contrastes |
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En la edición anterior Iván de la Torre hizo varias afirmaciones que, en opinión de los editores, vale la pena que sean desarrolladas. Entre otros dichos, ese colaborador sostuvo que algunas modelos, conductoras y actrices buscan emular los rasgos de Marilyn Monroe, a quien calificó como una rubia tonta. Por eso es que promovimos un debate entre él y Manuel Meza, un periodista que además se encarga de la distribución de etcétera. Juzgue usted, lector.
Sí es una rubia tonta
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No soy una cosa, un objeto sexual, aclaró alguna vez Marilyn Monroe, consciente de que se había hecho famosa como la típica rubia tonta y de que ya nunca le dejarían abandonar el personaje público que ella misma había ayudado a crear con sus películas.
En su perfil de Marilyn, el propio Guillermo Cabrera Infante confirma la persistencia del mito sobre su incapacidad para actuar: mujer que trata de ser actriz sin condiciones naturales, condiciones sobre-naturales que la convierten en un símbolo sexual... Marilyn Monroe era una comediante que quería ser trágica a la fuerza.
El mensaje es claro: Monroe era un fenómeno de la naturaleza cuyos talentos eran innatos. Cualquier esfuerzo por cambiar no funcionaría porque una rubia tonta siempre será una rubia tonta; una conclusión a la que la propia Marilyn se opuso ferozmente durante los últimos años de su vida, cuando intentó cambiar su perfil sin lograrlo del todo: su muerte en 1962, tras el fracaso de Los inadaptados, confirmó para muchos la sentencia de Cabrera Infante sobre la inutilidad de intentar evolucionar.
Incluso Billy Wilder, el director de dos de las películas que la establecieron como sex symbol en Una eva y dos adanes y La picazón del séptimo año, estaba convencido de que la mejor Marilyn era la que actuaba de manera desprejuiciada y alegre, y no la aplicada estudiante del Actor Studios.
Pamela Anderson es la última encarnación a nivel mundial de la rubia tonta, pero representa exactamente lo opuesto a Marilyn: si quería, luego de triunfar como sex symbol, ser reconocida como actriz, Pamela sabía que lo peor que podía hacer era repetir ese intento, porque ni a la industria ni a su público les interesa que sea inteligente: debe limitarse entonces a repetir una y otra vez los clichés de su personaje, es decir, reírse tontamente de las bromas que se hacen sobre ella mientras muestra su estilizado cuerpo.
Como consecuencia de esa confusión entre la persona y el personaje, nadie se pregunta co-mo esta supuesta rubia tonta de la que todos se ríen construyó en pocos años una considerable fortuna, aunque la respuesta es simple y está a la vista: las modernas rubias son, a diferencia de la original, astutas empresarias de sí mismas que explotan el estereotipo instalado por Marilyn sin sufrir su complejo de culpa, conscientes de ser ellas las que se reirán al final, dentro de sus mansiones, construidas gracias a la permanente ingenuidad masculina.
Tanto Pamela Anderson como Paris Hilton saben exactamente lo que hacen: representar una fantasía popular que las ayuda a evitar los cuestionamientos y las dudas de los hombres que desconfían de las mujeres lindas e inteligentes pero aceptan y compran inmediatamente el modelo impuesto por años de mala televisión y películas previsibles sobre chicas bellas y bobas a las que, suponen, ellos también pueden conquistar, a diferencia de esas chicas inteligentes y capaces con las que se sienten inseguros y en clara desventaja.
Todas las sucesoras de Marilyn han aprendido rápidamente esa lección: antes que luchar contra los prejuicios, es mejor ser lo que los demás esperan de ellas. Que la propia Marilyn sea considerada todavía la modelo de todas estas chicas demuestra el poder de ese mito erótico sobre la rubia tonta que ella encarnó mejor que nadie y del que la sociedad, como demuestra el sostenido éxito de Paris Hilton y sus fulgurantes apariciones televisivas haciendo nada, todavía no pudo liberarse del todo, tal vez porque, en algún punto, satisface una vieja ansia masculina por estar al mando de la situación.
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