Jueves 9 de Septiembre 2010
16:35 hrs
17 de octubre, 2005

¿Será presidente quien, como Amlo, no condena, sin más, un brote antisemita?

No me atrevo a pontificar sobre el futuro inmediato para reconfortar o tranquilizar a los mexicanos asustados, como lo hizo una célebre portada de 1963 de la revista Política. Sobre un fondo negro, aparecía una imagen de Gustavo Díaz Ordaz, entonces secretario de Gobernación del presidente López Mateos y su favorito para sucederlo. Sobre la imagen, con grandes caracteres tipográficos, se imponía la proclama: “NO SERÁ PRESIDENTE”.

Lamentablemente, aquella proclama profética falló, pero, dolorosamente, lo que sí resultó profético fue el perfil de un personaje resentido, autoritario, oscurantista, que trazó la importante publicación de Manuel Marcué Pardiñas en aquel 1963, equivalente en el calendario sexenal a este 2005. Era, en efecto, el perfil de Díaz Ordaz, quien sucedió al año siguiente a Adolfo López Mateos en la Presidencia de la República y protagonizó la sangrienta, trágica represión de 1968.

Esa experiencia y una concepción menos voluntarista del análisis periodístico obligan hoy a la cautela ante otro favorito —o predestinado— para ocupar la Presidencia de México.

Al menos habría que quitarle el “NO” y poner entre signos de interrogación la frase: ¿SERÁ PRESIDENTE? a la portada de una publicación que hoy apareciera con la imagen de Amlo y un perfil que incluyera el diálogo que sostuvo el viernes pasado con Ciro Gómez Leyva en Radiópolis.

Porque, ya entrado el siglo 21, resulta obligada la pregunta: ¿puede llegar a presidir, cualquier país civilizado un personaje que ante un brote racista, antisemita, elude una condena incondicional, terminante, sin matices, de una expresión que condujo en el siglo 20 a uno de los episodios de barbarie más trágicos en la historia de la humanidad?

Las organizaciones de derechos humanos de México y el mundo, y las comunidades judías de nuestro país y de los países en los que, como Estados Unidos, este tema se mantiene, explicablemente, tan a flor de piel, tendrían que analizar con lupa el diálogo del periodista y el autócrata.

La comprometida —y comprometedora— defensa que éste hizo de las causas de los dirigentes del sindicato del Seguro Social lo llevó a la justificación de sus excesos en todos los órdenes, lo mismo de la toma de la ciudad de México y de la impune alteración de la vida de millones de mexicanos, que de las expresiones típicas del partido de los nazis alemanes. “Se les ha querido aplastar”, dijo en defensa de los dirigentes sindicales. E incluso, cuando a iniciativa del periodista, Amlo lamentó —no condenó—las expresiones antisemitas promovidas “por parte de un líder del IMSS”, como éste quiso acotar, enseguida dictaminó una circunstancia atenuante de la grave responsabilidad racista, en su defensa de los líderes sindicales: “también a estos trabajadores se les ha satanizado”, argumentó.

Y para que no quedaran dudas, Amlo se dedicó a continuación a descalificar, precisamente, a la víctima, al blanco de las expresiones de odio racial, el ex director (de origen judío) del IMSS, Santiago Levy, otra forma de apoyar, o al menos, justificar los desbordados ataques en su contra, al que Amlo condenó como “un tecnócrata de derecha” que “tiene un doble discurso, como el que caracteriza a la derecha”.

Aviso oportuno de López Dóriga: se reciben renuncias del gabinete

De Guadalajara, el colega Víctor Wario, de El Informador, me pide a su vez analizar el diálogo, también del viernes, entre el periodista Joaquín López Dóriga, en el noticiario estelar de Televisa, y el nuevo director del Seguro Social, Fernando Flores, quien parecería asumir allí, al pie de la letra, el desplazamiento del poder político al poder mediático, al grado de anticiparle su renuncia al ankorman, antes que al Presidente de la República, si llegara a fallar en su encargo.

“Ojalá pudiera usted documentar —me dice don Víctor— lo que creo haber presenciado el viernes por la noche en el noticiero de López Dóriga, al anunciarse que no habría huelga en el IMSS. El conductor había entrevistado a Fernando Flores la noche en que sustituyó a Santiago Levy, y le preguntó, en tono de fiscal amenazante (cito de memoria): ‘¿torcería usted la ley para evitar la huelga?’ La respuesta fue inequívoca: ‘de ninguna manera, Joaquín, mejor renuncio’.”

La noche del viernes, continúa don Víctor, “el fiscal-conductor regresó al punto de si la ley se había torcido para evitar la huelga y la respuesta de Flores fue. ‘¿no!’. ‘¿y si se hubiera torcido?’ —repreguntó López Dóriga. ‘Le estaría llamando para presentar mi renuncia, Joaquín’, fue la réplica inaudita, inadmisible —sigue el colega jalisciense—: un funcionario nombrado por el Presidente, llamando al conductor de noticieros para ‘presentarle su renuncia’ ¿Estaremos en la antesala de ver tal desmesura del poder mediático, una auténtica telecracia ante un Estado claudicante? Le envío un saludo afectuoso”, concluye don Víctor E. Wario, de Guadalajara.

 

Este texto se publicó el lunes 17 de octubre de 2005 en el diario La Crónica de Hoy.

Agradecemos a José Carreño Carlón su autorización para reproducirlo.

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