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Miércoles 22 de Mayo 2013
9:11 hrs
14 de septiembre, 2009

Nueva York: Todos somos iguales

Quinta parte

Manhattan, Nueva York.- Acepto que eso de irme al Bronx fue sólo un arranque y que, al menos hasta hoy 11 de septiembre a las seis de la tarde, aún no lo he hecho.
 
En cambio, estoy en la estación del metro World Trade Center rumbo a Broadway y la 45th Street, lo cual quiere decir que me quedé de ver en el teatro Minskoff con The Lion King.
 
Llego a la sala unos 25 minutos antes de la función que es a las ocho y veo tantos colores como anuncios hay en la gran manzana. Frente a mí están tres Barbies pasadas en años y en carnes, luego cuatros raperos que bien podrían ser importados de Neza y enseguida dos enamorados que parecen luchadores de sumo; a su lado hay un gentleman negro de dos metros vestido de Príncipe de Gales que platica con un gordo idéntico a Sam Bigotes. No sé sus nombres pero lo supongo: las señoritas Sacks, la banda H and M, la pareja Versace y los señores Hermenegildo Zegna y Hugo Boss.
 
Volteo a un lado y está Christian Dior. Volteo al otro y unos Steven Madden se deslizan soberbios en la alfombra roja. Entre todo eso por allá en una esquina, donde venden drinks, está un chaparrito tostado enfundado en sus tenis Nike y sus Levis con una playera negra de Batman. Es el del teclado que ahí, ahora mismo, está pasando un trago amargo pues distraído en las ropas ajenas descuidó el bolsillo propio y apenas pudo reaccionar al escuchar el grito impaciente de Archie que le deletrea como en el kinder que debía cuatro dólares por mi botellita de agua de 350 mililitros. Es decir, 56 pesos con 50 centavos por un vaso mediano de agua.
 
Así me encamino a las primeras filas del teatro, que es una construcción moderna de dos pisos con escaleras eléctricas, una acústica extraordinaria y ventanales que permiten la vista de un Brodway mojado pero fulgurante. Llevo mi water on the rocks en la mano dispuesto a beber hasta el último hielo diluído, y a usar a partir de ahora todos los bebederos que hay en la ciudad, incluyendo los lavamanos de los baños donde el agua es potable y no le pide nada a la botellita de Poland spring que me llevaré a México como souvenir.
 
Se abre el telón. Esta historia ya todos la conocen, por eso sólo diré que la orquesta es sensacional y que la música de Elton John suena al viento y los tambores festivos de África. Que es portentoso y espectacular el inicio que convoca a los animales a recibir a Simba y que, en general, toda la producción demuestra por qué estoy en la meca del teatro. Lo único malo es que después de un inicio prometedor la obra cae estrepitosamente pues las actores son tan malos como Charles Bronson para que me entiendan los de mi generación, para que lo hagan los de ésta les diré que tienen el mismo talento interpretativo de Jennifer López. Pero quizá el peor momento ocurrió dos horas después, cuando el público decidió actuar al final de la obra: aplaudió, y lo hizo de pie, como si de veras hubiéramos visto algo que lo mereciera. Se ve tan impostado como lo fueron los actores de enfrente.
 
Afuera el cielo estaba en el piso. Una densa capa de niebla cubre la ciudad pero el bullicio y el andar por las tiendas no claudica, parece una manifestación social de rechazo a la política de Obama que pretende arrebatarle la identidad a los estaduonidenses desalentando en estos tiempos de crisis lo que más y mejor saben hacer ellos que es consumir.
 
En las calles a las once y media de la noche andan tantas personas como en el metro Pino Suárez a las seis de la tarde. En el Hollywood Planet se yergue impetuoso Jack Nicholson, mientras en cada esquina se venden hot dogs, "rice over chiken", bolsas piratas y carteles impresos de pinturas de la ciudad y de los grandes actores que sellan la cultura de masas imperante.
 
No oigo el eco de las palabras de hace unas horas de Obama quien se dijo decidido a acabar con Al Qaeda y Bin Laden. Escucho más bien Fama, de Irene Cará que retumba en el Hard Rock Café y sigo de frente a la 49 y Broadway donde está mi hotel.
 
Quiero dormir.
 
 
 
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