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Martes 7 de Septiembre 2010
7:57 hrs
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México se encuentra entre los diez primeros lugares en el mundo en consumo de pornografía filmada legal e ilegalmente, y de acuerdo con la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI), ocupa el segundo lugar mundial en visitas y creación de sitios Web dedicados al porno, según revela un estudio realizado por Microsoft en 2008.1
Los filmes eróticos y pornográficos comenzaron a producirse casi tan pronto se inventó el cine, y se empezaron a exhibir en nuestro país desde principios del siglo pasado, llegando con la única demora que implicaba el viaje en barco. En su libro Los orígenes del cine en México 1896-1900 (México, FCE, 1983) Aurelio de los Reyes refiere que entre 1899 y 1900 se realizaron proyecciones sólo para hombres en las ciudades de Puebla, Guadalajara y Distrito Federal, que eran cortometrajes producidos en Europa donde se podían apreciar mujeres en sus entonces ropas íntimas y escenas de abrazos y besos, y que provocaron no solamente una gran animación del público masculino, sino también una gran controversia y la inmediata censura porfiriana.
Pero como todo lo prohibido causa invitación, tuvieron que pasar sólo cinco años para que en 1905 un compatriota alto, gordo, voyerista y rico (algunos investigadores de cine mexicano sospechan que probablemente se tratara de Arturo Alturraza, pionero en producir y editar material fílmico pornográfico en el país), armado con una cámara de aquellos años, se convirtiera en el primer productor de cintas pornográficas a nivel nacional, usando hoteles de paso en Puebla como escenarios y parejas de huéspedes ocasionales como actores, para editar y proyectar él mismo (sin el consentimiento de nadie, excepto del público ansioso por ver) sus cortometrajes de sexo explícito en el Cinema Venecia, que estaba en la calle de la Santa Veracruz, atrás del Palacio de Bellas Artes, en pleno centro de la capital. Fue el mismo Alturraza quien en 1914 intentó por primera vez y sin éxito, que las autoridades reglamentaran la producción y exhibición de pornografía en México.2
Resulta irónico que la industria cinematográfica nacional haya surgido formalmente a partir de 1917, cuando ya había organización, producción y exhibición de películas porno.
Desde esos años y hasta finales de los 50, se exhibieron en México (abierta o clandestinamente) películas pornográficas de distintas partes del mundo. La Filmoteca de la UNAM tiene en su acervo un total de 41 cortometrajes con una duración de entre uno y 20 minutos, que recuperó a partir de investigaciones, donativos o compras a coleccionistas. De ellas, 26 son realizaciones mexicanas.
Entre las películas nacionales más antiguas en este acervo están El sueño de fray Vergazo (donde por primera vez aparece un homosexual) y Las muchachas, probablemente realizadas a finales de la década de los 20. La característica de estos filmes es que, a diferencia de los que les precedieron, los productores intentaron, por primera vez, recrear una historia con base en un guión.
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Foto: Cuartoscuro/Germán Romero
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Además de constituir, quizá, un tesoro en este género de la cinematografía mundial, resulta bastante ameno ver escenas explícitas de sexo a 20 cuadros por segundo, mudas aún, sin ninguna pianola haciendo de fondo musical, y con cartelitos entre escenas con frases como: Qué hermosa eres, Qué ricos senos, ¡Así, así se siente delicioso! y además súper maquillados todos y con las ropas de entonces y cuya calidad no desmerecía de lo producido por Buster Keaton o Charles Chaplin.
Durante la llamada época de oro del cine mexicano la importación y exportación de filmes porno continuó de manera ascendente, aunque se exhibían en la clandestinidad. Llegado el periodo del llamado cine de ficheras, en la década de los 70 y 80, se produjeron en México, ya con ciertos permisos, diversas películas del género, que podían ser vistas sin complejos en el cine Teresa, el Río o el Savoy, aunque las casas productoras guardaron absoluto anonimato. Tan sólo aparecían los actores
con sus seudónimos y el nombre del director (quizá también con seudónimo). A este periodo pertenecen el ciclo de las películas de hoteles: Hotel Tlalpan, Hotel Xochimilco, Hecho en Tepito, además de las importadas, especialmente de Estados Unidos y Europa.
A finales del siglo XX, la producción pornográfica nacional tuvo un impasse, debido a que los formatos en que eran realizadas (Beta y VHS) fueron pirateados y podían conseguirse comprados o rentados hasta en los puestos de periódicos por diez pesos, cuando los originales costaban entre 80 y 120 pesos.
A partir del año 2000, la Internet y los nuevos formatos como DVD levantaron grandes expectativas entre los cineastas porno mexicanos, pero la ilusión fue pasajera. Producir y distribuir es caro y la recuperación de lo invertido es incierto. Ya no digamos las ganancias.
Actualmente sólo hay una productora de cine porno mexicano (homosexual) sustentable y en progreso: Mecos Films (www.mecosfilms.com) además de una gran cantidad de pornógrafos anónimos que no buscan fama, sino sólo exhibirse y tal vez algo de dinero, a quienes distribuidoras como Wham Picture rechazan porque sus videos son de muy mala calidad y entonces los suben a blogs y páginas porno. Y nada más.
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