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1 de julio, 2004

En el nombre del partido



El furor fue magnificado


El 14 de junio Joaquín López-Dóriga dijo que la final del futbol mexicano fue vista por 80 millones de espectadores. No es cierto.

Al apoyarse en datos de IBOPE, la empresa de medición que contratan las principales televisoras, el periodista afirmó que el partido Pumas-Chivas obtuvo 38.5 puntos de rating y de ahí desprendió la cifra espectacular.

Hagamos la multiplicación correcta. Según los criterios de IBOPE, donde un punto equivale a 400 mil personas, el juego lo vieron 14 millones 938 mil. Es decir, 138 mil televidentes más que quienes siguieron la final del primer Big Brother y 698 mil más que quienes vieron la final de La Academia (I). El programa que más alto rating ha tenido en la historia, según IBOPE, es el último capítulo de la telenovela El manantial (8/II/02).

Más allá del afán interesado de Televisa por engrosar las cifras, un partido de futbol no había convocado a tantas personas, ni siquiera el juego México-Italia durante el Mundial pasado, que obtuvo 29.4 puntos de rating. La pregunta es por qué se dio ese fenómeno y la respuesta parece estar más allá del fervor deportivo y de cómo la televisora promovió el espectáculo. Tal vez, como escribió Raúl Trejo Delarbre en Crónica el domingo 13, el interés social haya sido expresión de hartazgo por el panorama de desolación que hay en el ámbito público (lo que nos recuerda a 1986, cuando la sonora silbatina en el estadio contra el entonces presidente Miguel de la Madrid, en la inauguración del Mundial de Futbol en México.)

¿Todos somos Pumas?

Los integrantes de etcétera no son expertos en temas futbolísticos, pero eso sí, como dice un eslogan deportivo, se cuentan entre los apasionados de verdad. Por eso todos vieron el partido aunque, con excepción de José Antonio Gurrea que le va a las Chivas, casi nadie simpatizara con algún equipo. Arriadas las banderas del Atlante, el Cruz Azul y el América, presenciamos un encuentro mediocre, los equipos no supieron a qué jugaban y, por eso, no compartimos la alegría ni de los aficionados de siempre ni de los que tradujeron su estado de ánimo y gritaron en favor de los Pumas, menos aún compartimos la euforia de Televisa por transmitir la gran final en donde todo importó, menos lo que sucedió en la cancha.

Esa es la tercera ocasión que el campeonato se decide con "penas máximas" desde que empezaron los torneos cortos y, como se dice en estos casos, cualquiera pudo ganar. Por eso no vemos al supercampeón y, en cambio, eso sí, encontramos el riesgo de que despegue en el futbol mexicano un discurso tan antiuniversitario como al que nos ha acostumbrado Hugo Sánchez.

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